CAPÍTULO 13 #5
La casa de Condado no era la finca —la finca era el negocio, la casa era la fachada—.
La casa de Condado era una estructura de dos pisos en la calle Parque, con persianas verdes y un balcón de hierro forjado y un jardín donde la esposa legítima de Don Jairo cultivaba gardenias y donde los hijos legítimos de Don Jairo jugaban a ser niños normales mientras el padre construía un imperio invisible en los campos de Loíza—.
La casa olía a limpio —a cloro, a jabón de lavanda, a gardenias recién cortadas— y sonaba a domingo —a misa de doce, a almuerzo familiar, a la telenovela de las dos— y parecía, a todos los efectos, la casa de un empresario respetable con una familia respetable y una vida respetable.
Don Jairo estaba en el estudio.
El estudio era la única habitación de la casa que no olía a gardenias —olía a caoba y a café y a algo más profundo, algo que no tenía nombre pero que se parecía al olor del poder concentrado, como el olor del ron añejo en una barrica donde el azúcar se ha fermentado durante décadas y ahora es algo más que azúcar —es fuego, es historia, es voluntad—.
La mesa era de caoba —la misma caoba de la finca, la misma caoba del club, la caoba que era la sangre del imperio—.
Y sobre la mesa, tres periódicos: El Nuevo Día, El Mundo, The San Juan Star.
Don Jairo los había leído —los tres, de principio a fin, como los leía cada mañana, buscando su nombre, buscando el nombre de la finca, buscando cualquier cosa que conectara la casa de Condado con la finca de Loíza—. Su nombre no aparecía. Buenos días.
Pero el teléfono no dejaba de sonar.
La primera llamada fue a las ocho y quince —Yago: Mercedes se fue.
El cuaderno no está. Don Jairo había procesado la información con el silencio del cirujano que recibe los resultados de una biopsia: la noticia era mala, pero la mala noticia no se cura con pánico sino con estrategia.
Encuentre a Mercedes. Recupere el cuaderno.
Si el cuaderno vuelve a la finca, la herida se cierra.
La segunda llamada fue a las nueve —un informante en WIPR, uno de los ojos secundarios que Don Jairo mantenía en las instituciones como quien mantiene faroles encendidos en los pasillos de una casa grande: no para ver sino para que otros sepan que alguien ve—.
La voz dijo: Toño Fuentes recibió una cinta ayer.
Programa especial hoy a las tres. La cinta tiene una etiqueta: GITANA — Mateo Reyes.
Don Jairo no dijo nada. El informante colgó. Y Don Jairo se quedó mirando la pared —la pared donde colgaban las fotos de Cádiz, la abuela Heredia, el primer camión— con los ojos que no parpadeaban y la mandíbula que se apretaba como una prensa que estruja el metal hasta convertirlo en lámina.
La tercera llamada fue a las nueve y cinco —un ojo en Santurce, uno de los que patrullaban las calles cuando las calles dormían—. La voz dijo: Reyes salió de su apartamento temprano. Llevaba el estuche del trombón. Caminó hacia el Condado.
Don Jairo colgó. Y procesó las tres llamadas como procesaba todo: en silencio, con los ojos cerrados, la mandíbula apretada, los dedos sobre la mesa de caoba.
Tres piezas del mismo rompecabezas: la cinta, la radio, el compositor.
Y el cuaderno —el cuaderno que Don Jairo guardó durante veintidós años porque creía que el riesgo de guardarlo era menor que el riesgo de no tener registro, y que ahora, por primera vez, le demostraba que estaba equivocado—.
Porque el cuaderno era el puente —el puente entre la canción y la prueba legal—.
La canción era arte y el arte se interpreta.
Pero el cuaderno era contabilidad y la contabilidad se lee.
Y lo que el cuaderno decía era ilegal —no poético, no ambiguo, no interpretable: ilegal, con fechas y nombres y cantidades y rutas—.
Si el cuaderno llegaba a la policía —no la policía local, que era de Don Jairo, sino otra policía, una que no podía comprar, una federal— entonces la canción dejaba de ser canción y se convertía en testimonio.
Y el testimonio, cuando está respaldado por contabilidad, no es arte —es evidencia—.
Don Jairo abrió los ojos. Y hizo tres cosas.
Primera: levantó el teléfono y marcó el número de Yago —el número del sedán, el número móvil, el que funcionaba cuando Yago estaba en el carro—.
—Prioridad uno: el cuaderno —dijo Don Jairo sin preámbulos—. Mercedes sabe demasiado. Si el cuaderno llega a la policía o al FBI, no hay manera de contenerlo. Encuéntrela antes de las doce. Y cuando la encuentre, tráigame el cuaderno. Solo el cuaderno. Mercedes es secundaria.
Segunda: marcó un segundo número —un número que tenía memorizado desde hacía quince años, el número de un contacto en WIPR, uno de los administrativos que Don Jairo había cultivado con la paciencia del jardinero que riega la gardenia todos los días sin que la gardenia sepa que el jardinero existe—.
—La cinta que recibió Toño Fuentes —dijo Don Jairo—. Necesito que no salga al aire. Lo que cueste.
