CAPÍTULO 13
El Último Solo del Cóndor
Playa del Condado — San Juan
La playa del Condado a las seis de la mañana no era la playa que los turistas conocían —la playa del Condado a las seis de la mañana era otra cosa, una cosa más vieja, más cruda, más honesta—.
Los turistas veían la arena blanca y el Caribe azul y los rascacielos de hormigón al fondo como un telón de fondo de postal —pero a las seis de la mañana no había turistas, solo el mar y la arena y las gaviotas y el cielo que cambiaba de color como una mano que se vuelve del revés: primero gris, luego gris con una línea de naranja en el borde del este, luego naranja entero, y después —después— el oro viejo del amanecer caribeño, el oro que no era el oro de las joyerías de Condado sino el oro del sol que nace sobre el Atlántico y que baña la isla entera como un bautismo que no pide permiso.
Mateo llegó por la escalera de concreto —la escalera que bajaba de la avenida Ashford a la arena, la misma escalera donde veinticinco días atrás había caminado pensando en una mujer que no conocía y en una canción que no existía—.
Veinticinco días. La cuenta parecía imposible —veinticinco días para que una vida entera se reorganizara alrededor de un nombre, Aitana, y un sonido, la canción, y una promesa, la que Esteban dejó dentro del trombón—.
Pero lo imposible era la medida del tiempo cuando el tiempo estaba comprimido —y veinticinco días comprimidos contenían más que veinticinco años diluidos—.
La arena estaba mojada —había llovido durante la noche, una lluvia fina, caribeña, la que no se ve pero empapa, la que deja la playa como un espejo donde el cielo se refleja y donde los pies descalzos dejan huellas que la siguiente ola borra—.
Mateo se quitó los zapatos. Los dejó en el primer escalón de concreto, junto al estuche del King 3B.
Luego se arremangó los pantalones —los mismos khaki de la noche anterior, los que había dormido sin quitarse porque dormir ya no era dormir sino esperar entre sueño y vigilia— y caminó hacia la orilla.
El mar estaba en su hora más tranquila —la hora entre la marea que se retira y la marea que vuelve, la hora donde el agua respira como un dormido, subiendo y bajando en oleajes cortos, rítmicos, como los pulmones de alguien que sueña—.
El olor era sal y yodo y algo más —algo orgánico, algo que la nariz registraba antes que el cerebro pudiera nombrarlo: el olor del mar cuando el mar no tiene público, el olor del mar a solas—.
Mateo abrió el estuche.
El King 3B descansaba en el terciopelo azul —el mismo terciopelo donde había descansado desde 1958, cuando Esteban lo compró en la tienda de música de la calle San José, el mismo terciopelo donde Héctor lo guardó después, el mismo terciopelo donde Fermín lo preservó durante diecinueve años en Vieques—.
Mateo sacó el trombón con ambas manos —las manos que habían tocado la canción dos veces en cinta y cien veces en la cabeza y que ahora la tocaban por última vez como cosa privada—.
Montó la bomba. Enroscó la campana. Ajustó la boquilla contra los labios —los labios que conocían el metal como los labios conocen la piel de quien besan: de memoria, sin necesidad de ver, con la certeza táctil de quien ha encontrado la posición exacta donde la carne y el latón se encuentran y producen el sonido—.
Y tocó.
No la canción completa —eso era para la radio, para las tres de la tarde, para WIPR, para Toño Fuentes, para Puerto Rico—. Tocó fragmentos. Como quien despide a un amigo recordando no la biografía entera sino los momentos: la primera vez, la vez más difícil, la vez que dolío, la vez que sanó.
El primer fragmento fue el leitmotiv —Sin mirarte yo te miro / Sin sentirte yo te siento / Sin hablarte yo te hablo / Sin quererte yo te quiero—.
La melodía salió del King 3B como sale el aliento de quien respira hondo antes de saltar: llena, completa, sin vacilación.
La campana proyectó el sonido hacia el mar —hacia el este, hacia donde el sol acababa de nacer, hacia donde la frecuencia que a las tres de la tarde saldría de la antena de WIPR ya estaba esperando—.
El sonido viajó sobre el agua como viajan las ondas: expandiéndose, debilitándose, pero sin desaparecer —porque el sonido no desaparece, el sonido se convierte en algo más pequeño que el oído no alcanza pero que sigue ahí, en el aire, en la sal, en la memoria del agua—.
El segundo fragmento fue Y tengo celos del viento porque acaricia tu piel / De la Luna la que miras / Del Sol porque te calienta —los celos, la rabia, la posesión que no era posesión sino deseo de posesión, la estrofa que Mateo había escrito pensando en Don Jairo y en la marca y en todo lo que Don Jairo reclamaba como suyo—.
