CAPÍTULO 14
La Hora de las Copias
Hotel Caribe Hilton — San Juan
Rubén Salcedo no había dormido —pero Salcedo no dormía antes de un vuelo, nunca había dormido antes de un vuelo, y después de cuarenta años de aviones y aeropuertos y salas de espera y turbulencias y despegues en la madrugada y aterrizajes en la noche, la falta de sueño era un estado permanente, como la calvicie o las arrugas o la certeza de que la música que amas es la música que te salvará—.
Lo que le quitó el sueño esta noche no fue el avión sino la cinta.
Salcedo se miró en el espejo del baño del Hilton —el espejo con el marco dorado y las manchas de humedad en las esquinas y la luz amarilla que hacía que todo el mundo pareciera enfermo pero que a Salcedo no le importaba porque Salcedo no se miraba en el espejo para verse sino para verificar que seguía ahí—.
La cara que lo miraba era la cara de un hombre de sesenta y dos años que había cruzado el Caribe tocando trombón y que había enseñado a tres generaciones de trombonistas y que había visto morir a Esteban y a Héctor y a Aurelio y a otros cuyo nombre ya no recordaba pero cuyo sonido sí —porque el sonido se queda, el sonido es la huella digital del alma, y los trombonistas que Salcedo había enseñado dejaban un sonido que no se parecía al de nadie más—.
Salcedo se puso la chaqueta —linamento beige, la que usaba para volar, la que tenía el bolsillo interior donde guardaba el pasaporte y el boleto y la lista de los números que debía llamar al llegar a Nueva York—.
Cogió el maletín. El maletín pesaba —no por la cinta sino por lo que la cinta representaba: treinta años de sueño, la canción que Salcedo siempre quiso escuchar y que nunca pudo componer porque la canción no era de Salcedo, era de la sangre, era de Esteban y de Héctor y de Mateo, era del King 3B y del aire y de la isla—.
Antes de salir, Salcedo marcó un número —el número de Mateo, el número que había llamado tres veces ayer y dos veces hoy y que ahora marcaba por última vez antes de que el avión lo llevara a treinta mil pies sobre el Caribe—.
Dos timbrazos.
—Mateo.
—Salcedo. ¿Ya va?
—El taxi está abajo. Vuelo a las once. JFK.
—¿Todo bien?
—Todo bien. —Salcedo hizo una pausa—. La primera parte de la canción sale de la isla, muchacho. Nada de lo que pase después puede quemar esta copia. Nueva York no es Loíza. En Nueva York hay sellos y notarios y periódicos que no leen los ojos de Don Jairo.
—Lo sé.
—Lo que grabaste anoche es lo que yo soñé hace treinta años —la voz de Salcedo cambió, se volvió más grave, más densa, como la madera de caoba cuando la cortas y descubres que dentro hay un color que no esperabas—. Una canción que no se puede callar. Cuídate, muchacho.
—Me cuido, maestro.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
Salcedo colgó. Y se quedó mirando el teléfono —el teléfono de la mesa de noche del Hilton, el teléfono beige con el cable enroscado y las teclas redondas que brillaban con la luz de la habitación—.
Y pensó en Esteban. Pensó en Esteban como lo pensaba cada mañana —no con tristeza sino con la certeza de quien sabe que el muerto no se fue sino que se transformó, que la sangre de Esteban seguía corriendo por las venas de Mateo y que el King 3B seguía cantando y que la canción que Esteban no pudo terminar estaba terminada y que la cinta que Salcedo llevaba en el maletín era la prueba de que la muerte no era el final sino el comienzo—.
Salcedo salió del cuarto. Bajó al lobby —el lobby del Hilton con las plantas tropicales y las campanas de bronce y el olor a aire acondicionado y a café de la cafetería y a carpetas limpias y a dinero, porque el Hilton olía a dinero, el dinero de los turistas y los ejecutivos y los políticos que se sentaban en las sillas de rattán y pedían ron y hablaban de negocios como si la isla fuera un negocio—.
Salcedo no era de los que se sentaban en el Hilton —Salcedo era de los que tocaban en los clubes y dormían en los cuartos de alquiler y comían en los kioskos de Luquillo— pero esta vez el maletín exigía el Hilton, porque el maletín necesitaba una caja fuerte y la caja fuerte necesitaba un hotel y el hotel necesitaba una tarjeta de crédito y Salcedo tenía una tarjeta de crédito que le había dado la universidad hace quince años y que todavía funcionaba—.
El taxi esperaba en la entrada —un taxi amarillo con el letrero del aeropuerto en el techo y un conductor que hablaba por radio con la central y que no miró a Salcedo cuando subió sino que arrancó inmediatamente, como si el tiempo fuera la única moneda que importaba—.
