GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 14 #4
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CAPÍTULO 14 #4

Florina no hablaba —no todavía—. Pero Florina llevaba las palabras.

Las llevaba en el tubo de papel higiénico dentro del bolso de tela.

Y las palabras iban a Bayamón. Y en Bayamón, las palabras se convertirían en documento.

Y el documento se convertiría en prueba. Y la prueba se convertiría en justicia.

Y la justicia —la justicia que Lola cocinó en ceniza de ocotillo, que Mercedes rescató de detrás del retrato, que Florina guardó en un cajón oxidado, que Lorena documentó durante dos años, que Mateo convirtió en canción— la justicia iba a salir al aire a las tres de la tarde.

Y el aire era libre.

§

Domingo 18 de agosto de 1985 — 11:52 a.m

Calle Canals, Miramar — Apartamento 3B

Yago llegó al edificio a las once y cincuenta y dos —cincuenta y dos minutos después de que Darío saliera de WIPR y cincuenta y dos minutos antes de que Yago quisiera estar aquí—.

El edificio era una estructura de tres pisos de hormigón pintado de amarillo —amarillo descolorido, amarillo de sol y sal y lluvia, el amarillo que los edificios de Puerto Rico se ponían cuando alguien decidía que el color era mejor que el gris pero que no tenía el dinero para mantener el color—.

La escalera era externa —escalera de concreto con barandilla de metal, la escalera que subía por la fachada y que daba a un corredor abierto con cuatro puertas: 1A, 1B, 3A, 3B—.

Yago subió las escaleras —subió como subía siempre: sin prisa, sin ruido, con los zapatos de suela de goma que no hacían clic en el concreto y la Browning 9mm en la cintura y los ojos que escaneaban el corredor antes de que el cuerpo entrara—.

El corredor estaba vacío —el corredor de un edificio de Miramar a las doce del mediodía de un domingo estaba siempre vacío, porque los inquilinos dormían la siesta o iban a la playa o visitaban a la familia y porque los domingos en Miramar eran tan quietos como los domingos en Loíza pero con aire acondicionado—.

Yago llegó a la puerta del 3B. La puerta era de madera —madera barata, madera contrachapada con la pintura blanca descascarada en las esquinas y un ojo de pez en el centro que estaba cerrado—.

Yago no llamó. Yago no llamaba —Yago no llamaba porque llamar era pedir permiso y pedir permiso era admitir que había una barrera entre Yago y lo que Yago quería, y Yago no admitía barreras—.

Yago sacó las llaves —las llaves maestras que Don Jairo guardaba en la oficina de la finca, las llaves que abrían las puertas de los apartamentos de los músicos y los periodistas y los empleados que Don Jairo necesitaba abrir cuando los inquilinos no estaban, las llaves que eran el símbolo del control —el control que Don Jairo ejercía no con la pistola sino con la copia, con el acceso, con la capacidad de entrar donde otros creían estar solos—.

La llave entró. Giró. La puerta se abrió con un chasquido —el chasquido de la cerradura que cede, el chasquido que Yago conocía como conocía el sonido de la Browning cuando cargaba la recámara, como conocía el sonido de los camiones cuando arrancaban de madrugada, como conocía el sonido de la verdad cuando alguien la decía en voz alta—.

Yago entró.

El apartamento de Darío olía a hombre que no ha dormido —el olor del café frío en la taza, el olor del cigarrillo apagado en el cenicero, el olor del papel y la tinta y el sudor y la urgencia de la noche anterior—.

La mesa del comedor estaba cubierta de papeles —apuntes, recortes de periódico, fotos en blanco y negro, una libreta con la cubierta arrancada—.

Y al lado de los papeles, la Sony TC-D5M —la grabadora portátil con los cables de audio todavía conectados y las cintas vacías en la mesa y la luz de batería que indicaba que la máquina había sido usada hacía menos de doce horas—.

Yago tocó la Sony —la tocó con la mano derecha, con los dedos que conocían el metal como conocían el gatillo—.

La grabadora estaba tibia —tibia como un motor que se ha apagado hace horas pero que todavía guarda el calor, como una cocina donde alguien ha cocinado y se ha ido y los olores quedan pero el fuego ya no está—.

Yago revisó las cintas —tres TDK C-60 vacías, sin etiqueta, sin grabación—.

Las cintas que Darío usó para copiar. Pero las copias no estaban aquí.

Las copias estaban donde Darío las llevó: una en el avión de Salcedo —Yago no sabía esto, Yago no podía saberlo— y otra en WIPR —Yago lo sospechaba, Yago lo deducía, Yago lo calculaba con la lógica del ojo que ha vigilado足够 largo para saber que cuando la cinta no está en el apartamento del periodista, la cinta está en su destino—.

Yago abrió los cajones. Ropas —camisetas, pantalones cortos, calcetines que no hacían juego—.

En el segundo cajón, documentos —el pasaporte de Darío, la licencia de conducir, una tarjeta de la asociación de periodistas, una foto de Darío con otro hombre en lo que parecía un bar—.

