CAPÍTULO 14 #5
Yago condujo en silencio —el silencio del sedán, el silencio de la calle, el silencio del hombre que calcula distancias y tiempos y probabilidades—.
WIPR estaba a quince minutos. Quince minutos para llegar.
Y después —después— Yago tendría que decidir: entrar y confiscar la cinta, o esperar y vigilar y dejar que la cinta saliera al aire y que la canción se convirtiera en lo que la canción ya era: inevitable.
Pero Don Jairo no quería la inevitabilidad.
Don Jairo quería el control. Y el control requería que la cinta no sonara.
Y si la cinta no sonaba, la canción no era aire.
Y si la canción no era aire, la canción era cinta —y la cinta se podía romper, se podía quemar, se podía enterrar en el mismo hoyo donde Don Jairo había enterrado las otras siete—.
Yago estacionó frente a WIPR a las doce y veinticuatro —estacionó en la acera opuesta, junto a un edificio de oficinas cerrado, donde el sedán azul oscuro se confundía con los otros carros estacionados de domingo y donde Yago podía ver la entrada de la estación sin ser visto—.
Yago apagó el motor. Y esperó.
Yago esperaba como esperaba siempre —con la paciencia del depredador, con la quietud del que sabe que la presa está adentro y que la presa tiene que salir—.
Pero esta vez la presa no era una persona —la presa era una cinta, y la cinta no salía, la cinta se quedaba adentro, en la mesa de mezclas, esperando las tres de la tarde para convertirse en lo que las cintas se convertían cuando alguien presionaba PLAY y la cabeza lectora convertía la magnetización en sonido y el sonido en frecuencia y la frecuencia en aire—.
Yago miró el reloj —las doce y veinticuatro—. Quedaban dos horas y treinta y seis minutos.
Dos horas y treinta y seis minutos para decidir: entrar o esperar. Confiscar o dejar salir. Obedecer a Don Jairo o… ¿o qué?
Yago no tenía un «o qué». Yago nunca había tenido un «o qué».
Yago tenía órdenes —órdenes claras, órdenes específicas, órdenes que venían de Don Jairo y que Yago ejecutaba con la precisión de una máquina—.
Pero ahora las órdenes se contradecían: Don Jairo quería que Yago encontrara el cuaderno —en Bayamón— y que Yago asegurara que la cinta no sonara —en Puerta de Tierra—.
Y Bayamón y Puerta de Tierra estaban a treinta minutos de distancia y Yago no podía estar en los dos sitios al mismo tiempo y el reloj no se detenía y las tres de la tarde se acercaban como se acercaba la marea —lentamente, imparable, con el peso del océano detrás—.
Yago sacó la Browning de la cintura. La sostuvo en la mano —la mano derecha, la mano que conocía el peso del arma como conocía el peso del silence—.
Yago no iba a usar la Browning. Yago no usaba la Browning en público —la Browning era para la finca, para los camiones, para las noches, para los que no cooperaban—.
Pero la Browning en la mano era una declaración —la declaración de que Yago estaba listo, de que Yago no se iba a sorprender, de que Yago era lo que Yago había sido siempre: el ojo, el brazo, la cerradura que Don Jairo ponía en las puertas que quería mantener cerradas—.
Yago guardó la Browning. Miró la entrada de WIPR —la puerta de cristal, el letrero azul, la antena en el techo—.
Y pensó en algo que no había pensado antes: en la mujer que estaba en la finca, en el cuarto del tercer piso, con la puerta cerrada y la orden de Don Jairo de que nadie hablara con ella y nadie entrara y nadie saliera.
Aitana.
Yago no pensaba en Aitana —Yago no pensaba en Aitana porque Yago no pensaba en las mujeres de la finca como personas, Yago pensaba en las mujeres de la finca como inventario, como los muebles y los camiones y los cuadernos—.
Pero esta mañana, cuando Don Jairo preguntó por Aitana —la primera vez en veintidós años que Don Jairo preguntaba por Aitana— algo cambió en la frecuencia de la orden.
Don Jairo no preguntó ¿Dónde está Aitana?
Don Jairo preguntó ¿Está Aitana ahí? Y la diferencia entre dónde y está ahí era la diferencia entre la posesión y el miedo —la posesión pregunta dónde está lo que le pertenece, el miedo pregunta si está ahí lo que puede escapar—.
Yago sacó un cigarrillo —no para fumarlo sino para tener algo en las manos, para sentir algo entre los dedos que no fuera la Browning ni el volante ni la incertidumbre—.
Y lo encendió. Y el humo subió —subió como subía el humo del ocotillo en la cocina de la finca, como subían las palabras de Lola en los versos de carbón, como subía la canción que a las tres de la tarde saldría de la antena que Yago estaba mirando—.
Yago esperó.
Y el reloj siguió girando.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 12:31 p.m
Farmacia Vega — Bayamón
Mercedes comía —comía como comen los que no han comido en veinticuatro horas, con la urgencia del cuerpo que reclama lo que le quitaron: pan, queso blanco, café con leche, y un plato de arroz con habichuelas que Doña Iris preparó en el hornillo de la farmacia porque Mercedes necesitaba algo caliente, algo que entrara por la boca y calentara el estómago y le dijera al cuerpo que estaba a salvo, que la finca quedaba atrás, que el cuaderno estaba guardado—.
