GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Lola. Lola le había dado la dirección —Si alguna vez tienes que salir, ve a la tintorería coreana de Ashford.

El dueño es Park. Park no pregunta. Park alquila el cuarto de atrás.

No es bonito pero es seguro. Y lo seguro es más importante que lo bonito, Florina.

Lo bonito se puede encontrar después. Lo seguro no.

—. Y Florina había ido —había ido la noche que las contracciones empezaron a las treinta semanas y la mujer del embarazo de doncella parió en la cocina de la finca y Florina la ayudó a parir y el bebé nació muerto y la mujer lloró como lloran las mujeres que pierden lo que nunca tuvieron y Florina supo —supo como sabía siempre, con el saber de las manos que reciben vidas y que a veces no pueden retenerlas— que tenía que salir.

Y salió. Con el acta y los registros y la dirección de Lola y el olor de la sangre del parto todavía en las manos y el grito de la mujer todavía en los oídos—.

Ahora Florina estaba en el cuarto de atrás —el cuarto de metro y medio de pasillo de la tintorería coreana, el cuarto donde había vivido trece años esperando el día que Lola le prometió—. Y el día había llegado.

Florina marcó el número —el número que le había dado Mercedes hace tres semanas, cuando Mercedes llamó desde la finca con la voz de quien habla desde un pozo: Si algo pasa, llama a este número. Pregunta por Lorena. Dile que Florina tiene el acta. Ella sabrá qué hacer.—.

El teléfono sonó una vez. Dos. Tres.

—¿Aló? —la voz de mujer joven, la voz de alguien que contesta el teléfono como quien espera que suene —no con la sorpresa de quien no espera nada sino con la anticipación de quien sabe que algo está por llegar—.

—Lorena —dijo Florina—. Soy Florina. La partera.

Silencio —el silencio de la línea, el silencio de la distancia entre Condado y dondequiera que Lorena estuviera, el silencio de dos mujeres que no se conocían pero que compartían algo más grande que el conocimiento: la verdad—.

—Florina —dijo Lorena—. Mercedes me dijo que llamarías.

—Mercedes está fuera.

—Lo sé. En Bayamón. Con Doña Iris.

—Bien. Entonces sabes que la primera pieza ya se movió.

—La primera pieza y la segunda. El FBI tiene la denuncia. Yago sabe que Mercedes se fue. Don Jairo sabe que el cuaderno no está.

Florina asintió —asintió aunque Lorena no podía verla, porque el asentimiento era para sí misma, para la mujer que esperó trece años en un cuarto de metro y medio detrás de una tintorería coreana—.

—Yo tengo el acta —dijo Florina—. La original. Y los registros. 1960 a 1972. Todo lo que Lola me dio.

—¿El acta de nacimiento de Aitana?

—La original. La que Esteban registró en 1960 antes de que Don Jairo la reemplazara con la otra —la falsa, la que dice que Aitana es Caló, la que Don Jairo hizo en 1973 cuando Aitana tenía doce años y él le puso la marca—.

—¿Dónde está?

—Conmigo. En Condado. Detrás de la tintorería coreana de Ashford. Trece años aquí, Lorena. Trece años esperando esto.

—¿Por qué ahora, Florina?

La pregunta flotó en la línea —flotó como flotan las preguntas que pesan más que las respuestas, como flotan las hojas en el agua quieta del estanque—.

—Porque la canción sale hoy —dijo Florina—. Y yo no quiero que la canción salga sola.

Otro silencio. Pero este silencio era diferente —era el silencio de la mujer que entiende que la partera no solo ha guardado un acta sino que ha guardado la historia de treinta años, y que la historia de treinta años es más que un papel, es más que un registro, es la semilla que puede crecer o morir dependiendo de quién la riegue—.

—¿Puedes venir a Bayamón? —preguntó Lorena—. A la farmacia de Doña Iris. Allí estamos. Mercedes, Doña Iris, y ahora tú. Tres testigos. Tres mujeres. Tres pruebas.

—Puedo venir. Pero no por la carretera principal. Tengo que ir por dentro —por Santurce, por Hato Rey, por la 2—. No quiero que me vean.

—Nadie te busca, Florina. Don Jairo no sabe que existes.

—Don Jairo no sabía que Mercedes existía tampoco —hasta esta mañana—. No subestimo a un hombre que ha mantenido un secreto veintidós años. Si Mercedes pudo salir, él buscará cómo. Y si busca, encontrará. Y si encuentra…

—No te va a encontrar —dijo Lorena con la firmeza de la mujer que ha documentado dos años y que sabe dónde está cada pieza y quién tiene cada prueba—.

La canción sale a las tres, Florina. Y cuando la canción salga, Don Jairo tendrá algo más grande que una partera escondida preocupándole.

Don Jairo tendrá una canción en el aire. Y el aire no tiene dueño.

Florina respiró —respiró como respiran las parteras cuando el parto entra en la fase final, la fase donde no hay vuelta atrás, la fase donde el bebé sale o no sale y la madre vive o no vive y la vida se decide en minutos—.

—Estaré en Bayamón a la una —dijo Florina.

