CAPÍTULO 15 #3
Don Jairo Heredia Ortega no escuchaba la radio —Don Jairo no escuchaba la radio porque Don Jairo no necesitaba la radio, Don Jairo tenía informantes y ojos y teléfonos y la radio era para los que no tenían nada más, la radio era el periódico de los pobres, la radio era la voz del pueblo y Don Jairo no era del pueblo, Don Jairo era el que silenciaba al pueblo—.
Pero la esposa legítima de Don Jairo —Isabel, Isabel de Cádiz, Isabel Heredia Vega, la que llevaba el apellido y la casa y los hijos legítimos y el silencio conyugal— sí escuchaba la radio.
Isabel escuchaba WIPR los domingos porque Isabel era mujer de programas culturales, Isabel era mujer de la tradición, Isabel era mujer que no sabía nada de lo que Don Jairo hacía en la finca de Loíza porque Isabel había elegido no saber —o porque Don Jairo había elegido que Isabel no supiera, que es lo mismo pero con la responsabilidad invertida—.
Isabel estaba en la sala de la casa de Condado —la sala con los muebles de caoba y las persianas cerradas contra el calor y el ventilador de techo girando lento y el radio de mesa sintonizado en WIPR como todos los domingos—.
Isabel bordaba —bordaba una mesa de tela blanca, como bordaban las mujeres de su generación, como había bordado su madre en Cádiz, como había bordado la abuela Heredia antes de cruzar el Atlántico—. Y el radio estaba encendido.
Y el trombón salió del radio.
Isabel levantó la vista del bordado —no porque el trombón fuera excepcional sino porque el trombón era Gitana, y Gitana era una palabra que Isabel había oído antes —no en la radio sino en la casa, en la casa de Condado, en los labios de Don Jairo cuando Don Jairo hablaba dormido y decía nombres que no debía decir y que Isabel no debía oír pero que oía, porque las esposas oyen lo que los maridos no quieren que oigan, como los pueblos oyen lo que los tiranos no quieren que oigan—.
Gitana
Isabel dejó la aguja. Y escuchó —escuchó con la atención de quien oye algo que siempre supo pero que nunca quiso admitir, como quien oye el diagnóstico que siempre temió—. Y la canción siguió:
Sé que nunca fuiste mía
Ni lo has sido, ni lo eres
Pero de mi corazón
Un pedacito tú tienes
Isabel se puso de pie. Caminó hacia el estudio de Don Jairo —el estudio donde Don Jairo estaba ahora, el estudio donde Don Jairo había estado desde las nueve de la mañana, el estudio donde Don Jairo recibía las llamadas y calculaba las jugadas y guardaba la caoba y la Browning y la historia—.
Isabel no llamó a la puerta. Isabel abrió la puerta.
Don Jairo estaba sentado detrás del escritorio —la caoba del escritorio, la caoba que había venido de la selva central en un camión blanco, la caoba que era la medida del poder porque en Puerto Rico el poder se medía en caoba y la caoba se medía en silencio y el silencio se medía en años—.
Don Jairo tenía el teléfono en la mano —el teléfono que había estado sonando cada diez minutos desde las nueve, el teléfono que le traía noticias que no quería oír—.
Y Don Jairo miró a Isabel con los ojos que no eran los ojos del marido sino los ojos del jefe —los ojos fríos, los ojos calculadores, los ojos que veían todo y no sentían nada—.
—Jairo —dijo Isabel—. Escucha.
Don Jairo no escuchó —o no quiso escuchar, que es lo mismo cuando el que no quiere escuchar tiene el poder de no escuchar—.
Pero Isabel no esperó. Isabel fue al radio del estudio —el radio que Don Jairo nunca encendía pero que estaba ahí porque todos los estudios de Condado tenían radio en 1985— y lo encendió. Y sintonizó WIPR.
Y la canción entró en el estudio —entró como entra el agua por la grieta del dique, entró como entra la luz por la rendija de la puerta, entró como entra la verdad en la casa del mentiroso: sin invitación, sin permiso, sin la cortesía de llamarse a sí misma verdad—.
Y tengo celos del viento porque acaricia tu piel
De la Luna la que miras
Del Sol porque te calienta
Yo tengo celos del agua
Y del peinecito que a ti te peina
Don Jairo escuchó.
Y Don Jairo reconoció —reconoció la melodía como se reconoce la cara del enemigo, reconoció los versos como se reconoce la firma en una orden de captura, reconoció la canción como se reconoce la octava bala que entra por la ventana cuando las siete anteriores no mataron—.
Don Jairo había destruido siete canciones —siete intentos de decir la verdad, siete trombónicas que calló con fuego o con amenaza o con la Browning de Yago o con los camiones que llevaban a los que hablaban demasiado lejos de la isla—.
Y ahora la octava canción —la octava, la que se le escapó, la que no quemó porque no la vio venir, la que no silenció porque salió por la radio y no por la ventana, la que no pudo detener porque el aire no tiene puerta que cerrar— la octava canción estaba en su estudio, en su casa, en su caoba, en su radio, en su vida.
Don Jairo se levantó.
Se levantó como se levanta el hombre que ha sido golpeado —no con la prisa del asustado sino con la lentitud del herido, la lentitud del que necesita verificar que las piernas todavía funcionan antes de usarlas—.