El almacén de la farmacia era un cuarto de cuatro por seis detrás del mostrador —un cuarto con estanterías de metal llenas de cajas de medicamentos y frascos de vitaminas y botellas de alcohol y yodo y ungüentos y todo lo que una farmacia de Bayamón necesitaba para curar los males de un pueblo que se curaba con farmacia cuando no se curaba con santos—.
El olor era medicinal —alcohol, yodo, algo químico, algo que desinfectaba, algo que limpiaba las heridas como Mercedes quería que la verdad limpiara las heridas de la finca—.
Doña Iris estaba sentada en una silla de metal frente a Mercedes —la silla donde se sentaban los representantes de laboratorios que venían a vender pastillas, la silla que ahora ocupaba la mujer que había sacado el cuaderno azul de detrás del retrato de la abuela Heredia y que lo había cargado por un campo de noche y que ahora comía arroz con habichuelas en un almacén de farmacia como quien come después de una guerra—.
—¿Y la marca? —preguntó Doña Iris.
Mercedes dejó el tenedor —el tenedor de plástico blanco que Doña Iris había sacado del cajón de los cubiertos desechables—. Y miró a Doña Iris con los ojos de quien va a decir algo que pesa más que cualquier comida.
—La marca es ocotillo, Iris. Ocotillo y ceniza.
Don Jairo la puso en el hombro de Aitana cuando tenía doce años.
Le quemó la piel con la rama caliente y después le restregó la ceniza.
La cicatriz es permanente —no se borra—.
Pero la cicatriz no es lo que Don Jairo dice que es.
Don Jairo dice que es la marca del clan —la marca Caló, la marca de pertenencia—.
Pero la marca no es Caló. La marca es de Don Jairo.
Es la firma. Es la firma del hombre que marca lo que cree que es suyo como el ganadero marca al ganado.
Doña Iris cerró los ojos —cerró los ojos como cerraba los ojos cuando un cliente le traía una receta que no quería leer, como cerraba los ojos cuando la noticia era más de lo que la mente podía procesar en un solo golpe—.
—¿Aitana es Caló? —preguntó Doña Iris.
—Aitana es Martínez Vega. Hija de Esteban Reyes Vega y Lola Martínez Vega.
Nieta de la verdad. No tiene sangre Caló, Iris.
Don Jairo la reclamó como Caló cuando le puso la marca.
Pero la marca es mentira. La marca es la mentira que Don Jairo escribió en la piel de una niña de doce años para que el mundo creyera que le pertenecía.
Doña Iris abrió los ojos. Y los ojos —los ojos marrones que habían medido miligramos y contado pastillas y leído etiquetas durante treinta años— ahora medían algo más grande que los miligramos: medían la magnitud de la mentira, la profundidad del silencio, el peso de los veintidós años que el cuaderno azul documentaba en números y nombres y rutas—.
—El cuaderno —dijo Doña Iris—. ¿Tiene todo?
—Todo —dijo Mercedes—. Desde 1963. Cada camión.
Cada mujer. Cada ruta. Cada muelle. Cádiz, Lisboa, Marsella.
Los nombres que se cambiaban en el barco y los nombres que no se cambiaban nunca porque se perdían —se perdían como se pierden las lágrimas en el mar, sin rastro, sin registro, sin tumba—.
Todo está ahí, Iris. Cada página es una vida. Y cada vida es una prueba.
Doña Iris se levantó de la silla. Fue a la estantería —a la estantería donde guardaba los medicamentos controlados, los que necesitaban receta y los que Doña Iris guardaba detrás de llave—.
Pero no sacó un medicamento. Sacó una carpeta —una carpeta de cartón marrón que Doña Iris había preparado anoche después de hablar con Lorena, una carpeta donde Doña Iris había copiado a mano los datos que Lorena le dictó por teléfono: el nombre del agente del FBI, el número de la denuncia, la hora de la llamada, y la instrucción: Si alguien pregunta, es una denuncia de retención ilegal.
Si alguien amenaza, llama al número que te di. Si alguien viene, no abras la puerta—
—Mercedes —dijo Doña Iris—. Tienes que declarar. Formalmente. Al FBI.
—Lo sé.
—El agente se llama Víctor Salazar. Cuarenta años. Transferido de Miami. Lorena dice que no es de los de Don Jairo —lleva dieciocho meses, no ha tenido tiempo de corromperse—.
—¿Y si llega antes de que Don Jairo lo encuentre?
—Esa es la pregunta —dijo Doña Iris—. Esa es la pregunta que todos nos hacemos.
Mercedes se terminó el café —el último trago, el trago amargo que limpiaba el paladar y preparaba la boca para las palabras amargas que tenía que decir—.
Y entonces Mercedes habló —habló como hablan las mujeres que han callado quince años, como hablan los ríos cuando la represa se abre, como habla la verdad cuando la verdad encuentra la boca que la va a decir—.