GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 15 #6
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CAPÍTULO 15 #6

—La canción es sobre una mujer. Una mujer que lleva una marca en el hombro.

Una marca que no debía existir. Una marca de ocotillo que alguien le impuso cuando tenía doce años.

Una marca que dice que ella es propiedad de alguien.

Pero ella no es propiedad de nadie. Ella es persona.

Y su nombre —su nombre verdadero— no es el nombre que la marca le dio.

Su nombre verdadero es el nombre de su padre.

Y su padre es mi abuelo. Y mi abuelo es Esteban Reyes Vega.

Y la canción es la citación. La citación que nombra lo que los expedientes no pueden nombrar.

La citación que dice en música lo que los documentos dirán en papel.

La canción es la carta. La carta es la llave.

La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.

Mateo cerró los ojos —cerró los ojos como los cerraba cuando tocaba el trombón, cerró los ojos porque lo que iba a decir ahora era lo más difícil y lo más importante—:

—Si alguien en esta isla tiene una marca como la que la canción describe, si alguien en esta isla ha sido callado como la canción fue callada, si alguien en esta isla tiene una verdad que no puede decir —que sepa que la canción es el aire y el aire es libre y lo que es libre no tiene dueño—.

La canción es de ustedes ahora. No es mía.

No fue nunca mía. La canción es de la isla. Y la isla no se calla.

Toño cerró el micrófono. Miró a Mateo —lo miró con los ojos del locutor que ha presenciado algo que no presenciará otra vez—.

—Tres minutos —dijo Toño—. Y cambiaste la isla.

Mateo se levantó. Y salió del estudio —salió al pasillo, bajó las escaleras, salió a la calle de Puerta de Tierra donde el sol de las tres y cuarenta le pegaba en la cara y el calor era el calor de siempre pero el aire era diferente, el aire era el aire que llevaba la canción, el aire que llevaba la verdad, el aire que ya no era de nadie y que era de todos—.

Y Mateo caminó hacia el sedán que había alquilado —el sedán que lo llevaría a Loíza, a la finca, a la confrontación de las seis, a lo que viniera—.

Pero antes de arrancar, Mateo encendió la radio.

Y escuchó la voz de Darío —la voz del periodista que contaba la historia en palabras, que nombraba los nombres que la canción había dejado entre los versos, que decía Jairo Heredia Ortega y Loíza y marca de ocotillo y cuaderno azul y FBI y citación—.

Y Mateo pensó: La canción abrió la puerta.

Ahora la puerta necesita gente que la cruce.

Y Mateo arrancó el sedán. Y condujo hacia Loíza.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:40 p.m

La isla

La canción ya era aire.

Y el aire ya era isla.

Y la isla —la isla que había guardado silencio durante veintidós años, la isla que había dejado que Don Jairo creciera como crecen los maleficios, la isla que había visto las marcas y los camiones y las mujeres y los nombres que cambiaban y los hombres que desaparecían y las canciones que se quemaban— la isla despertó.

No despertó de golpe —no fue el despertar de la revolución sino el despertar de la memoria, el despertar de quien siempre supo la verdad pero no la dijo porque la verdad costaba y el silencio era gratis—.

Pero ahora la verdad era gratis —la verdad estaba en el aire, la verdad salía de las radios, la verdad entraba por las ventanas y las puertas y los oídos y la sangre—.

Y lo que antes costaba ahora era libre. Y lo que era libre se contaba. Y lo que se contaba se multiplicaba.

En los kioskos de Luquillo, los pescadores apagaron las radios de salsa y sintonizaron WIPR.

En las barberías de Río Piedras, los barberos dejaron las tijeras y escucharon —y los clientes en las sillas se quedaron quietos, con la toalla en el pecho y la espuma en la cara y la canción en los oídos—.

En las lavanderías de Mayagüez, las mujeres doblaban la ropa con la radio encendida y alguna de ellas —alguna que tenía una marca en el hombro que no quería mostrar, alguna que había cruzado el Atlántico en un camión blanco con un nombre que no era el suyo, alguna que sabía lo que la canción decía porque la canción decía lo que ella había vivido— alguna de ellas dejó de doblar la ropa y se sentó en la silla de plástico y escuchó y lloró y supo que no estaba sola—.

En las casas de Ponce, las abuelas que tejían mantas escucharon la canción y dijeron yo conozco esa historia y llamaron a las hijas y las hijas llamaron a las nietas y las nietas no entendían pero entendían la cara de las abuelas y la cara de las abuelas decía que algo que estaba enterrado estaba saliendo a la luz—.

