GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 13 #7
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CAPÍTULO 13 #7

Mateo entró al apartamento con la sal todavía en los labios y el sonido del mar todavía en los oídos y el King 3B en el estuche —el estuche que pesaba menos que antes, porque la canción que estaba dentro ya no estaba dentro, estaba afuera, en el aire, en la sal, en la frecuencia—.

Los documentos seguían en la mesita —los seis documentos, las seis pruebas, los seis eslabones de la cadena que conectaba 1963 con 1985—. Y al lado, la nota de Lorena: La llave ya está girando. No eres solo. — L.

Mateo se sentó en la cama. Miró el reloj —las nueve y veintidós—. Quedaban cinco horas y treinta y ocho minutos.

Cinco horas y treinta y ocho minutos para que la canción dejara de ser cinta y se convirtiera en onda.

Cinco horas y treinta y ocho minutos para que las palabras de Lola, los versos de carbón de leña en papel de estraza, salieran de la cocina de la finca y entraran en las cocinas de Puerto Rico —todas las cocinas, las de Bayamón y las de Ponce y las de Mayagüez y las de Vieques y las de Culebra y las de cada casa donde una radio sintonizada en WIPR esperara las tres de la tarde como quien espera una visita que no sabe que viene pero que siente, que intuye, que necesita—.

Mateo pensó en Aitana —en Aitana en la finca, en el cuarto del tercer piso, con la ventana al mar y la marca en el hombro y los once años de silencio—.

Y pensó en algo que Eligio le había dicho hace semanas —algo que ahora resonaba con la claridad de quien por fin entiende lo que siempre supo—: La canción es la llave, muchacho.

Pero la llave no abre la puerta sola. La llave necesita la mano.

Y la mano es la de ella. Aitana es la que va a girar la llave. No tú.

Mateo no podía girar la llave por Aitana.

Mateo podía hacer la llave —y la había hecho, la había forjado en metal y en cinta y en versos y en grabación— pero la mano que giraba la llave era la de Aitana.

Y Aitana giraría la llave cuando Aitana estuviera lista.

Y Aitana estaría lista cuando la canción sonara y la canción le dijera lo que Mateo no podía decirle en persona —porque lo que la música dice no se puede decir con palabras, porque la música dice lo que las palabras no alcanzan, porque la música es el idioma del cordón umbilical y el cordón umbilical no necesita vocabulario—.

Mateo se levantó. Fue a la cocina —la cocina pequeña de su apartamento, la cocina donde doña Lydia dejaba café de colar los martes y donde Mateo ahora se preparó un café solo, negro, sin azúcar, como el café que Fermín debía estar tomando en Vieques y el que Mercedes debía estar tomando en Bayamón y el que Don Jairo debía estar tomando en Condado, porque el café era el único ritual que compartían todos los puertorriqueños —los libres y los presos, los poderosos y los invisibles, los que tenían marca y los que no—.

Mateo bebió el café. Y miró por la ventana —la ventana que daba a la calle de Santurce, la calle donde los carros pasaban y los perros ladraban y los niños gritaban y la vida seguía como seguía todos los domingos, sin saber que a las tres de la tarde un trombón iba a salir de una radio y decir lo que quince años de cocina y veintidós años de cuaderno y once años de marca y siete canciones destruidas no habían podido decir—.

Mateo pensó en la estrofa que había tocado en la playa —la carta-testamento, la que decía Por si un día me muero / Y tú lees este papel—.

Y pensó: Si no vuelvo de la finca, la canción vuelve por mí.

Y el pensamiento no era triste —era claro, como el café negro, como el amanecer del Condado, como la nota del King 3B que se mezcló con el mar y se convirtió en aire—.

Mateo miró el reloj otra vez.

Cinco horas y treinta y cinco minutos.

Y el reloj seguía girando.

Y la llave seguía girando.

Y la canción esperaba —esperaba en la cinta que Darío había entregado a Toño Fuentes, esperaba en el aire que la llevaría a cada radio de la isla, esperaba en el cordón umbilical que conectaba el cuarto de caoba con el cuarto del tercer piso, esperaba en la sangre de Esteban y en la memoria de Lola y en la rebeldía de Aitana y en los pies descalzos de Mercedes—.

La canción esperaba.

Y Puerto Rico esperaba.

Y el aire esperaba.

Y a las tres de la tarde, el aire dejaría de esperar.

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero

La estrofa leitmotiv —la que empezó todo, la que conectaba todo, la que era el cordón umbilical entre Mateo y Aitana y entre la canción y la verdad y entre el amanecer del Condado y el amanecer de Loíza y la llamada al FBI y la ruta de Mercedes y la ira de Don Jairo y la grieta en la pared y el cuaderno azul que ya no estaba donde siempre había estado y la cinta que ya estaba donde la radio la esperaba— resonó por última vez en la cabeza de Mateo antes de que el día se convirtiera en cuenta regresiva y la cuenta regresiva se convirtiera en reloj y el reloj se convirtiera en frecuencia y la frecuencia se convirtiera en aire.

Y el aire era libre.

Y la llave giraba.

Y la puerta esperaba.