En el tercer cajón, nada —nada excepto el polvo y el olor a madera vieja y la sensación de que alguien había sacado algo de aquí recientemente, porque el polvo estaba revuelto y la alineación de los objetos no era la alineación natural de las cosas que se guardan sino la alineación de las cosas que se sacan con prisa—.

Yago cerró los cajones. Fue a la cocina —la cocina pequeña del 3B, la cocina donde Darío hacía café de colar y donde el filtro seguía goteando sobre la estufa y donde una taza con los posos del café de la mañana esperaba en el escurridor—.

Nada en la cocina —nada excepto el café y los posos y el filtro y el olor a café que Yago no bebía porque Yago no bebía café, Yago bebía agua, agua fría, sin hielo, como bebía el agua el hombre que no quería que nada alterara la temperatura de su sangre—.

Yago fue al baño. La ventana estaba abierta —la ventana del baño que daba al callejón posterior, la ventana que Darío podría haber usado como salida de emergencia si alguien llamaba a la puerta—.

Yago miró por la ventana. El callejón estaba vacío —basura, gatos, un carro abandonado sin ruedas—.

Pero la ventana abierta significaba algo: significaba que Darío había salido por la puerta principal —no por la ventana de escape— porque Darío no esperaba a nadie esta mañana.

Darío había salido para entregar la cinta, no para esconderse.

Yago volvió al comedor. Se paró en el centro del apartamento —parado como se para un detective, con los pies separados y las manos en la cintura y los ojos que escaneaban el cuarto como un radar que gira 360 grados—.

Y entonces Yago vio algo que no había notado antes: un papel en el suelo —junto a la mesa, debajo de la silla, donde había caído cuando alguien lo sacó del cajón con prisa y se le resbaló de los dedos—.

Yago se agachó. Recogió el papel.

Era un recorte de periódico —un recorte de El Mundo, marzo de 1985, la columna de sociedad: El empresario Jairo Heredia Ortega anunció esta semana la expansión de sus operaciones de importación…

Yago leyó el recorte. Y no encontró nada —nada excepto la noticia de la expansión de Don Jairo, la noticia que Don Jairo quería que el periódico publicara, la noticia que era la cara pública del imperio que la cara privada escondía—.

Pero el recorte significaba algo. El recorte significaba que Darío estaba documentando —que Darío no era solo un periodista que había grabado una canción sino un periodista que estaba construyendo una historia, un expediente, un caso—.

Y si Darío estaba construyendo un caso, Darío no era un mensajero —era un testigo.

Y los testigos eran más peligrosos que los mensajeros, porque los mensajeros entregan y se van pero los testigos entregan y se quedan y escriben y publican y lo que publican no se puede despublicar—.

Yago guardó el recorte en el bolsillo. Y tomó una decisión —la decisión que había estado tomando desde que salió de la finca esta mañana, la decisión que Yago tomaba cada vez que la información se dividía y los caminos se multiplicaban y Yago tenía que elegir qué camino seguir: ir a WIPR o ir a Bayamón—.

WIPR. La cinta. La radio. Las tres de la tarde.

Yago salió del apartamento. Cerró la puerta —la cerró con la llave maestra, dejándola exactamente como la encontró, porque el ojo que entra sin permiso también sale sin dejar huella—.

Bajó las escaleras. Subió al sedán azul oscuro —el sedán que Don Jairo le asignó, el sedán con la radio sintonizada en WIPR porque Yago escuchaba WIPR los domingos, no por gusto sino por trabajo, porque WIPR era la estación donde los programas culturales hablaban de cosas que los ojos debían escuchar—.

Yago arrancó el motor. Y condujo hacia Puerta de Tierra —hacia WIPR, hacia la cinta, hacia las tres de la tarde—.

Pero mientras conducía, Yago pensaba. Y lo que pensaba era algo que no había pensado antes —algo que la puerta abierta de la finca y las huellas de Mercedes y el hueco vacío detrás del retrato y el papel de estraza en la cocina y la cinta que no estaba en el apartamento de Darío le estaban diciendo en un idioma que Yago entendía pero que no quería traducir—:

La hemorragia no se detiene.

Yago había detenido hemorragias antes —había detenido la de Aurelio en 1971, la de Kike en 1983, la de los siete compositores que intentaron canciones antes que Mateo—.

Pero esta hemorragia era diferente. Esta hemorragia no tenía una sola herida —tenía tres: el cuaderno, la cinta, la canción.

Y las tres sangraban al mismo tiempo. Y las tres sangraban en direcciones diferentes: el cuaderno hacia Bayamón, la cinta hacia WIPR, la canción hacia las tres de la tarde.

Y Yago no podía estar en tres lugares al mismo tiempo —nadie podía, ni siquiera el ojo principal, ni siquiera el brazo derecho, ni siquiera el hombre que había mantenido el silencio durante veintidós años con la Browning y la llave maestra y la capacidad de entrar donde otros creían estar solos—.