En los campos de caña de Arecibo, los cortadores dejaron los machetes y encendieron las radios de transistor y escucharon —y alguno de ellos, el que había visto los camiones blancos en la carretera 187 a las tres de la mañana, el que nunca había hablado porque hablar era peligroso, el que ahora escuchaba la canción y pensaba si la canción puede decirlo, yo también—.

En los cuartos de las casas de Loíza —las casas de madera con las ventanas abiertas y las persianas rotas y el calor de agosto y el olor a sal y a hierba y a algo más, algo que olía a lo que huele el aire después de que la verdad lo cruza— los vecinos se asomaron a las ventanas y se miraron y no dijeron nada porque no había nada que decir —lo que había que decir ya lo había dicho la canción—.

Y en la plaza de Loíza —la plaza donde Mercedes había llamado a Doña Iris a las siete de la mañana, la plaza donde Efraín había recogido a la cocinera con los pies descalzos y el barro en los tobillos y el cuaderno azul contra el pecho— un grupo de hombres salió a la calle y alguien empezó a tararear —tararear el leitmotiv, Sin mirarte yo te miro / Sin sentirte yo te siento, tararear sin saber que estaba tarareando, como quien tararea algo que no aprendió sino que encontró, como quien tararea una canción que siempre supo pero que nunca había oído—.

Y otro se sumó. Y otro. Y pronto la plaza de Loíza era un coro —un coro sin ensayo, un coro sin director, un coro de voces que no se conocían pero que cantaban la misma canción porque la canción era la misma verdad y la verdad era la misma sangre y la sangre era la misma isla—.

La canción se propagó como se propaga el fuego —no desde un punto sino desde todos los puntos, no desde una radio sino desde todas las radios, no desde un oído sino desde todos los oídos—.

Y cada vez que alguien la cantaba, la canción se copiaba —se copiaba como se copiaba el papel carbón de la Selectric, se copiaba como se copiaba la cinta TDK C-60, se copiaba como se copiaba la verdad: sin pérdida, sin distorsión, sin el ruido del que copia y que teme que lo copiado no sea exacto, porque la verdad copiada es exacta, la verdad copiada es la misma verdad, la verdad copiada no pierde fidelidad—.

Y la isla cantó.

No la isla entera —no todavía—. Pero sí la isla que oía.

Y la isla que oía era la isla que empezaba a recordar.

Y la isla que recordaba era la isla que empezaba a hablar.

Y la isla que hablaba era la isla que ya no se callaba —porque la canción le había dado la frecuencia, la canción le había dado el permiso, la canción le había dado la llave—.

La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.

La frase de Lola —la frase que Mercedes había escrito en la pared de la cocina con ceniza de ocotillo, la frase que Doña Iris había leído en el papel de estraza, la frase que Yago había encontrado y repetido a Don Jairo— la frase ahora estaba en el aire.

Y el aire la llevaba. Y la llevaba a cada radio.

Y cada radio la llevaba a cada oído. Y cada oído la llevaba a cada sangre.

Y cada sangre la llevaba a cada boca. Y cada boca la escupía al aire. Y el aire era libre.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:50 p.m

WIPR — Puerta de Tierra

Darío habló al aire durante tres minutos —tres minutos que fueron el complemento periodístico de la canción, tres minutos que nombraron lo que la música no podía nombrar—:

—El nombre del hombre que mantiene a la mujer de la canción es Jairo Heredia Ortega.

El lugar donde la mujer está retenida es una finca en Loíza.

La marca que la mujer lleva es de ocotillo —ceniza de ocotillo mezclada con agua y aplicada al hombro izquierdo cuando la mujer tenía doce años—.

El cuaderno que documenta todo está en manos del FBI.

La partera que certificó el nacimiento de la mujer está dispuesta a testificar.

Y la canción que acaban de oír es la octava canción que alguien intentó destruir.

Las siete anteriores no sobrevivieron. Esta sí.

Darío hizo una pausa —la pausa del periodista que sabe que lo que dice puede cambiar cosas, la pausa que pesa como pesa la verdad cuando la verdad se dice en voz alta—.

—Yo soy Darío Quiñones. Periodista freelance. Y lo que acabo de decir es lo que la canción dijo en música. Las palabras son de aire, y van al aire. Y el aire es libre.

Toño cerró el micrófono. Cerró el programa. Y WIPR volvió a la estática —la estática que era el silencio después de la tormenta, la estática que era el espacio donde la isla podía respirar lo que acababa de oír—.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 4:00 p.m

La isla — una hora después

La canción había terminado hacía veintiocho minutos.

Pero la canción no había terminado —la canción había cambiado de forma, había dejado de ser frecuencia y se había convertido en memoria, había dejado de ser onda y se había convertido en voz, había dejado de ser aire y se había convertido en gente—. Y la gente cantaba.