CAPÍTULO 13 #4
Yago bajó las escaleras con la Browning en la espalda —dentro de la cintura, donde el pantalón la escondía, donde el metal contra la piel le recordaba que era un hombre armado y que los hombres armados no necesitan permiso—.
No porque esperara problemas —la finca a las ocho de la mañana de un domingo era la finca más tranquila de la isla— sino porque la Browning era parte de su cuerpo ahora, como el reloj en la muñeca o los zapatos en los pies, y Yago no se sentía completo sin ella —sin el peso, sin el frío del metal, sin la promesa de la violencia que la pistola representaba y que Yago esperaba no tener que usar pero que estaba listo para usar si el mundo lo obligaba—.
La finca a las ocho de la mañana era silenciosa —el silencio del domingo, el silencio de los ojos que descansaban, el silencio de los camiones que ya no estaban en el patio porque los camiones salían los martes y los viernes y hoy era domingo y los domingos no había camiones—.
Pero había algo más —algo que Yago registró antes de registrarlo conscientemente, como el oído registra una nota discordante en una melodía antes de que la mente nombre la discordancia—.
Aire.
El aire de la finca era diferente. No la temperatura —la temperatura era la de siempre, veintiocho grados, humedad al ochenta por ciento, el clima de agosto en Puerto Rico que era el clima de siempre—.
Sino el movimiento. El aire se movía. Entraba por algún lado —por una puerta, por una ventana, por una rendija—.
Y el aire que entraba era aire de campo, aire de hierba mojada y tierra y ocotillo, aire que no era el aire cerrado de la finca sino el aire de afuera.
Yago caminó hacia la cocina —la cocina vacía, la cocina donde Mercedes debía estar y no estaba—. La cocina estaba oscura —las luces apagadas, la estufa fría, el café sin hacer—. Mercedes no estaba.
Yago no reaccionó —no inmediatamente—. Mercedes podía estar en el baño, en el patio, en la despensa.
Mercedes era la cocinera y las cocineras se levantaban temprano y Mercedes se levantaba siempre a las cinco para encender la estufa y preparar el café y cortar los plátanos para el desayuno de Don Jairo.
Pero a las ocho la estufa estaba fría y el café no estaba hecho y los plátanos seguían en la cesta sin cortar.
Mercedes no estaba en la cocina.
Yago caminó hacia el salón. Y entonces lo vio.
La puerta del patio trasero estaba abierta.
No entreabierta —abierta. De par en par.
Como si alguien la hubiera abierto de noche y no la hubiera cerrado.
Y por la puerta entraba el aire —el aire de la hierba mojada, el aire del campo, el aire de la carretera 187 que estaba a dos kilómetros y que Mercedes conocía porque Lola le había enseñado la ruta y la ruta iba del patio al campo y del campo a la carretera y de la carretera al pueblo—.
Yago sacó la Browning —no por instinto sino por entrenamiento: una puerta abierta en la finca de Don Jairo a las ocho de la mañana era una anomalía, y las anomalías requerían arma—.
Caminó hacia la puerta. Miró el patio —el patio donde los camiones blancos aparcaban de día y que ahora estaba vacío, el patio de losas grises y hierba alta y las marcas de neumáticos en el barro—.
Y las huellas.
Huellas en el barro —pies descalzos, pequeños, el tamaño de una mujer, la dirección: del patio al campo.
Y al lado de las huellas, otra marca —no un pie sino algo arrastrado, algo pesado, algo que dejó un surco leve en el barro como el surco que deja un bote en el agua—.
Algo que Mercedes llevaba. Y si Mercedes llevaba algo pesado, y si Mercedes salió por la puerta trasera a la mitad de la noche, y si la puerta estaba abierta a las ocho de la mañana…
entonces Mercedes se fue. Y algo se fue con ella.
Yago siguió las huellas con la mirada —hasta donde la hierba se volvía campo y el campo se volvía oscuridad y la oscuridad se comía las huellas—. Entonces Yago volvió al salón.
Y vio el retrato.
El retrato de la abuela Heredia estaba torcido —ladeado, como si alguien lo hubiera levantado y no lo hubiera vuelto a colocar derecho, como un cuadro que sabe que alguien ha tocado lo que había detrás—.
Yago lo enderezó mecánicamente —con la mano izquierda, con la Browning en la derecha, porque enderezar retratos y sostener armas eran acciones que podían ocurrir simultáneamente en el mundo de Yago—.
Y cuando enderezó el retrato, Yago pensó: ¿por qué estaba torcido?
Los retratos no se tuerce solos. Los retratos se tuercen cuando alguien los mueve. Y si alguien movió el retrato de la abuela Heredia a las tres de la mañana, ese alguien movió el retrato para alcanzar lo que estaba detrás.
Yago levantó el retrato.
El hueco estaba vacío.
Yago conocía el hueco —los ojos principales conocían cada escondite de la finca, cada lugar donde Don Jairo guardaba lo que no debía ser visto, cada recoveco de la casa que la casa misma había olvidado—.
