GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Kike estaba en el patio —el patio de tierra con la mata de plátano y la hamaca vieja y el tambor de cuero de chivo que su padre Enrique había tocado antes de que lo mataran y que Kike había heredado junto con el nombre y el silencio y la culpa—.

Kike no tenía la radio encendida —Kike estaba puliendo las congas, las congas que había tocado en La Guasábara la noche de la grabación, las congas que ahora estaban mudas porque Kike las había apagado como se apaga una vela cuando el viento sopla demasiado fuerte—.

Pero la mujer de Kike sí tenía la radio.

La mujer de Kike —Nereida, Nereida del barrio, Nereida que trabajaba en la lavandería del hospital y que los domingos escuchaba WIPR mientras doblaba la ropa— tenía la radio encendida en la cocina.

Y la cocina estaba junto al patio. Y la puerta de la cocina estaba abierta —abierta como siempre, porque el calor de agosto no permitía puertas cerradas—.

Kike oyó los primeros compases como se oye un disparo —de golpe, sin preparación, con el cuerpo antes que la mente, con la sangre antes que el pensamiento—.

Las manos que pulían las congas se detuvieron.

El trapo con aceite de linaza quedó suspendido en el aire —el aire que ahora llevaba la canción, el aire que cruzaba la puerta de la cocina y el patio de tierra y la hamaca vieja y la mata de plátano y llegaba hasta las congas y las congas vibraban —vibraban como vibraban cuando alguien las tocaba, pero ahora nadie las tocaba, ahora las tocaba la frecuencia, la onda, el aire—.

Kike soltó el trapo. Y el trapo cayó sobre la conga —cayó como cae la máscara cuando la máscara ya no puede sostenerse, como cae la mentira cuando la verdad la empuja—.

Y Kike se quedó mirando las congas —las congas que su padre había tocado, las congas que Kike había traicionado la noche que Don Jairo le pidió que callara y Kike calló, las congas que Kike había vuelto a tocar la noche que Mateo lo perdonó y lo dejó entrar al estudio de grabación y le dijo toca, Kike, toca como tu padre tocaría—.

La canción siguió —y los versos que venían eran los versos que Kike conocía desde dentro, los versos que había acompañado con las congas la noche de la grabación, los versos que ahora sonaban sin él pero con él, sin sus manos pero con su ritmo, sin su voz pero con su pulso—:

Porque sabes que te quiero

No trates de alabarme tú

Pues lo mismo que te quiero

Soy capaz hasta de odiarte yo

Kike apretó los puños —los puños que apretaba siempre que pensaba en su padre, en Enrique Matos, en el percusionista que Don Jairo no pudo comprar y que Don Jairo silenció de la única manera que Don Jairo sabía silenciar—.

Y los versos decían Soy capaz hasta de odiarte yo y Kike sabía que el odio del que hablaba la canción no era el odio de Mateo hacia Aitana sino el odio de todo el que ha sido callado hacia el que lo calló —el odio de Enrique hacia Don Jairo, el odio de Kike hacia sí mismo, el odio que es la otra cara del amor cuando el amor ha sido traicionado—.

Nereida salió a la cocina —el delantal manchado de jabón, las manos rojas del agua caliente, la cara de quien sabe que algo está pasando pero no sabe qué—.

—Kike —dijo Nereida—. ¿Ese no es…?

—Sí —dijo Kike—. Es Mateo.

—¿Y la canción?

—Es la canción. La que grabamos. La que Don Jairo no quería que existiera.

—¿Y ahora?

—Ahora es aire.

Kike se sentó en la hamaca —la hamaca que crujió con el peso del hombre que cargaba el peso de dos traiciones: la que cometió y la que reparó—.

Y escuchó. Escuchó la canción completa —la canción que él había acompañado con las congas, la canción que ahora sonaba sin sus congas pero con su ritmo, porque el ritmo que Kike había puesto en la canción la noche de la grabación estaba grabado en la cinta y la cinta estaba en la radio y la radio estaba en el aire y el aire estaba en todas partes—.

Y Kike pensó en su padre —en Enrique, en las congas de cuero de chivo, en el ritmo que Enrique había enseñado a Kike y que Kike había enseñado a la canción y que la canción ahora enseñaba a Puerto Rico—.

Y Kike pensó: Papá, la canción salió. La que te mataron por intentar tocar salió.

Y yo la toqué. Y ahora es aire. Y el aire no se puede matar.

Kike cerró los ojos. Y en la hamaca, con la canción entrando por la puerta de la cocina y las congas vibrando solas en el patio, Kike Matos dejó caer la cabeza hacia atrás y respiró —respiró como respira el que ha estado sosteniendo la respiración durante veinte años y que por fin puede soltar el aire—.