La voz al otro lado dudó —la duda del funcionario que sabe que está en territorio peligroso, que la orden que recibe no es una orden oficial sino una sugerencia armada, y que las sugerencias armadas de Don Jairo no se podían rechazar sin consecuencias—.
—Toño Fuentes es… independiente —dijo la voz—. No recibe órdenes de la administración.
—Entonces no le dé una orden —dijo Don Jairo—.
Déle una razón. Dígale que la cinta contiene calumnias.
Dígale que el autor es un músico rechazado que tiene un problema personal conmigo.
Dígale que si transmite esa cinta, la estación se expone a una demanda.
Dígale lo que tenga que decirle. Pero esa cinta no sale al aire a las tres de la tarde.
La voz prometió intentarlo. Don Jairo colgó sin decir adiós.
Tercera: Don Jairo marcó el número de la finca —la finca que ahora estaba sin Mercedes, sin cuaderno, con la puerta trasera cerrada y el retrato enderezado y la huella de la anomalía todavía en el aire—.
—Preparen la finca —dijo—. Cualquier cosa que no deba estar visible, muévanla. Reyes viene a las seis. Y quiero que la finca esté impecable.
Don Jairo colgó. Se quedó de pie junto a la mesa de caoba —con los tres periódicos desplegados, con el teléfono todavía caliente en la mano, con la mandíbula apretada y los ojos que no parpadeaban—. Y miró la pared.
La pared del estudio tenía fotos —fotos antiguas, fotos de Cádiz, fotos de la abuela Heredia en la fachada del puerto con las dos maletas, fotos del primer camión blanco en 1963, fotos del día que Don Jairo llegó a Puerto Rico con la voluntad de un hombre que no tenía nada excepto la certeza de que construiría algo que durara más que él—.
Y en esa pared, Don Jairo vio algo que no había visto antes.
Una grieta.
No una grieta real —la pared era de concreto y el concreto no tenía grietas—.
Una grieta metafórica. La grieta que aparece cuando el imperio que creías inexpugnable resulta tener una puerta trasera que una cocinera conocía.
La grieta que aparece cuando el cuaderno que guardaste durante veintidós años sale caminando bajo la lluvia.
La grieta que aparece cuando una canción que creías destruida sale de la nada y se programa en la radio a las tres de la tarde.
La grieta que aparece cuando el silencio —el silencio que construiste con marcas y amenazas y siete canciones quemadas y la muerte de los que intentaron decirlas— se rompe y lo que entra por la grieta es aire, aire con sonido, aire con música, aire con verdad.
Don Jairo miró la grieta —la miró con los ojos que no parpadeaban, con la mandíbula que se apretaba, con los puños que se cerraban—. Y la grieta le devolvió la mirada.
Porque las grietas no se miran —se sienten.
Y Don Jairo sentía la grieta como se siente el dolor de muelas: no todo el tiempo, pero cuando muerde, muerde hondo, y el dolor no se quita con aspirina sino con cirugía, y la cirugía requería un dentista, y el dentista era el tiempo, y el tiempo era lo que Don Jairo no tenía —porque quedaban seis horas hasta las tres de la tarde y seis horas hasta que la canción saliera al aire y cuando la canción saliera al aire la grieta se convertiría en fractura y la fractura en derrumbe—.
Don Jairo caminó hacia la ventana del estudio —la ventana que daba al jardín de gardenias, al balcón de hierro forjado, a la fachada de la casa que era la fachada del imperio—. Y desde la ventana vio algo que lo hizo detenerse.
Su esposa legítima —Beatriz, la mujer que Don Jairo había desposado en la Iglesia de San José en 1968, la madre de sus hijos legítimos, la guardiana de la fachada— estaba en el salón con la radio encendida.
La radio sintonizada en WIPR. La radio que a las tres de la tarde tocaría la canción.
Y Beatriz no sabía —Beatriz no sabía nada de la finca, nada de los camiones, nada de las mujeres, nada de la marca, nada de Aitana—.
Beatriz creía que su esposo era un empresario de transportes que trabajaba mucho y dormía poco y que los domingos iba a la finca a supervisar las tierras.
Y eso era todo lo que Beatriz necesitaba creer —y todo lo que Don Jairo necesitaba que creyera—.
Pero a las tres de la tarde, la radio tocaría una canción.
Y la canción diría cosas. Y Beatriz escucharía.
Y Beatriz, que no sabía, sabría. Y cuando Beatriz supiera, la fachada tendría una grieta también —no la grieta del imperio sino la grieta del hogar, la grieta que no se puede enmendar con caoba ni con gardenias ni con misa de doce—.
Don Jairo se apartó de la ventana. Volvió a la mesa. Miró los periódicos. Miró el teléfono. Miró la pared. Y la grieta seguía ahí —invisible pero presente, como una nota desafinada en un acorde que suena bien hasta que el oído entrenado detecta la disonancia—.
El teléfono sonó otra vez.
Don Jairo contestó —con la mano izquierda, porque la derecha estaba apretada en un puño que no se podía abrir—.
—Diga.