GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 14 #9
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CAPÍTULO 14 #9

Aitana tocó la marca —la marca en el hombro izquierdo, la marca de ocotillo y ceniza, la cicatriz que tenía desde los doce años y que ardía cuando llovía y que picaba cuando hacía calor y que Aitana tocaba como otros tocan un talismán —no por amor sino por costumbre, porque la marca era lo que siempre había estado ahí, como la ventana y la silla y el mar—.

Pero hoy, al tocar la marca, Aitana sintió algo diferente —sintió que la marca no era permanente, que la marca era una mentira escrita en la piel y que las mentiras escritas en la piel se podían borrar, no con crema ni con cirugía sino con verdad, con la verdad que entraba por los oídos como la marca había entrado por la piel—.

Aitana se levantó de la silla. Fue al radio —el radio de transistor que estaba en la mesita junto a la cama, el radio que Aitana encendía los domingos para escuchar los programas culturales de WIPR, el radio que era la única ventana que no daba al mar sino al mundo—.

Aitana lo encendió. Y esperó —esperó como esperaba siempre, con la paciencia de quien ha esperado once años y que puede esperar once más si es necesario, pero que hoy —hoy— siente que la espera está terminando—.

La radio siseó —el siseo de la frecuencia, el siseo del aire que busca la onda, el siseo del silencio que está a punto de convertirse en sonido—. Y la voz de Toño Fuentes entró en el cuarto —entró por el radio, entró por la ventana, entró por la marca en el hombro—:

…programa especial… Mateo Reyes… título: Gitana… las palabras son de aire, y van al aire…

Aitana se sentó en la cama. Y escuchó —escuchó con los oídos y con la piel y con la marca y con los once años de silencio y con la sangre de Esteban y con la memoria de Lola y con todo lo que Aitana era y todo lo que Aitana había sido y todo lo que Aitana iba a ser—.

Y el reloj siguió girando.

Y la antena esperó.

Y el aire preparó sus pulmones —los pulmones de la frecuencia, los pulmones que en dieciséis minutos iban a exhalar la canción como el mar exhala la marea, como el sol exhala la luz, como la verdad exhala el nombre que la mentira intentó callar—.

Dieciséis minutos.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 2:59 p.m

WIPR — Puerta de Tierra

Toño Fuentes miró el reloj digital —los números rojos contra el fondo negro: 2:59—.

Y pensó en todas las veces que había presionado un botón de PLAY —miles de veces, decenas de miles de veces, en cada programa, en cada canción, en cada transición, en cada silencio que necesitaba ser roto—.

Pero esta vez era diferente. Esta vez el botón no activaba una canción —activaba una verdad.

Y la verdad era más pesada que cualquier canción, la verdad tenía más frecuencia que cualquier onda, la verdad viajaba más lejos que cualquier antena—.

2:59:30.

Toño puso el dedo en el botón. Y el dedo tembló —no de miedo sino de la electricidad que recorre el cuerpo cuando el cuerpo sabe que está a punto de hacer algo que no se puede deshacer, como despegar un avión o disparar una flecha o decir te quiero por primera vez—.

El dedo tembló. Y el temblor era humano —era el temblor de quien sabe que después de presionar este botón, nada será igual, porque la canción que sale al aire no vuelve, la canción que sale al aire se multiplica, la canción que sale al aire es de todos—.

2:59:45.

Toño respiró —respiró como respiran los locutores antes de abrir el micrófono, como respiran los trombonistas antes de tocar la primera nota, como respiran las mujeres antes de empujar, como respiran los marineros antes de zarpar—. Y el aire entró. Y el aire era libre. Y el aire esperaba.

2:59:58.

2:59:59.

3:00:00.

Toño Fuentes presionó PLAY.

Y la cabeza lectora tocó la cinta.

Y la magnetización se convirtió en sonido.

Y el sonido se convirtió en electricidad.

Y la electricidad subió por el cable.

Y el cable la llevó a la antena.

Y la antena la convirtió en onda.

Y la onda salió al aire.

Y el aire era libre.

Y la canción —la canción que Mateo compuso, que Salcedo soñó, que Esteban inició, que Lola versificó, que Mercedes rescató, que Florina certificó, que Lorena documentó, que Darío grabó, que Toño transmitió— la canción cruzó la isla a la velocidad de la luz.

Y Puerto Rico la oyó.

Las palabras son de aire, y van al aire

Mis lágrimas son agua, y van al mar

Cuando un amor se muere

Sabes chiquita a dónde va

La estrofa que definió este capítulo —la estrofa que se volvió literal: las palabras fueron aire, la canción fue aire, el aire fue libre— resonó desde la antena de WIPR y cruzó los campos de caña y las playas de arena y los barrios de cemento y las montañas verdes y los muelles de sal y las cocinas donde se cocinaba justicia y los cuartos donde se guardaban marcas y las farmacias donde se escondían cuadernos y los apartamentos donde se esperaban noticias y los sedanes donde se vigilaban puertas y las fincas donde se callaban verdades —y la verdad, por fin, habló—.

Y la canción era aire.

Y el aire era Puerto Rico.

Y Puerto Rico —por primera vez en veintidós años— oyó lo que Don Jairo no quería que oyera.

Y lo oyó completo.

Y lo oyó libre.