GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La Canción es el Aire

WIPR — Puerta de Tierra, San Juan

El primer segundo fue silencio —el silencio entre la estática y el sonido, el silencio que dura menos que un latido pero que contiene todo lo que viene después, como la semilla contiene el árbol y el árbol contiene la selva y la selva contiene la isla—. Y después del silencio, el trombón.

Toño Fuentes escuchó los primeros compases con los auriculares puestos —los auriculares negros con la espuma gris que se deshacía en los oídos, los auriculares que habían transmitido miles de canciones pero que ahora transmitían algo que no era solo canción sino que era citación, declaración, testamento—.

Toño miró el medidor de niveles —la aguja verde bailaba en el centro, la aguja que indicaba que el sonido estaba saliendo limpio, sin distorsión, sin ruido, como la verdad debía salir: sin adorno—.

Y Toño pensó: Sale. La canción sale. Y lo que sale al aire ya no vuelve.

La canción comenzó con los versos que Mateo había escrito pensando en la muerte —no en la muerte real sino en la muerte posible, la muerte del compositor que sabe que la canción puede costarle la vida y que la escribe de todos modos, como el soldado que carga la colina sabiendo que no va a volver—:

Por si un día me muero

Y tú lees este papel

Que sepas lo mucho que te quiero

Aunque no te vuelva a ver

Los versos salieron del trombón —no con la voz humana sino con la voz del metal, la voz que dice lo que la garganta no puede, la voz que llora sin lágrimas y que ríe sin boca y que ama sin manos—.

La campana del King 3B proyectó la melodía como un faro proyecta la luz —no para iluminar un punto sino para que todo el que esté en el alcance del faro vea, para que todo el que esté en el alcance de la onda oiga—.

Y después del trombón, la voz —la voz de Mateo grabada en el estudio de La Guasábara, la voz que cantaba los versos como quien reza una oración que no sabe si alguien escucha pero que reza de todos modos, porque la oración es el acto de rezar no el acto de ser escuchado—:

Gitana, Gitana

Gitana, Gitana

Tu pelo, tu pelo

Tu cara, tu cara

Los versos salieron al aire —salieron al aire como salían los versos de Lola en la cocina de la finca, escritos en carbón de leña sobre papel de estraza, pero ahora no estaban en la cocina sino en la frecuencia, no estaban en papel sino en onda, no estaban en silencio sino en voz alta—. Y la isla los oyó.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:02 p.m

Casa de Doña Lydia — Santurce

Doña Lydia oyó el trombón antes de oír la voz —oyó el trombón como había oído el trombón de Esteban hace treinta años, cuando Esteban tocaba en el patio de la casa de los Reyes Vega y el sonido del metal llenaba la calle y los vecinos salían a escuchar y los niños bailaban en la acera y el mundo era más grande que la ventana—.

Doña Lydia estaba en la cocina —la cocina pequeña de la casa de Santurce, la cocina donde colaba café los martes y hacía sancocho los sábados y planchaba camisas los miércoles y donde ahora, en un domingo a las tres de la tarde, estaba preparando una ensalada de papas con la radio encendida en WIPR porque Doña Lydia siempre escuchaba WIPR los domingos, los domingos culturales, los domingos de Toño Fuentes—.

Doña Lydia dejó el cuchillo sobre la tabla.

El cuchillo golpeó la madera —un golpe seco, como el golpe de un juez que pide silencio en la sala—.

Y Doña Lydia se quedó quieta —quieta como la estatuilla de la Virgen del Carmen que tenía en la esquina de la cocina, quieta como la foto de Esteban que tenía en el sala, quieta como la mujer que ha esperado treinta años para oír algo que no sabía que estaba esperando—.

El trombón.

Doña Lydia reconoció el trombón —no porque lo hubiera oído antes en ese programa sino porque el trombón era el suyo, el trombón de la casa, el trombón que Esteban había comprado en 1958 y que Mateo había heredado y que ahora —ahora— estaba saliendo de la radio como salía el café de la coladora los martes: caliente, oscuro, con el olor que solo tiene lo que se hace en casa—.

—Mateo —dijo Doña Lydia.

No dijo más. No necesitaba decir más. El nombre era suficiente —el nombre que era el nombre de su hijo y el nombre del trombonista que estaba sonando en la radio y el nombre del hombre que había hecho lo que ella nunca pudo hacer: decir la verdad en voz alta, decir la verdad en canción, decir la verdad en el aire que no tenía dueño—.

Y entonces la voz de Mateo cantó: Gitana, Gitana / Tu pelo, tu pelo / Tu cara, tu cara— y Doña Lydia sintió algo que no había sentido desde que Esteban murió —no tristeza, no orgullo, no miedo— sino alivio.

El alivio de quien ha cargado un secreto durante treinta años y que ahora alguien lo ha soltado al aire, como quien abre una ventana después de décadas de humo y descubre que afuera hay cielo, que afuera hay mar, que afuera hay un mundo que no la castiga por saber lo que sabe—.

Doña Lydia se sentó en la silla de la cocina —la silla de aluminio con el cojín de plástico que se pegaba a los muslos en verano, la silla donde se sentaba a pelar viandas y a escuchar radio y a pensar en su padre muerto y en su hijo vivo y en la marca que no debía existir y en el silencio que ya no era silencio—.

