CAPÍTULO 15 #4
Cuarto del tercer piso — La finca, Loíza
Aitana no se movió.
Aitana estaba sentada en la cama —la cama donde había dormido once años, la cama donde había soñado con la ventana abierta y el mar al fondo y la marca ardiendo y los versos de Lola en la cocina y el olor a ocotillo y la certeza de que algo tenía que cambiar aunque no sabía qué—.
El radio estaba encendido —el radio que Aitana había encendido dieciséis minutos antes, el radio que ahora llenaba el cuarto con la canción, la canción que era su nombre y su historia y su verdad y su llave—.
La canción entró por los oídos —pero no se quedó en los oídos.
La canción bajó por el cuello, cruzó los hombros, llegó a la marca —la marca de ocotillo en el hombro izquierdo, la marca que ardía cuando llovía y que picaba cuando hacía calor y que ahora, con la canción sonando, ardía de otra manera —no el ardor del ocotillo sino el ardor de la verdad, como si la canción estuviera quemando la marca desde adentro, como si la frecuencia fuera un fuego invisible que no quemaba la piel sino la mentira que la piel cargaba—.
Gitana, Gitana
Gitana, Gitana
Tu pelo, tu pelo
Tu cara, tu cara
Aitana cerró los ojos. Y vio —no con los ojos sino con la sangre, que es como se ve cuando la verdad entra por los oídos—: se vio a sí misma, se vio en la cocina de la finca donde Lola le cantaba versos que no entendía, se vio en el cuarto del tercer piso donde la marca ardía por primera vez, se vio en La Guasábara donde Mateo tocaba el trombón y ella bailaba en el rincón donde nadie la veía, se vio en la playa del Condado donde Mateo la miró como nadie la había mirado —como persona, no como propiedad—, se vio en la noche de la grabación donde la canción se hizo entera y Aitana supo que la canción era la llave y que la llave era para ella—.
Sé que nunca fuiste mía
Ni lo has sido, ni lo eres
Pero de mi corazón
Un pedacito tú tienes
Los versos dijeron nunca fuiste mía y Aitana entendió —entendió lo que Mateo estaba diciendo, lo que la canción estaba declarando, lo que el aire estaba gritando a la isla: que Aitana nunca fue de Don Jairo.
Que la marca era mentira. Que el nombre Caló era mentira.
Que Martínez Vega era la verdad. Que la verdad estaba en el aire y el aire era libre y lo que era libre no podía ser propiedad—.
Aitana tocó la marca —la tocó como la había tocado mil veces, pero esta vez la tocó de otra manera: no como quien toca una herida sino como quien toca una cicatriz que ya no necesita sangrar, como quien toca una cadena que está a punto de romperse—.
Y la marca ardió —no de dolor sino de reconocimiento, como la marca reconoció que la canción estaba hablando de ella y que la canción estaba diciendo lo que la marca no podía decir—.
Y entonces vinieron los celos —los celos de la canción, los celos del viento y la luna y el sol y el agua y el peinecito—:
Y tengo celos del viento porque acaricia tu piel
De la Luna la que miras
Del Sol porque te calienta
Yo tengo celos del agua
Y del peinecito que a ti te peina
Y Aitana sonrió —sonrió por primera vez en once años con la marca en el hombro y la puerta cerrada y el radio encendido—.
Sonrió porque los celos de la canción no eran los celos de Don Jairo —los celos de Don Jairo eran los del dueño que teme perder la propiedad, los del carcelero que teme que la presa escape, los del ladrón que teme que lo descubran—.
Los celos de la canción eran otros —eran los celos del que ama y no puede poseer, los celos del que quiere y no puede tener, los celos del que ve a la mujer que ama en poder de otro y arde —arde de impotencia, arde de amor, arde de la furia que no es violencia sino pasión—.
Y la diferencia entre los dos celos era la diferencia entre la marca y la canción: la marca decía eres mía, la canción decía nunca fuiste mía.
La marca era la mentira. La canción era la verdad.
Aitana se levantó de la cama. Caminó hacia la ventana —la ventana que daba al mar, la ventana que era la única puerta sin cerradura—.
Y miró afuera —miró el mar, miró el cielo, miró la distancia que la separaba del mundo y que ahora, con la canción en el aire, era más corta que nunca, porque la canción acortaba las distancias como la verdad acorta las distancias entre lo que se cree y lo que es—.
Y Aitana dijo —al aire, al mar, a la canción, a Mateo, a Lola, a Esteban, a todo lo que la había hecho ser quien era—:
—Mi nombre es Aitana Martínez Vega.
Y el aire llevó el nombre —lo llevó por la ventana, lo llevó sobre el mar, lo llevó hacia la carretera 187 y los campos de hierba y las casas de Loíza y las antenas de radio y los oídos de quien quisiera escuchar—.
Y el nombre era libre —libre como la canción era libre, libre como el aire era libre, libre como Aitana era libre aunque estuviera en un cuarto cerrado, porque la libertad no se mide en puertas sino en verdad y la verdad era lo que Aitana acababa de decir—.