—Te espero.

Florina colgó. Y se quedó mirando el teléfono —el teléfono negro de disco que había estado en el cuarto desde el día que Park lo instaló hace ocho años, el teléfono que Florina usaba una vez al mes para llamar a la finca y verificar que Mercedes seguía viva—.

Florina abrió el cajón del tocador —el cajón donde guardaba el acta y los registros.

El acta era un papel amarillento —papel de registro civil, 1960, con el sello del municipio de Loíza y la firma del registrador y el nombre: Aitana Martínez Vega.

Hija de Esteban Reyes Vega y Lola Martínez Vega.

Fecha de nacimiento: 14 de marzo de 1960.

Y al lado, en la columna de observaciones, una línea en blanco —ninguna observación, ninguna marca, ninguna mentira—.

El acta era limpia —tan limpia como la verdad que contenía, tan limpia como el nombre real de Aitana antes de que Don Jairo lo reescribiera—.

Los registros eran catorce hojas —catorce hojas de papel rayado escritas por Lola entre 1960 y 1972, las catorce hojas que documentaban cada nacimiento, cada muerte, cada marca, cada nombre, cada ruta, cada camión, cada mujer que cruzó la cocina de la finca y que Lola registró con la precisión de quien sabe que el registro es la única diferencia entre la historia y el olvido—.

Florina enrolló el acta y los registros dentro del tubo de papel higiénico —el mismo tubo que había usado hace trece años, el mismo método de Lola, el mismo camuflaje—. Y se preparó para salir.

Trece años esperando. Y ahora —ahora— la espera se acababa.

Florina se miró en el espejo oxidado del tocador —la cara de cincuenta y dos años, la cara de la mujer que había recibido a cientos de niños y que había guardado un acta durante trece años y que ahora salía del escondite como sale el sol de detrás de la nube —no de golpe sino poco a poco, primero un rayo, luego otro, luego la luz entera—.

Las palabras son de aire, y van al aire. Florina no tenía palabras —Florina tenía actas. Y las actas iban a Bayamón. Y en Bayamón, las actas se encontrarían con el cuaderno. Y el cuaderno se encontraría con la canción. Y la canción con el FBI. Y todo —todo— se encontraría con la verdad.

Florina salió del cuarto. Cruzó el pasillo de los carros de ropa. Pasó por la tintorería —Park estaba detrás del mostrador, como siempre, con la plancha en la mano y la camisa de un gringo en la tabla y los ojos que no miraban a nadie porque Park no miraba a nadie, Park planchaba—.

—Park —dijo Florina—. Voy a salir.

—Sí —dijo Park—. Vuelve.

No más. Park no preguntaba. Park no preguntaba porque Park había aprendido hace trece años —cuando Florina llegó con la dirección de Lola y el acta debajo de la blusa— que las preguntas no eran bienvenidas en la tintorería coreana de Ashford.

Y Park no hacía preguntas porque Park también tenía su historia —una historia de Busán a Condado, una historia de barcos y papeles y una lengua que no era la suya y una isla que no era la suya y un cuarto atrás que alquilaba sin preguntar porque preguntar era peligroso y no preguntar era supervivencia—.

Florina salió a la calle. El sol del mediodía cayó sobre ella como una mano caliente —la mano del Caribe, la mano que acaricia y que quema, la mano que da la vida y que cobra la vida, la mano que había estado sobre Puerto Rico desde antes de que Puerto Rico se llamara Puerto Rico—.

Florina caminó hacia la parada de guagua —la parada en la esquina de Ashford y Taft, la parada donde la B21 pasaba cada doce minutos y la llevaba a Hato Rey y de Hato Rey a Bayamón—.

La partera iba a encontrarse con la cocinera.

Y la cocinera iba a encontrarse con la farmacéutica.

Y las tres —las tres que Lola había dejado como legado, como las tres patas del banco de la verdad— se iban a sentar en el almacén de una farmacia en Bayamón con el cuaderno azul y el acta amarilla y los registros de catorce hojas y la certeza de que lo que Lola empezó en la cocina de la finca lo iban a terminar en el almacén de la farmacia, con la canción sonando en la radio y el FBI en el teléfono y Don Jairo sintiendo la grieta que no podía cerrar—.

Florina subió a la guagua. Pagó los quince centavos. Se sentó en el asiento de atrás —el asiento junto a la ventanilla, donde podía ver la calle y donde nadie podía verla—.

La guagua arrancó. Y Florina pensó en Lola —en Lola que murió en 1975, en Lola que vivió quince años en la cocina de la finca escribiendo versos en carbón de leña sobre papel de estraza, en Lola que le dio el acta a Florina la noche que la mujer del embarazo de doncella perdió al bebé, en Lola que le dijo La canción es la carta.

La carta es la llave. La llave abre la puerta.

Y la puerta es la salida. Y Florina, que había guardado esas palabras como guardaba el acta —envueltas en papel higiénico, escondidas en el cajón, esperando el día— ahora las soltaba.

Las soltaba al aire. Y el aire las llevaba.

Las palabras son de aire, y van al aire.