GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 14 #7
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CAPÍTULO 14 #7

Mateo pensó en Don Jairo —en Don Jairo en su casa de Condado, en el estudio de caoba, con los periódicos y el teléfono y la grieta invisible en la pared—.

Don Jairo creía que podía controlar la verdad porque siempre la había controlado —porque durante veintidós años la verdad había estado donde Don Jairo la guardaba: en el cuaderno azul detrás del retrato, en la marca de ocotillo en el hombro de Aitana, en los siete compositores que no pudieron cantar, en los nombres que se cambiaban en los camiones—.

Pero la verdad no se controla —la verdad se multiplica.

Y cuando la verdad se multiplica, la verdad se vuelve incontrolable.

Y cuando la verdad es incontrolable, la verdad es libre.

Las palabras son de aire, y van al aire.

Mateo se levantó de la cama. Fue a la ventana —la ventana que daba a la calle de Santurce, la ventana donde el sol del mediodía entraba como un invitado que no pregunta si puede entrar—.

Y miró la calle —la calle con los carros y los perros y los niños y las mujeres con las canastas del supermercado y los hombres con las cervezas en la mano y los viejos en las sillas de playa bajo las sombras de los árboles—.

Y pensó: dentro de dos horas, todos estos —los carros, los perros, los niños, las mujeres, los hombres, los viejos— van a oír la canción.

Y cuando la oigan, van a saber. No van a saber todo —no inmediatamente— pero van a saber que algo cambió, que algo se movió, que algo que estaba callado habló.

Y cuando lo callado habla, el silencio se rompe.

Y cuando el silencio se rompe, la verdad entra como entra el agua por la grieta —poco a poco al principio, gota a gota, y después —después— como una avenida, como un río, como un mar.

Mateo se apartó de la ventana. Fue al baño.

Se lavó la cara —el agua fría contra la piel caliente, el agua que limpiaba la sal del Condado y el sudor de la noche y el peso de la espera—.

Se miró en el espejo —la cara de veinticinco años, la cara de Esteban y de Héctor, la cara de la sangre que no se corta—.

Y pensó en la estrofa que había tocado en la playa:

Por si un día me muero / Y tú lees este papel / Que sepas lo mucho que te quiero / Aunque no te vuelva a ver.

La estrofa resonó —resonó como había resonado en la playa, como había resonado en la memoria de Don Jairo, como resonaría a las tres de la tarde en la radio—.

Y Mateo pensó: Si no vuelvo de la finca, la canción vuelve por mí.

Y el pensamiento era claro —tan claro como el agua fría en la cara, tan claro como el café negro en la taza, tan claro como la nota del King 3B que se mezcló con el mar—.

Mateo se vistió —la camisa blanca, los pantalones khaki limpios, los zapatos de cuero que no habían caminado por el barro de Loíza sino por el concreto de Santurce—.

Y recogió los documentos. Los guardó en el sobre —el sobre marrón que Lorena le había dado, el sobre que contenía las copias de las copias, las pruebas de las pruebas, los eslabones de la cadena—.

Y el sobre fue al bolsillo interior de la camisa —contra el pecho, donde el latido podía sentir el papel, donde la sangre podía contar las palabras—.

Mateo recogió el estuche del King 3B —el estuche con el trombón dentro, el trombón que esta mañana tocó la canción por última vez en privado y que esta noche tocaría la canción por primera vez en la finca, frente a Don Jairo, frente a Aitana, frente a la verdad—.

Mateo miró el reloj. Una y treinta y siete.

Una hora y veintitrés minutos.

Mateo salió del apartamento. Bajó las escaleras —las escaleras del edificio de Santurce con los escalones de concreto y las barandillas de metal y los grafitis en las paredes que decían things que los muchachos decían en las paredes porque no tenían donde más decirlas—.

Y salió a la calle —la calle de Santurce con el sol de la una y cuarenta y el calor que subía del asfalto como el calor sube de la estufa y el olor a fritura y a gasolina y a lluvia que no caía pero que prometía caer—.

Mateo no tenía dónde ir. No todavía. La finca era a las seis —seis de la tarde, la cita que Don Jairo no sabía que era una cita, la confrontación que Mateo había aceptado cuando aceptó tocar la canción y que ahora era tan inevitable como la marea—.

Pero entre la una y cuarenta y las seis, Mateo tenía cuatro horas y veinte minutos.

Cuatro horas y veinte minutos donde todo podía pasar y donde nada se podía hacer excepto esperar —esperar como esperaba el pescador en la lancha, esperar como esperaba Mercedes en la farmacia, esperar como esperaba Yago en el sedán, esperar como esperaba Don Jairo en el estudio, esperar como esperaba Aitana en el cuarto del tercer piso—.