Y mientras la canción seguía —Sé que nunca fuiste mía / Ni lo has sido, ni lo eres / Pero de mi corazón / Un pedacito tú tienes— Doña Lydia hizo algo que no había hecho en veinte años: llamó a Mateo por su nombre.

No al teléfono. Al aire.

—Mateo —dijo Doña Lydia al aire de la cocina, al aire que olía a mayonesa y a papa y a cebolla y a verdad—. Mateo, mi niño. Lo hiciste.

Y Doña Lydia lloró —no las lágrimas de la tristeza sino las lágrimas del alivio, las que vienen cuando el peso que cargabas resulta que otro lo podía llevar, las que vienen cuando el secreto que guardabas resulta que otro lo podía decir, las que vienen cuando la puerta que creías cerrada resulta que siempre tuvo la llave puesta —solo que nadie la había girado—.

Las lágrimas de Doña Lydia cayeron sobre la ensalada de papas —sal sobre sal, agua sobre tierra, llanto sobre comida como lo hicieron Lola y Mercedes durante quince años en la cocina de la finca—.

Y la canción seguía. Y la isla seguía oyendo.

Y Doña Lydia, en su cocina de Santurce, por primera vez en treinta años, no sintió vergüenza.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:04 p.m

Barrio Obrero — Santurce

Carlitos no tenía radio —Carlitos no tenía muchas cosas, Carlitos tenía los bongós y la cama y una foto de su madre que guardaba dentro del estuche de los bongós porque la foto era lo único que no se podía romper si estaba dentro del estuche y los bongós eran lo único que Carlitos poseía que valía la pena proteger—.

Pero Carlitos tenía vecino —vecino con radio, vecino con WIPR los domingos, vecino que siempre ponía el programa de Toño Fuentes a todo volumen porque el vecino era viejo y sordo y la radio era la compañía que los hijos que se fueron a Nueva York no le daban—.

Carlitos oyó el trombón a través de la pared —la pared de tabloncillo que separaba su cuarto del cuarto del vecino, la pared que dejaba pasar el sonido como deja pasar el viento, filtrado pero reconocible, como la verdad filtrada por el miedo sigue siendo verdad—.

Y Carlitos dejó los bongós —los bongós que estaba afinando, los bongós que había tocado en La Guasábara la noche que Mateo grabó la canción, los bongós que habían acompañado al King 3B como la sombra acompaña al cuerpo—.

Carlitos se acercó a la pared —la pared que era la frontera entre su cuarto y el del vecino, la frontera que la música cruzaba como la música cruza todas las fronteras: sin pasaporte, sin visa, sin permiso—.

Y pegó el oído al tabloncillo —el tabloncillo fresco, el tabloncillo que olía a madera vieja y a humedad y a los años de vecindad—. Y escuchó.

El trombón. Y después la voz: Sé que nunca fuiste mía / Ni lo hasido, ni lo eres / Pero de mi corazón / Un pedacito tú tienes / Tú tienes, tú tienes, tú tienes, tú tienes.

Carlitos cerró los ojos. Y vio —no con los ojos sino con la memoria, que es como ven los músicos cuando la música los toca—: vio La Guasábara, vio a Mateo con el King 3B, vio a Aitana bailando en el rincón donde nadie la veía, vio a Kike con las congas y a Papo con el piano y a Vitín con el bajo y a él mismo con los bongós, los seis en el estudio de grabación, los seis haciendo la canción que ahora salía de la pared del vecino como un fantasma bueno, como un espíritu que vuelve para decir lo que no pudo decir cuando vivía—.

Y Carlitos pensó en Lorena —en su hermana Lorena, en la estudiante de derecho que llevaba dos años documentando lo que nadie quería documentar, en la mujer que le había dicho toca, Carlitos, toca y que la música sea tu testimonio—.

Y Carlitos entendió —entendió lo que Lorena le había estado diciendo durante dos años sin que él pudiera entenderlo del todo, porque entenderlo del todo significaba aceptar que su vida en La Guasábara no era solo música sino que era también testimonio, que los bongós no eran solo instrumento sino que eran también prueba, que la canción no era solo canción sino que era también citación—.

Carlitos pegó la frente a la pared. Y la pared vibraba —vibraba con la frecuencia de la canción, vibraba con el latido del King 3B, vibraba como vibra el pecho cuando el pecho está lleno de algo que no cabe y que necesita salir—.

Y Carlitos, con la frente en la pared y los ojos cerrados y los bongós a sus espaldas esperándolo como lo esperaban desde que él eligió tocar, susurró:

—Tócala, Mateo. Tócala completa.

Y la canción siguió —Gitana, Gitana / Tu pelo, tu pelo / Tu cara, tu cara— y Carlitos la oyó completa, la oyó a través de la pared, la oyó como la oyeron los que estuvieron en el estudio y los que no estuvieron pero que ahora, por la gracia de la frecuencia, estaban—.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 3:06 p.m

Casa de Kike Matos — Barrio Capetillo, Río Piedras