Y caminó hacia el radio —caminó con los pasos que habían caminado sobre veintidós años de imperio, los pasos que habían recorrido la finca y los muelles y las rutas y las cocinas y los cuartos del tercer piso—. Y apagó el radio.
El silencio volvió al estudio —el silencio de la caoba y el ventilador y el teléfono que no dejaba de sonar—.
Pero el silencio era mentira. El silencio era la mentira de quien apaga la radio y cree que apagando la radio apaga la canción.
Pero la canción no estaba en la radio —la canción estaba en el aire, y el aire estaba en la isla, y la isla estaba oyendo, y lo que la isla oye la isla recuerda, y lo que la isla recuerda la isla canta, y lo que la isla canta ya no pertenece al que lo escribió sino al que lo oyó—.
Isabel miró a Don Jairo —lo miró con los ojos de quien ha visto algo que no puede desver, lo miró con la cara de quien entiende que el hombre con el que duerme no es el hombre que creía—. Y dijo:
—Jairo. ¿Qué es eso?
—Una canción.
—¿De quién?
—De un trombonista.
—¿Y por qué la canción dice Gitana? ¿Y por qué dice nunca fuiste mía? ¿Y por qué dice que tiene celos del viento?
Don Jairo no respondió. Don Jairo no respondía cuando las preguntas eran las que no debían hacerse —esa era la regla, la regla de veintidós años, la regla del silencio, la regla del imperio—.
Pero Isabel no era una mujer del imperio —Isabel era la esposa legítima, la que vivía en la casa de Condado, la que bordaba mesa blanca y escuchaba WIPR y no sabía nada —o que había elegido no saber, que es lo mismo pero con la culpa invertida—.
—Jairo —Isabel se acercó—. ¿Quién es la Gitana?
Don Jairo miró a Isabel. Y por primera vez en veintidós años, Don Jairo no tuvo una respuesta —no porque no supiera sino porque la respuesta ya no era suya, la respuesta estaba en el aire, la respuesta estaba en la canción que acababa de apagar pero que seguía sonando en la isla, la respuesta estaba en los oídos de cada puertorriqueño que estaba escuchando WIPR a las tres de la tarde de este domingo 17 de agosto de 1985—.
—No importa —dijo Don Jairo—. Ya se acabó.
—No —dijo Isabel—. No se acabó. La canción es aire, Jairo. Y el aire entra por todas partes.
Don Jairo miró a Isabel —la miró con algo que no era furia sino miedo, el miedo que él no reconocía como miedo porque lo llamaba precaución, el miedo que no era debilidad sino la primera grieta en la certeza de que todo estaba controlado—.
Y Don Jairo hizo lo que Don Jairo hacía cuando el miedo aparecía: tomó el teléfono y marcó.
—Yago —dijo Don Jairo cuando la línea se abrió—. La canción está al aire.
—Lo sé —dijo Yago—. Estoy frente a la estación.
—¿Y?
—Y nada, Jairo. No puedo detener el aire.
—¿Qué puede detener?
—Nada. La canción ya salió. Ya está en la isla. Cada radio que la oye es una copia. Y las copias no se pueden confiscar.
Don Jairo apretó el teléfono —lo apretó hasta que los nudillos se pusieron blancos, lo apretó como apretaba la caoba del escritorio cuando la ira subía, lo apretó como apretaba la mandíbula cuando el miedo intentaba salir y él lo empujaba de vuelta—.
—Entonces encuentre al que la puso —dijo Don Jairo—. Y al que la compuso.
—Al que la compuso ya sabe quién es.
—Y al que la grabó.
—El periodista. Darío Quiñones.
—Y a la cocinera.
—Mercedes. Ya sé.
—Tráigalos. A todos. A las seis. En la finca.
—Entendido.
Don Jairo colgó. Y se quedó mirando el teléfono —el teléfono que no podía llamar a la radio y pedirle que dejara de transmitir porque la radio no era de Don Jairo, la radio era del aire, y el aire no tenía dueño—.
Y entonces Don Jairo oyó algo que no debería haber oído —no desde el radio sino desde la ventana de la casa de al lado, la casa del vecino, la casa del doctor Hernández que siempre tenía la radio encendida los domingos y que ahora tenía la radio a todo volumen porque Toño Fuentes estaba poniendo una canción que el doctor Hernández no había oído nunca pero que le hacía algo que no podía nombrar—:
Y por los celos, los celos, los celos
A mí el corazón me arde, me arde
La voz de Mateo —la voz grabada, la voz que no estaba en el estudio pero que entraba por la ventana como entra el viento, sin pedir permiso—.
Y Don Jairo, de pie en su estudio, con el radio apagado y el teléfono en la mano y la caoba bajo los pies, oyó los versos que le eran dirigidos —no porque la canción nombrara a Don Jairo sino porque la canción no necesitaba nombrar al que todos conocían, la canción era la citación que no llevaba nombre pero que todos sabían a quién citaba—.
Los celos, los celos, los celos.
Don Jairo sintió el corazón arder —no el corazón del verso sino el corazón del hombre, el corazón que había mantenido frío durante veintidós años y que ahora, por primera vez, sentía el fuego de la verdad que no se podía apagar con un botón de radio—.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:12 p.m