GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 14 #8
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CAPÍTULO 14 #8

El programa anterior era La Hora del Bolero —una hora de Agustín Lara y Bobby Capó y los boleros que los abuelos escuchaban los domingos mientras hacían el almuerzo y los niños jugaban en el patio y las mujeres planchaban las camisas del lunes—.

El locutor de La Hora del Bolero era Pepe Villanueva —un veterano de la radio que cerraba su programa con la misma frase desde 1965: Y recuerden, señores, que el bolero es el llanto que se baila.

Pepe cerró a las dos y veinticinco. Y ahora —ahora— eran las dos y treinta y uno y el aire estaba vacío y el vacío esperaba la canción.

Toño preparó la cinta —la enrolló manualmente hasta el punto de inicio, la cabeza lectora lista, el play preparado—. Y miró el reloj —el reloj digital de la mesa de mezclas, el reloj que marcaba las dos y treinta y uno con los números rojos que parecían gotas de sangre contra el fondo negro—.

Veintinueve minutos.

Toño abrió el micrófono —el micrófono que estaba suspendido del techo como una fruta de metal, el micrófono que convertía las palabras en electricidad y la electricidad en frecuencia y la frecuencia en aire—. Y dijo:

—Señores, buenas tardes. Toño Fuentes en WIPR 940 AM.

El programa de hoy es especial. No hay nombre —todavía no tiene nombre, porque los nombres se ponen después, cuando la cosa ya nació y se puede mirar y se puede nombrar—.

Lo que va a sonar ahora es una composición original.

Trombón y voz. Grabada anoche en La Guasábara.

El compositor es Mateo Reyes. El título es Gitana.

Y la canción dura treinta y dos minutos.

Treinta y dos minutos que van a sonar completos —sin interrupción, sin comentario, sin nada entre la canción y ustedes excepto el aire—.

Porque las palabras son de aire, y van al aire.

Y esta canción es aire. Y el aire es libre.

Toño cerró el micrófono. Y miró la cinta —la TDK C-60 con la etiqueta escrita a mano, la cinta que pesaba cincuenta gramos y que contenía la segunda mitad de la revolución—. Y puso el dedo en el botón de PLAY.

Veintiocho minutos.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 2:32 p.m

Sedán azul oscuro — frente a WIPR

Yago miraba la puerta de WIPR —la puerta de cristal que no se abría, la puerta donde Darío había entrado hace cuatro horas y donde Toño Fuentes estaba ahora preparando la transmisión—.

Yago había visto a Darío salir —había visto la silueta del periodista cruzar la acera y doblar la esquina y desaparecer hacia Miramar—.

Pero Yago no había entrado. Yago no había entrado porque entrar era confesar —era confesar que Don Jairo tenía miedo, era confesar que la canción era una amenaza, era confesar que un imperio de veintidós años podía ser desestabilizado por una cinta de cincuenta gramos—.

Yago había calculado las opciones durante las dos horas que había esperado en el sedán —dos horas de cálculo, dos horas de probabilidades, dos horas de la matemática del ojo que pesa los riesgos como pesa las balas—:

Opción uno: entrar a WIPR y confiscar la cinta.

Riesgo: la confiscación era ilegal —WIPR era una estación de radio federal, la cinta era material de transmisión, y confiscar material de transmisión sin orden judicial era un delito federal—.

Si Yago confiscaba la cinta y alguien llamaba al FBI —y el FBI ya tenía una denuncia sobre la mesa—, la confiscación se convertía en evidencia de obstrucción y la obstrucción era más peligrosa que la canción.

Opción dos: entrar a WIPR y convencer a Toño Fuentes de que no transmitiera.

Riesgo: Toño Fuentes no era de los que se convencían —Toño Fuentes era de los que convencían, era de los que ponían la canción dos veces si alguien les pedía que no la pusieran—.

Y si Yago amenazaba a Toño, Toño lo iba a contar —lo iba a contar en la radio, lo iba a contar a los otros locutores, lo iba a contar al periodista que ya había entregado la cinta—.

Y la amenaza se convertía en noticia y la noticia era más peligrosa que la canción.

Opción tres: esperar. Dejar que la cinta sonara.

Y después —después— contener las consecuencias.

Riesgo: la canción era irrevocable —una vez que salía al aire, la canción era aire y el aire no se podía meter de vuelta en la cinta—.

Pero Yago era realista: la canción iba a sonar.

Las probabilidades de detenerla eran cercanas a cero —la cinta estaba en el estudio, Toño estaba en la mesa, y el botón de PLAY era el botón más fácil de presionar en el mundo—.

Lo que Yago podía hacer era contener lo que pasara después —identificar quién la escuchaba, quién la repetía, quién la cantaba, y neutralizar la propagación antes de que la propagación se convirtiera en epidemic—.