Y el aire era libre.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:08 p.m

Casa de Fermín Torres — Vieques

Vieques estaba a cuarenta kilómetros de Puerto Rico —cuarenta kilómetros de agua azul y verde y turquesa, cuarenta kilómetros donde la onda de radio perdía fuerza pero no perdía vida, como la voz pierde volumen cuando cruza el mar pero no pierde verdad—.

Fermín Torres estaba en su galería —la galería de la casa de madera sobre la colina que miraba hacia el canal de Vieques, la galería donde Fermín se sentaba los domingos con el radio de onda corta y el café y la hamaca y el King 3B de Esteban dentro del estuche en el cuarto oscuro donde había vivido durante veintidós años—.

El radio de Fermín era un Zenith Transoceanic —un radio de onda corta que Fermín había comprado en 1968 y que sintonizaba WIPR los domingos como un ritual, no porque le gustara el programa cultural sino porque el programa cultural era la conexión con San Juan, con La Guasábara, con el mundo que Fermín había dejado cuando se fue a Vieques con el King 3B y la carta de Esteban dentro del trombón—.

Fermín había escuchado el programa de Toño Fuentes durante diecisiete años —diecisiete años de domingos, diecisiete años de música que no era la suya, diecisiete años de esperar algo que no sabía si iba a llegar pero que esperaba de todos modos, porque la espera era lo que mantenía vivo al hombre que había dejado de tocar—.

Hoy, el radio siseó como siempre —el siseo de la estática cruzando el canal, el siseo del agua entre Vieques y Puerto Rico—. Y después del siseo, la voz de Toño Fuentes: Programa especial…

Y después de la voz, el trombón.

Fermín se sentó recto en la hamaca —se sentó como se sienta quien ha oído algo que creía que no iba a oír nunca, como se sienta quien recibe una carta que creía perdida, como se sienta quien ve regresar a alguien que creía muerto—.

Y el trombón —el trombón que Fermín reconoció inmediatamente porque el King 3B tiene un sonido que no se parece a ningún otro trombón, un sonido que es la suma del metal y del hombre que lo toca y del hombre que lo tocó antes y del hombre que lo tocará después— el King 3B habló desde la radio y dijo lo que Fermín había guardado durante veintidós años dentro del estuche: la canción.

No la misma canción —la canción que Fermín había oído en 1963, la que Esteban había empezado a componer antes de que lo mataran, era solo el principio de algo, la semilla de algo, la primera página de algo—.

Pero esta canción —la que ahora salía del Zenith Transoceanic con la claridad de quien ha cruzado el agua y ha llegado al otro lado— esta canción era el árbol.

El árbol que creció de la semilla. El árbol que Fermín había regado con veintidós años de silencio y de custodia y de espera.

Por si un día me muero / Y tú lees este papel / Que sepas lo mucho que te quiero / Aunque no te vuelva a ver

Fermín se levantó de la hamaca. Caminó al cuarto —el cuarto oscuro donde el King 3B descansaba dentro del estuche, el cuarto donde Fermín había dormido durante veintidós años con el trombón de Esteban como compañía, el cuarto que olía a metal y a caoba y a algo más —algo que Fermín llamaba la presencia de Esteban, la frecuencia del muerto que sigue vibrando dentro del instrumento que tocó—. Fermín abrió el estuche.

El King 3B estaba ahí —el King 3B que Fermín no había tocado en veintidós años, el King 3B con la carta de Esteban dentro de la bomba, el King 3B que ahora sonaba en la radio con la voz de Mateo y la sangre de Esteban y los versos de Lola y la ceniza de ocotillo y todo lo que Fermín había guardado como se guarda la semilla del árbol que un día va a dar sombra—.

Fermín tocó el metal —el metal frío del trombón, el metal que ahora estaba tibio en la radio, el metal que vibraba dentro del estuche como vibraba en la frecuencia que cruzaba el canal—. Y Fermín dijo:

—Esteban. La oyó. La isla la oyó.

Y Fermín, el trombonista que había dejado de tocar para poder guardar, el testigo que había dejado de testificar para poder preservar, el viejo que había cruzado el agua con un trombón que no era suyo para proteger una canción que no era suya —Fermín se sentó en la silla de la galería, con el King 3B en el regazo y el radio sonando y la canción cruzando el canal como cruzan las olas: una tras otra, incesantes, eternas—.

Y Fermín lloró —lloró como lloran los viejos que han esperado demasiado, con los ojos cerrados y los labios apretados y el metal del trombón contra el pecho como un abrazo que no puede dar a nadie porque el que necesita el abrazo está muerto y el que está muerto está dentro del trombón y el trombón está en la radio y la radio está en el aire y el aire es libre—.

Veintidós años.

Veintidós años de guardia.

Y la canción salió.

§

Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:10 p.m

Casa de Condado — San Juan