San Juan pasó por la ventanilla —la avenida Ashford con los edificios de apartamentos y los restaurantes cerrados y las palmeras que se movían con el viento del este, luego la laguna del Condado con el agua verde y los yates amarrados y los pelícanos que se zambullían como flechas, luego lavenida Baldorioty de Castro con los talleres de mecánica y las tiendas de ropa y las iglesias pentecostales con sus letreros de neón que decían JESÚS SALVA y CRISTO VIENE y que parecían, en la mañana de domingo, más urgentes que nunca—.
Y después el aeropuerto —Isla Verde, el Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín, el edificio de hormigón y cristal que había sido construido cuando Puerto Rico creía que el futuro era el turismo y que ahora servía como servía todo en la isla: para entrar y para salir, para llegar y para irse—.
Salcedo pagó el taxi. Entró al terminal.
Mostró el boleto —vuelo 607 de American Airlines, San Juan a JFK, clase económica, asiento 14A, ventanilla—.
El empleado de la aerolínea miró el boleto.
Miró a Salcedo. No preguntó —nadie preguntaba en los aeropuertos de 1985, los aeropuertos de 1985 eran lugares donde la gente pasaba sin que nadie preguntara nada, donde las maletas entraban sin rayos X y los maletines se guardaban sin inspección y los pasajeros abordaban como entraban al cine: con el boleto y la voluntad de sentarse y esperar—.
Salcedo abordó. El avión era un 727 —trimotor, el avión que American usaba para la ruta San Juan–Nueva York, el avión que volaba tres horas y media sobre el Caribe y la costa este y que aterrizaba en JFK con el sol de la tarde en la cara y el ruido de la ciudad en los oídos—.
Salcedo se sentó en 14A. Puso el maletín bajo el asiento —no en el compartimento superior, nunca en el compartimento superior, porque los maletines en el compartimento superior se podían perder y las cintas perdidas no se recuperaban—.
El avión rodó hacia la pista. El avión esperó —los cinco minutos de espera que siempre había, los cinco minutos donde los motores rugían y el avión temblaba y los pasajeros miraban por la ventanilla y pensaban en lo que dejaban y en lo que encontraban—.
Salcedo miró por la ventanilla. Vio la isla —la isla verde, la isla de mangos y plátanos y salsa y trombones y cocinas donde se cocinaba justicia con ceniza de ocotillo y versos de carbón—.
La isla se veía pequeña desde la pista —más pequeña que desde el aire, más pequeña que desde la memoria—.
Pero la isla no era pequeña. La isla era enorme —enorme como lo es el continente que cabe en una canción, enorme como lo es el dolor que cabe en un verso, enorme como lo es la verdad que cabe en una cinta TDK C-60—.
El avión aceleró. Despegó. Y Salcedo, en 14A, con el maletín bajo el asiento y la cinta dentro del maletín y la primera mitad de la canción dentro de la cinta, miró la isla que se hacía pequeña —que se hacía verde, que se hacía sal, que se hacía memoria— y pensó: Sale la primera parte.
La segunda sale a las tres. Y cuando las dos se junten, cuando el Bloque 1 suene en Nueva York y el Bloque 2 suene en Puerto Rico, la canción será entera.
Y la canción entera no se puede callar. Y lo que no se puede callar es libre.
El avión subió. El Caribe brillaba abajo —un millón de kilómetros cuadrados de agua azul y verde y turquesa y todo lo que está entre el azul y el verde, el color que no tiene nombre pero que el oído reconoce cuando el trombón lo toca—.
Salcedo cerró los ojos. Y en la oscuridad, la canción sonó —no la cinta sino la memoria, la memoria de la grabación de anoche, la memoria de Mateo tocando el leitmotiv y los celos del viento y las palabras de aire y la carta-testamento, la memoria de la canción que ahora cruzaba el Caribe a seiscientos kilómetros por hora dentro de un maletín de cuero negro debajo del asiento 14A de un vuelo de American Airlines—.
Las palabras son de aire, y van al aire.
Las palabras salían de la isla. Las palabras iban al aire. El aire las llevaba —las llevaba a treinta mil pies, las llevaba a Nueva York, las llevaba al futuro—.
Y Salcedo durmió —por primera vez en veinticuatro horas, con la cinta bajo los pies y la isla atrás y la canción en la memoria—. Y el avión siguió volando.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 10:07 a.m
WIPR — Puerta de Tierra, San Juan
La estación de radio WIPR estaba en un edificio de hormigón de dos pisos en la avenida Muñoz Rivera —un edificio que no se distinguía de los otros edificios de Puerta de Tierra excepto por la antena en el techo y el letrero azul que decía WIPR 940 AM y la ventana del segundo piso donde Toño Fuentes se sentaba los domingos a preparar el programa cultural que nadie escuchaba pero que todo mundo respetaba—.
El edificio olía a café y a papel y a cable viejo —el olor de las estaciones de radio, el olor de la electricidad y la voz y la frecuencia que sale de la antena y cruza la isla a la velocidad de la luz y entra por las ventanas y las puertas y los oídos de quien quiera escuchar—.