Pero Yago sabía —Yago sabía como sabía siempre, con el saber del ojo que ha visto suficiente para distinguir entre lo que se puede contener y lo que no— que esta propagación era diferente.

Esta propagación no era un rumor que se apagaba con una amenaza ni un testigo que se callaba con un soborno.

Esta propagación era una canción —y las canciones no se callaban, las canciones se cantaban, las canciones se repetían, las canciones entraban por los oídos y se quedaban en la sangre y la sangre las llevaba a la boca y la boca las escupía al aire y el aire las llevaba a otros oídos y los otros oídos las llevaban a otras sangres y otras bocas y otros aires hasta que la canción era la isla y la isla era la canción y Don Jairo —con toda su caoba y su Browning y sus ojos y sus camiones y sus veintidós años de imperio— era un hombre que había intentado callar el viento.

Yago miró el reloj —las dos y treinta y dos—.

Veintiocho minutos.

Yago prendió la radio del sedán —la radio que siempre estaba sintonizada en WIPR los domingos, la radio que ahora estaba emitiendo el silencio que precede a la tormenta—.

Y escuchó. Escuchó la voz de Toño Fuentes —la voz que decía Las palabras son de aire, y van al aire.

Y esta canción es aire. Y el aire es libre.

— Y Yago pensó: El aire no es libre. El aire tiene dueño.

Y el dueño es Don Jairo. Pero la pensó —la pensó como quien piensa algo que ya no cree del todo, como quien repite una doctrina que ha dejado de convencer, como quien dice una oración que ha dejado de rezar—.

Yago apagó la radio. Y miró la antena —la antena de WIPR en el techo, la torre de metal que apuntaba al cielo como el dedo de un profeta, la antena que en veintiocho minutos convertiría la canción en onda y la onda en aire y el aire en verdad—.

Veintiocho minutos para que el aire dejara de tener dueño.

Y Yago esperó.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 2:44 p.m

Cuarto del tercer piso — La finca, Loíza

Aitana estaba sentada en la silla junto a la ventana —la silla de madera que había estado junto a la ventana desde el día que llegó a la finca, la silla donde Aitana se sentaba a mirar el mar porque el mar era lo más lejos que podía ver y lo más lejos que podía ver era lo más cerca que podía estar de la libertad—.

La ventana estaba abierta —abierta como siempre, porque Aitana no cerraba la ventana, la ventana era la única puerta que no estaba cerrada con llave—.

Y por la ventana entraba el viento —el viento del este, el viento que venía de Vieques y de Culebra y de las islas que Aitana veía en los mapas pero que nunca había visitado, el viento que olía a sal y a hierba y a algo más —algo que Aitana reconocía sin poder nombrar, algo que olía a lo que huele el aire antes de que algo cambie, antes de que la tormenta llegue, antes de que la canción suene—.

Aitana llevaba once años en este cuarto —once años de ventana al mar y puerta cerrada y marca en el hombro y silencio—.

Pero el silencio de hoy era diferente. El silencio de hoy no era el silencio de siempre —el silencio de la rutina, el silencio de la resignación, el silencio de la mujer que ha aprendido a vivir sin hablar porque hablar es peligroso—.

El silencio de hoy era el silencio de la espera —la espera de algo que Aitana no podía nombrar pero que sentía, como se siente la vibración del trueno antes de que el rayo caiga, como se siente el cambio de la marea antes de que el agua suba—.

Aitana había sentido algo desde la mañana —desde que la orden de Don Jairo llegó por teléfono: Que no salga.

Que nadie hable con ella. Que nadie entre.

Aitana conocía las órdenes —las órdenes eran la normalidad de la finca, las órdenes eran la ley del silencio, las órdenes eran lo que Don Jairo decía y lo que todos obedecían—.

Pero esta orden era diferente. Esta orden no era la orden de siempre —la orden que Aitana había oído mil veces y que significaba quédate aquí y no molestes—.

Esta orden era la orden de alguien que tiene miedo —y Aitana conocía el miedo, Aitana había visto el miedo en los ojos de las mujeres que llegaban en los camiones y en los ojos de Mercedes cuando Mercedes creía que nadie la miraba y en los ojos de los ojos del clan cuando Don Jairo no estaba en la habitación—.

Don Jairo no tenía miedo —eso era lo que todo el mundo creía, eso era lo que Don Jairo proyectaba, eso era lo que la marca en el hombro de Aitana decía: yo no tengo miedo, yo soy el miedo, yo soy lo que le pasa a los que me desafían—.

Pero esta mañana, en la orden que llegó por teléfono, Aitana oyó algo que nunca había oído en la voz de Don Jairo: urgencia. Y la urgencia era la prima del miedo.