CAPÍTULO 15 #7
En los barrios de San Juan —Barrio Obrero, Barrio Capetillo, Barrio Venezuela, Barrio Palmas— la gente cantaba fragmentos de la canción como quien canta algo que no aprendió sino que encontró, como quien canta una canción que siempre supo pero que nunca había oído—.
Los fragmentos no eran perfectos —la gente cantaba Sin mirarte yo te miro con melodías diferentes, con ritmos diferentes, con las palabras cambiadas aquí y allá, como cambian las palabras de la verdad cuando la verdad pasa de boca en boca y de sangre en sangre—.
Pero la esencia era la misma —la esencia de la canción que decía nunca fuiste mía y los celos del viento y las palabras son de aire y por si un día me muero— la esencia era la verdad, y la verdad no se distorsionaba al copiarse, la verdad se multiplicaba—.
En la carretera 187 —la carretera que conectaba la finca con Loíza, la carretera donde Mercedes había caminado con los pies descalzos y el cuaderno azul contra el pecho— Efraín conducía el camión de plátanos con la radio sintonizada en WIPR y el programa ya había terminado pero la canción seguía sonando en su cabeza y Efraín la tarareaba —la tarareaba como se tararea la canción que dice lo que siempre quisiste decir y que alguien finalmente dijo—.
Y Efraín pensó en las veces que había visto los camiones blancos en la carretera 187 a las tres de la mañana y que no había dicho nada —no por maldad sino por costumbre, porque en Loíza no se pregunta, no se mira, no se habla—.
Y Efraín pensó: Ya se habló. La canción habló.
Y lo que la canción dijo yo lo sabía. Y lo que yo sabía ahora lo sabe la isla.
En la farmacia de Doña Iris —Bayamón, la farmacia donde Mercedes estaba escondida en el almacén y donde Florina había llegado hace cuarenta minutos con el acta de nacimiento de Aitana dentro del tubo de papel higiénico— las tres mujeres escucharon la canción por la radio de la farmacia —la radio que Doña Iris siempre tenía encendida los domingos, la radio que ahora había transmitido la canción y la declaración de Mateo y las palabras de Darío—.
Y las tres mujeres se miraron —se miraron como se miran las que han pasado la vida callando y que ahora oyen que alguien más habla, se miraron con los ojos que decían no estamos solas, nunca estuvimos solas, lo que sabíamos era verdad y la verdad es aire y el aire es libre—.
Mercedes dijo: —Lo hicimos.
Florina dijo: —Lo hizo la canción.
Doña Iris dijo: —Lo hizo el muchacho. Y la muchacha.
Y la cocinera. Y la partera. Y la farmacéutica.
Y el locutor. Y el periodista. Y el trombonista viejo en Vieques.
Y la madre en Santurce. Y el bongocero detrás de la pared.
Y el percusionista en la hamaca. Y la isla entera que está cantando la canción que no debía existir.
Mercedes asintió. Y agregó algo —algo que Lola le había dicho una noche en la cocina, algo que Mercedes había guardado como se guarda la semilla que un día será árbol—:
—La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.
Y Doña Iris dijo algo más —algo que no venía de Lola sino de ella, de la farmacéutica que había pasado la vida dispensando medicinas para dolores que no eran físicos sino que eran del alma, de la hermana que había esperado quince años a que Mercedes saliera de la finca, de la mujer que ahora llamaba al FBI por segunda vez en el día para decir que la canción que acababa de oír era la prueba de que la denuncia de la mañana era verdad—:
—Ahora el FBI sabe que no somos locas. Ahora el FBI sabe que la canción es la citación. Y la citación no se puede ignorar.
Y las tres mujeres esperaron —esperaron a que el FBI se moviera, esperaron a que Mateo llegara a la finca, esperaron a que la isla terminara de cantar—.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 4:15 p.m
Carretera 187 — hacia Loíza
Mateo conducía.
El sedán alquilado —un Chevrolet Celebrity beige, el coche que Mateo había alquilado con los últimos dólares de la cuenta de Santurce, el coche que ahora llevaba al compositor hacia la finca, hacia la confrontación, hacia lo que viniera— rodaba por la carretera 187 con las ventanillas abiertas y el aire caliente entrando y el olor a hierba y a sal y a caña y a algo más —algo que Mateo reconoció como el olor de Loíza, el olor del pueblo donde su abuelo había nacido y donde su tía estaba prisionera y donde la verdad se había cocinado durante quince años en la cocina de la finca—.
Mateo no tenía la radio encendida —no la necesitaba.
La canción estaba en su cabeza —la canción que acababa de salir al aire, la canción que ahora era de la isla, la canción que ya no era privada sino pública, que ya no era secreto sino noticia, que ya no era cinta sino aire—.
Y Mateo pensó en lo que Toño le había dicho: La isla la está oyendo.
Y pensó en lo que Darío había dicho al aire: El nombre del hombre es Jairo Heredia Ortega.
Y pensó en lo que él mismo había dicho: La canción es la citación.
Y pensó: La citación fue entregada. Y la citación no se puede devolver.
Mateo miró el reloj —las cuatro y quince—.
Quedaba una hora y cuarenta y cinco minutos para la cita de las seis.
Quedaba una hora y cuarenta y cinco minutos para la finca.
Quedaba una hora y cuarenta y cinco minutos para lo que viniera —y lo que viniera sería lo que la canción había empezado y que ahora la isla tenía que terminar—.
Mateo condujo. Y la carretera 187 se extendía hacia adelante —hacia Loíza, hacia la finca, hacia la marca y la caoba y la Browning de Yago y los ojos del clan y el retrato de la abuela Heredia y el hueco vacío detrás y la cocina donde Mercedes escribió con ceniza y el cuarto del tercer piso donde Aitana oía la canción por primera vez como algo libre—.
Mateo condujo.
Y la canción —la canción que ya era aire, que ya era isla, que ya era gente, que ya era verdad— la canción iba con él.
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
El leitmotiv —el cordón umbilical, la conexión que no se rompía aunque la distancia creciera, la conexión que ahora era pública y que la isla cantaba y que los barrios repetían y que las radios habían transmitido y que la sangre de cada puertorriqueño que la oyó llevaba como un segundo pulso— el leitmotiv acompañaba a Mateo mientras conducía hacia la finca.
Y Mateo pensó en Aitana —en Aitana en el cuarto del tercer piso, en Aitana con la marca en el hombro, en Aitana que acababa de oír la canción y que ahora sabía lo que Mateo siempre había querido que supiera: que ella no era propiedad, que la marca era mentira, que el nombre verdadero era Martínez Vega, que la canción era la llave y que la llave era para ella—.
Y Mateo condujo.
Y el sol bajaba sobre Loíza.
Y la canción era aire.
Y el aire era libre.
Y la isla cantaba.