Yago sabía que Don Jairo guardaba registros detrás del retrato —registros antiguos, registros fundacionales, registros de la época en que el imperio era solo una idea y un camión y una ruta y la voluntad de un hombre que había cruzado el Atlántico con dos maletas—. Y ahora los registros no estaban.
Mercedes.
Mercedes entró a la finca ayer en la mañana —Yago la llevó, o más bien, Mercedes fue con Yago, que era diferente aunque el resultado fuera el mismo—.
Y Mercedes pasó la noche en la finca. Y Mercedes salió de la finca antes del amanecer con algo que estaba detrás del retrato de la abuela Heredia.
Y la puerta del patio trasero quedó abierta.
Y las huellas iban hacia el campo. Y el retrato estaba torcido.
Yago procesó la información como procesaba todo: en silencio, con los ojos cerrados, la mandíbula apretada, los dedos sobre la Browning. Y la conclusión fue una —una sola, clara, imposible de evitar—:
Mercedes se fue con el cuaderno.
El cuaderno azul. El registro de operaciones.
Loíza a Cádiz, 1963-1985. Veintidós años de contabilidad.
Veintidós años de nombres, números, rutas, mujeres, camiones, muelles.
Todo lo que Don Jairo había documentado con la meticulosidad del hombre que cree que el archivo es más seguro que la memoria.
Todo lo que Don Jairo guardó porque creyó que el riesgo de guardar era menor que el riesgo de olvidar. Todo.
Mercedes lo sacó. Y ahora Mercedes estaba en algún lugar de Loíza con la contabilidad del imperio bajo el brazo.
Yago caminó hacia el teléfono de la cocina —el teléfono de la pared, el teléfono con el cable enredado y el disco de marcar que giraba con la lentitud de los años cincuenta—.
Marcó el número de emergencia —el número que solo los ojos principales conocían, el que conectaba directamente con Don Jairo sin pasar por la operadora ni por la secretaria ni por ninguna de las capas de protección que Don Jairo usaba para filtrar el mundo—.
Dos timbrazos.
—Diga —la voz de Don Jairo, la voz del domingo temprano, la voz del hombre que no esperaba llamadas a las ocho de la mañana porque los domingos eran sagrados y lo sagrado no se interrumpe—.
—Mercedes se fue —dijo Yago—. La puerta trasera estaba abierta. Las huellas van hacia el campo, dirección a la carretera. El hueco detrás del retrato está vacío. El cuaderno no está.
Silencio.
No el silencio de la línea —el silencio de Don Jairo.
El silencio que Yago conocía porque lo había oído antes —cuando las cosas salían mal, cuando los planes se torcían, cuando el imperio que Don Jairo construía con la paciencia de un relojero se resquebrajaba en un punto que no debería resquebrajarse—.
El silencio de Don Jairo era más peligroso que la furia —la furia era ruido, y el ruido se podía medir, pero el silencio era ausencia, y la ausencia no se medía sino que se sentía, como se siente el vacío cuando el suelo desaparece bajo los pies—.
—¿Cuándo? —preguntó Don Jairo.
—Antes del amanecer. Entre las cuatro y las cinco. Las huellas están frescas.
—¿Alguien la vio?
—No. La finca estaba dormida.
—¿Y Aitana?
—Aitana está en su cuarto. No ha bajado.
—¿Está segura?
—La puerta del cuarto está cerrada.
Otro silencio —más corto, más denso, como el silencio entre dos notas de un acorde menor—.
—Encuéntrela —dijo Don Jairo—. Ahora.
Y colgó.
Yago guardó la Browning. Caminó hacia la puerta del patio trasero —la puerta abierta, la puerta que Mercedes había dejado abierta como una señal, como una firma, como la cocinera que deja la puerta abierta para que el aire entre y limpie lo que la cocina no pudo limpiar—.
Yago miró el campo —el campo oscuro donde las huellas desaparecían, donde Mercedes había caminado con los pies descalzos y el cuaderno azul y la voluntad de una mujer que ha decidido que quince años de silencio es suficiente—.
Yago cerró la puerta. No porque cerrar la puerta fuera a cambiar algo —Mercedes ya estaba lejos, el cuaderno ya estaba fuera, la bomba ya había salido de la finca—.
Sino porque las puertas abiertas eran irrespetuosas.
Y Yago era, ante todo, un hombre que respetaba las reglas —las reglas de Don Jairo, las reglas del silencio, las reglas del imperio—.
Aunque las reglas estuvieran resquebrajándose.
Yago subió a su cuarto. Se cambió —camisa oscura, pantalones oscuros, zapatos de cuero que no harían ruido en la hierba—. Y bajó con las llaves del sedán.
Mercedes tenía una hermana. La hermana tenía una farmacia. La farmacia estaba en Bayamón.
Yago condujo hacia Bayamón.
§
Domingo 18 de agosto de 1985 — 9:07 a.m
Casa de Don Jairo — Condado, San Juan