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
El leitmotiv —el cordón umbilical, la conexión que no se rompía aunque la distancia creciera, la conexión que Aitana había sentido desde la primera noche que Mateo la miró y que ahora, en la radio, en la canción, en el aire, se confirmaba como lo que siempre fue: verdad—.
Aitana tocó la marca una última vez —no como quien despide una herida sino como quien despide una mentira, como quien le dice adiós a algo que ya no es cierto—.
Y la canción siguió. Y Aitana escuchó —escuchó como quien escucha su propia historia contada por otro, como quien escucha su nombre pronunciado por quien no lo sabía pero lo adivinó, como quien escucha la verdad que siempre supo pero que nunca pudo decir—.
Y Aitana esperó —esperó a que la canción terminara para empezar lo que la canción había comenzado.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:20 p.m
Sedán azul oscuro — Frente a WIPR, Puerta de Tierra
Yago escuchó la canción desde el sedán —la radio del sedán sintonizada en WIPR, el volumen bajo, como quien escucha algo que no quiere que lo escuchen—.
Yago llevaba cuarenta y ocho minutos estacionado frente a la estación —cuarenta y ocho minutos de mirar la puerta, de calcular opciones, de pensar en las tres maneras de detener lo que ya no se podía detener—.
Y cuando la canción salió al aire, Yago supo lo que había sabido desde que vio el apartamento de Darío vacío y la cinta ausente: que era tarde.
Que la canción ya era aire. Y que el aire no tenía dueño.
Yago escuchó la canción con la cara inexpresiva —la cara de los ojos, la cara que no mostraba lo que pensaba porque los ojos no mostraban lo que pensaban, los ojos ejecutaban—.
Pero dentro de la cara inexpresiva, algo se movía —algo que Yago no podía nombrar pero que reconocía, algo que era como la vibración del King 3B que había sentido cuando entró al apartamento de Darío y encontró la Sony TC-D5M tibia, algo que era como la grieta que había visto en la mirada de Don Jairo cuando le dio la orden de encontrar a Mercedes—.
Las palabras son de aire, y van al aire
Mis lágrimas son agua, y van al mar
Cuando un amor se muere
Sabes chiquita a dónde va
Los versos entraron por la radio y cruzaron el sedán como cruza el viento —sin pedir permiso, sin llamar a la puerta, sin la cortesía de anunciarse—.
Y Yago escuchó. Y Yago pensó en algo que no había pensado antes —pensó en las palabras: van al aire.
Las palabras van al aire. Y el aire es de todos.
Y lo que es de todos no se puede confiscar, no se puede quemar, no se puede callar—.
Y Yago, que había pasado quince años confiscando y quemando y callando, entendió algo que entendía sin querer entender: que la canción era la cosa que él no podía detener —no porque fuera más fuerte sino porque era más libre, y lo que es libre no obedece al que cree que todo obedece—.
Yago apagó la radio del sedán. Y encendió el motor.
Y condujo —no hacia la finca, no todavía, sino hacia Bayamón, hacia la farmacia de Doña Iris, hacia Mercedes, hacia el cuaderno azul que Don Jairo le había ordenado encontrar antes de las doce y que no había encontrado porque Mercedes era más lista que él y Doña Iris era más valiente que él y el cuaderno estaba donde Yago no podía llegar sin una orden judicial que Yago no tenía—.
Pero Yago no iba a la farmacia para confiscar el cuaderno.
Yago iba a la farmacia para ver —para ver si la canción que había oído en la radio era la misma canción que las mujeres en la farmacia estaban oyendo, para ver si la verdad que salía al aire era la misma verdad que las pruebas documentaban, para ver si la grieta que había sentido en la mirada de Don Jairo era la grieta que la canción estaba abriendo—.
Yago condujo por la avenida Muñoz Rivera —los carros de domingo, los turistas, las familias, los viejos en los kioskos, los jóvenes en las playas, todos con la radio encendida, todos con WIPR, todos oyendo la misma canción, todos convertidos en testigos sin saberlo—.
Y Yago pensó: La canción es la citación.
Y la citación ya fue entregada. Y la citación no se puede devolver.
Y Yago condujo hacia Bayamón —con la canción todavía en la memoria como el eco de un trueno que ya pasó pero que sigue vibrando en el aire—.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:25 p.m
Teléfono público — Calle Loiza, Santurce
Mateo no tenía radio —Mateo había salido del apartamento a las dos y cuarenta con los documentos en el bolsillo y el King 3B en el estuche y la certeza de que la canción estaba al aire porque la canción era aire y el aire no necesitaba confirmación—.
Pero Mateo tenía los oídos —y los oídos de Puerto Rico eran las radios de los vecinos y las radios de los kioskos y las radios de los carros que pasaban con las ventanillas abiertas y el volumen alto porque era domingo y domingo era día de radio—.