CAPÍTULO 13 #6
Era Yago. Desde el sedán, desde la carretera hacia Bayamón.
—Encontré un papel en la cocina del club —dijo Yago—. La cocinera lo dejó. Está escrito en papel de estraza, con carbón de leña.
Don Jairo esperó.
—Dice —continuó Yago—: La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.
Don Jairo repitió la frase en voz baja —no como quien repite un recado sino como quien repite una maldición o una profecía, no como quien procesa información sino como quien la deglute, la traga, la siente descender por la garganta como una piedra que pesa y que no se puede vomitar—.
—¿La canción es la carta? —dijo Don Jairo.
—Así dice.
—¿Y la carta es la llave?
—Así dice.
Don Jairo cerró los ojos. Y en la oscuridad de los ojos cerrados, Don Jairo vio la grieta —no la grieta metafórica de la pared sino la grieta real, la que estaba abriendo Mercedes con el cuaderno y Mateo con la cinta y Lorena con la denuncia y Toño Fuentes con la radio y Doña Iris con la llamada al FBI—.
La grieta era una canción. Y la canción era una carta.
Y la carta era una llave. Y la llave abría una puerta. Y la puerta era la salida.
La puerta es la salida.
La frase resonó en el estudio como una nota de trombón —larga, grave, inevitable—.
Y Don Jairo supo, con la certeza del hombre que ha construido su vida sobre el silencio, que la frase no era de Mercedes.
La frase era de Lola. Porque Lola era la que escribía en papel de estraza con carbón de leña.
Lola era la que dejaba versos en la cocina como quien deja migas de pan en el bosque —para encontrar el camino de vuelta o para que otros encuentren el camino de ida—.
Lola, que murió en 1975. Lola, que seguía escribiendo desde la muerte.
—Yago —dijo Don Jairo.
—Sí.
—Vaya a Bayamón. Encuentre el cuaderno. Y cuando lo encuentre, llévelo a la finca. A las seis. Yo estaré ahí.
—¿Y Mercedes?
—Mercedes es secundaria. El cuaderno es lo que importa.
—Entendido.
Don Jairo colgó. Y entonces hizo algo que no había hecho en veintidós años —algo que la grieta le obligó a hacer, algo que la canción y el cuaderno y la denuncia y la puerta abierta y el retrato torcido y el papel de estraza le exigían como el mar exige la marea—.
Don Jairo llamó a la finca. Y preguntó por Aitana.
No para hablar con ella. No para verificar su estado. No por preocupación —Don Jairo no tenía preocupaciones, Don Jairo tenía problemas, y los problemas se resolvían, no se preocupaban—. Sino para verificar que seguía ahí. Que seguía siendo suya. Que la marca seguía siendo verdad.
—Aitana está en su cuarto —dijo la voz al otro lado—. No ha bajado.
—¿Está despierta?
—No sé, señor. La puerta está cerrada.
—Que no salga. Que nadie hable con ella. Que nadie entre. ¿Entendido?
—Sí, señor.
Don Jairo colgó. Y se quedó mirando la pared —la pared con las fotos y la grieta invisible y la caoba y la historia—.
Y pensó en Aitana. Pensó en Aitana en el cuarto del tercer piso —el cuarto con la ventana al mar, con la marca en el hombro, con los once años de silencio—.
Y pensó en la canción. La canción que a las tres de la tarde saldría de la antena de WIPR y cruzaría la isla a la velocidad de la luz y entraría por la ventana del cuarto de Aitana si Aitana encendía la radio —y Aitana iba a encender la radio, porque Aitana sabía, porque Aitana siempre supo, porque Aitana llevaba once años esperando exactamente esto: una canción que dijera lo que ella no podía decir—.
Y Don Jairo pensó en algo que no había pensado antes —que la marca en el hombro de Aitana no era solo una marca de propiedad sino que era también una marca de rebeldía latente, porque la mujer que carga una marca durante once años sin que le arranquen la voluntad es una mujer que no se ha rendido, y la mujer que no se ha rendido es una mujer que está esperando —esperando el momento, esperando la canción, esperando la llave—.
Y la llave estaba girando.
Don Jairo miró el reloj —las nueve y diecinueve de la mañana—.
Quedaban cinco horas y cuarenta y un minutos para que la canción saliera al aire.
Quedaban ocho horas y cuarenta y un minutos para la cita en la finca.
Y entre las tres y las seis, entre la canción y la confrontación, había un espacio —un espacio de tres horas donde todo podía pasar, donde la grieta podía cerrarse o abrirse, donde el imperio podía reconstuirse o derrumbarse—.
Don Jairo se sentó en la silla de caoba. Y esperó.
No con la paciencia de quien confía —Don Jairo no confiaba, Don Jairo calculaba—.
Sino con la quietud del depredador que sabe que la presa se acerca y que la presa cometerá un error y que cuando la presa cometa el error él estará ahí —con la Browning de Yago, con los ojos del clan, con la caoba de la finca, con veintidós años de imperio bajo los pies—.
Pero debajo de la quietud, debajo del cálculo, debajo de la caoba y la Browning y los ojos y los camiones y los nombres y las mujeres y los muelles y las rutas y el cuaderno que ya no estaba y la canción que ya estaba —debajo de todo— había algo que Don Jairo no quería nombrar.
Miedo.
No el miedo del cobarde —Don Jairo no era cobarde—.
El miedo del arquitecto que ve la primera grieta en el edificio que construyó con sus manos.
El miedo del capitán que ve la primera agua entrando por el casco del barco que creía insumergible.
El miedo del hombre que ha construido un imperio sobre el silencio y que ahora escucha —desde muy lejos, desde la frecuencia que pronto será aire— el sonido de una canción que dice lo que el silencio nunca debió permitir que se dijera.
Por si un día me muero
Y tú lees este papel
Que sepas lo mucho que te quiero
Aunque no te vuelva a ver
La estrofa no sonó en la radio —no todavía—.
La estrofa sonó en la memoria de Don Jairo —la memoria que guardaba las siete canciones anteriores, las siete que él mismo había destruido, las siete que habían intentado decir lo que esta octava estaba diciendo—.
Y Don Jairo la recordó —no porque la estrofa fuera suya sino porque la estrofa era la misma en todas las canciones: la misma despedida, la misma confesión, la misma carta-testamento de los compositores que sabían que la canción podía costarles la vida y que la escribían de todos modos —porque la canción era más grande que la vida, porque la canción era la verdad, y la verdad no se medía en años sino en ecos—.
Don Jairo cerró los ojos. Y en la oscuridad, la grieta creció.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 9:22 a.m
Apartamento de Mateo — Santurce