Todos esperando lo mismo: las tres de la tarde.

Mateo caminó —caminó sin dirección, como quien camina para no quedarse quieto, como quien camina porque la quietud es el enemigo y el movimiento es la acción y la acción es lo que queda cuando la espera es lo único que se puede hacer—.

Caminó por la calle Loiza —la calle de los restaurantes y los bares y las farmacias y las iglesias y las casas de madera con las ventanas abiertas y las radios que ya estaban encendidas porque en Puerto Rico la radio del domingo era el soundtrack del día, la banda sonora del descanso, la frecuencia que acompañaba el arroz con pollo y la cerveza fría y la siesta y el béisbol y la vida—.

Y Mateo pensó en las radios —en las radios de Puerto Rico, las mil radios que estaban encendidas ahora mismo y que a las tres de la tarde podían sintonizar WIPR si alguien giraba la perilla y si alguien buscaba la frecuencia y si alguien encontraba la canción—.

Y la canción entraría por las ventanas como entra el viento —sin pedir permiso, sin announcement, sin la cortesía de avisar—.

Y la canción se sentaría en las mesas como se sienta el invitado que no esperabas pero que reconoces cuando lo ves —porque la canción era familia, la canción era sangre, la canción era la verdad que siempre supiste y que nunca pudiste nombrar y que ahora tenía nombre: Gitana—.

Mateo pasó por la plaza del mercado —la plaza donde los vendedores cerraban los puestos del domingo y donde los viejos se sentaban en los bancos con los paletas de mango y los niños corrían entre las piernas de las madres y las radios tocaban salsa y bolero y algo más, algo que Mateo no podía oír todavía pero que ya estaba en el aire —la anticipación, la electricidad que precede a la tormenta, la frecuencia que no es sonido sino promesa—.

Mateo compró un café en un kiosko —un café solo, negro, sin azúcar, el café que Mateo compartía con Fermín y con Mercedes y con todos los que sabían que el café era más que una bebida: era una declaración, era un ritual, era la prueba de que seguías vivo y despierto y listo—.

Mateo bebió el café de pie —de pie junto al kiosko con el vaso de espuma en la mano y el sol en la cara y la canción en la sangre—.

Y miró el reloj del kiosko —el reloj redondo con los números romanos que nunca se sabía si estaban bien o mal pero que marcaban la hora con la autoridad del reloj que siempre ha estado ahí—.

Dos y dieciséis.

Cuarenta y cuatro minutos.

Mateo dejó el vaso en el mostrador del kiosko. Y caminó —caminó hacia la nada y hacia todo, hacia la espera y hacia la acción, hacia las dos y dieciséis y hacia las tres, hacia el aire que ya estaba preparándose para recibir la canción como el mar se prepara para recibir la marea—.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 2:31 p.m

WIPR — Puerta de Tierra

Toño Fuentes se sentó frente a la mesa de mezclas —la mesa con los veinticuatro canales y las perillas y los faders y los medidores de nivel que subían y bajaban como los pulmones de la radio, inhalando silencio y exhalando frecuencia—.

La cinta estaba en la consola —la TDK C-60 con la etiqueta escrita a mano, la cinta que Darío había traído hace cuatro horas y que ahora esperaba como espera todo lo que está a punto de nacer: con la paciencia de lo inevitable, con la quietud de lo que ya no puede ser detenido—.

Toño verificó los niveles por tercera vez —los niveles de entrada, los niveles de salida, los niveles de la antena, los niveles de la frecuencia—.

Todo en verde —verde como el semáforo que dice pasa, verde como la luz que dice adelante, verde como el Caribe en la mañana antes de que la tormenta lo oscurezca—.

Toño no era nervioso —Toño había hecho esto miles de veces, poner cintas, presionar botones, enviar aire—.

Pero esta cinta era diferente. Esta cinta no era música —era mensaje.

Y el mensaje no era para los oídos sino para la sangre. Y la sangre no se mide en niveles.

Toño miró la ventana de cristal —la ventana que daba a la cabina de control, la cabina donde el técnico de turno estaba sentado con los auriculares en el cuello y la lista de programas en la mesa y la expresión de quien no sabe que hoy es diferente pero que lo intuye—.

Toño levantó la mano —la mano del locutor, la mano que dice estoy listo, la mano que dice vamos, la mano que dice el aire es nuestro—. El técnico asintió.

Toño puso los auriculares —los auriculares negros con la espuma gris que se deshacía en los bordes y el cable largo que le permitía moverse por el estudio sin desconectarse del sonido—.

Y escuchó —escuchó el silencio de la frecuencia, el silencio que no era silencio sino la pausa entre el programa anterior y el programa siguiente, la pausa donde la radio respira antes de hablar—.