El trombón rugió —no el rugido del león sino el rugido del cóndor, el rugido del ave que ve todo desde arriba y que sabe que lo que ve es injusto y que no puede hacer nada desde el cielo sino bajar y tocar la tierra con las garras y gritar—.
El tercer fragmento fue Las palabras son de aire, y van al aire / Mis lágrimas son agua, y van al mar —y aquí el trombón se volvió agua, la campana se convirtió en ola, y el sonido que salía del metal era indistinguible del sonido de las olas que rompían en la orilla, como si el trombón y el mar hablaran el mismo idioma y dijeran la misma cosa: que lo que es aire va al aire y lo que es agua va al agua y lo que es canción va al viento y lo que es verdad va al mundo—.
Y entonces —después de los fragmentos, después de las despedidas parciales— Mateo tocó la estrofa que era la carta-testamento.
La estrofa que había escrito en el Capítulo 3, la que era la confesión dentro de la confesión, la que decía lo que Mateo no podía decir de otra manera porque la música dice lo que las palabras no alcanzan y porque la trompeta de la verdad tiene un registro que la voz humana no posee:
Por si un día me muero
Y tú lees este papel
Que sepas lo mucho que te quiero
Aunque no te vuelva a ver
La melodía salió del King 3B como sale la última nota de una ópera —no con la violencia del clímax sino con la ternura del epílogo, la nota que se queda suspendida en el aire como una lágrima que no cae, como una mano que no suelta, como una puerta que no se cierra sino que se queda entornada esperando que alguien la empuje—.
Mateo sostuvo la nota —la sostuvo hasta que el aire se la llevó, hasta que el sonido se mezcló con el sonido del mar y el sonido del viento y el sonido del amanecer y ya no se pudo distinguir cuál era el trombón y cuál era el mundo—.
Y cuando la nota murió —cuando el aire absorbó el último gramo de frecuencia y lo convirtió en silencio— Mateo bajó el trombón. Y respiró.
Un pescador lo oyó.
El pescador estaba en su lancha —una lancha de madera con motor fuera de borda de quince caballos, la lancha que usaba para pescar sierra y carrucho y que ahora flotaba cien metros de la orilla con el ancla echada y el pescador sentado en la proa con el café en un termo y la caña en el agua y los ojos mirando hacia la playa—.
El pescador no dijo nada. No necesitaba decir nada.
El pescador había oído miles de trombones en su vida —Puerto Rico era una isla de metales, de trompetas y trombones y saxofones que salían de las ventanas como palomas— pero este trombón era diferente.
Este trombón no tocaba música. Este trombón hablaba.
Y lo que decía era algo que el pescador reconocía sin poder nombrar —como se reconoce el olor de la tierra antes de la lluvia, como se reconoce la cara de alguien que se ama en la multitud, como se reconoce la verdad cuando la verdad se disfraza de canción—.
El pescador levantó la mano —un gesto corto, horizontal, como quien saluda desde lejos sin gritar, sin correr, sin interrumpir—. Y Mateo, desde la orilla, levantó la suya.
Dos hombres. Una playa. Un trombón. Un amanecer. Y la canción que ya no era de uno sino de los dos —del pescador que la oyó y del trombonista que la tocó y del mar que la llevó y del aire que la absorbió—.
Mateo desmontó el trombón. Lo guardó en el estuche.
Cerró el cierre —el cierre metálico que hacía un clic como el clic de una puerta que se cierra, pero que ahora era el clic de una puerta que se abre, porque la canción que estaba dentro del trombón ya no estaba dentro —ya estaba afuera, en el aire, en la sal, en la frecuencia, esperando las tres de la tarde para convertirse en lo que siempre había sido destinada a ser—.
Mateo se puso los zapatos. Caminó hacia la escalera. No miró atrás.
La canción ya no era suya.
La canción era del mar.
Y a las tres de la tarde, la canción sería del aire.
Y el aire sería de Puerto Rico.
Y Puerto Rico sería libre —libre de la mentira, libre del silencio, libre del ocotillo y la marca y los camiones y los nombres que desaparecían como desaparecen las cucharas en la cocina de la finca—.
No todavía. Pero ya.
Mateo subió la escalera. La avenida Ashford estaba desierta —los turistas dormían, los bares cerrados, las luces de neón apagadas—.
Solo el ruido de los carros lejanos en la 26 y el zumbido de los postes eléctricos y el olor a café de las panaderías que abrían temprano para los viejos que no sabían dormir más de cinco horas.
Mateo caminó hacia Santurce. Hacia su apartamento. Hacia los documentos en la mesita y la nota de Lorena en el bolsillo y la cuenta regresiva que ya no se podía detener.
Nueve horas y dos minutos.
§
Domingo 18 de agosto de 1985 — 6:22 a.m
Carretera 187 — entre la finca y Loíza
Mercedes caminaba.