GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Caminaba como había caminado Lola veinte años atrás —con los pies descalzos en la tierra mojada, con el barro entre los dedos, con la lluvia fina que ya no llovía pero que había dejado todo mojado como si la isla entera hubiera llorado durante la noche y ahora se limpiara la cara—.

Caminaba por la orilla de la carretera 187 —la carretera que conectaba la finca con el pueblo de Loíza, la carretera que los camiones blancos usaban de día y que Mercedes usaba ahora de noche, sola, con el cuaderno azul envuelto en el paño bordado por Lola apretado contra el pecho como quien lleva un niño—.

El cuaderno pesaba —no por el peso físico sino por el peso de lo que contenía: veintidós años de números y nombres y rutas y muelles y mujeres que se llamaban como se llaman las mujeres que nadie busca, mujeres que cruzaban el Atlántico en camiones que no aparecían en ningún manifiesto, mujeres que llegaban a Cádiz con una marca en el hombro y un nombre nuevo y la promesa de que si hablaban las encontrarían y si las encontraban desaparecerían—.

El cuaderno pesaba como pesa la verdad cuando la verdad ha estado guardada demasiado tiempo —como pesa el agua en una represa, como pesa el fuego en un volcán, como pesa una canción en una cinta que no ha sonado—.

Mercedes había caminado dos kilómetros cuando la vio —las luces de un carro acercándose por la carretera, los faros como dos ojos blancos en la oscuridad del amanecer—.

Mercedes se apartó a la orilla —instinto de mujer que ha vivido quince años en una finca donde los carros que se acercan de noche no son carros que traen buenas noticias—.

Pero el carro no se detuvo. El carro era un camión —un camión pequeño, de los que transportaban plátanos y viandas del campo a los mercados de San Juan—.

Y el conductor era un hombre viejo con una cara de machete y un sombrero de paja y una radio que tocaba una salsa tempranera que Mercedes no reconoció.

El camión pasó. Y Mercedes siguió caminando.

Otro kilómetro. Y entonces —de la nada, de la carretera vacía, de la madrugada que no era madrugada sino el espacio entre la noche y el día donde todo parece posible y nada parece real— apareció otro carro.

No un camión esta vez. Un sedán —viejo, oxidado, con el tubo de escape haciendo un ruido como el ronquido de un perro viejo—.

El sedán se detuvo junto a Mercedes. La ventanilla se bajó.

—Mercedes —dijo el conductor—. ¿Qué haces caminando a las seis de la mañana?

Mercedes lo reconoció —Efrain, Efrain de Loíza, el mismo Efrain que llevaba los hijos de la finca a la escuela los días de semana, el mismo Efrain que sacaba el camión de los plátanos y que conocía la carretera 187 como conocía las líneas de su mano—.

—Efrain —dijo Mercedes—. ¿Puedes llevarme al pueblo?

Efrain miró a Mercedes —los pies descalzos, el barro en los tobillos, el paño contra el pecho, la cara de quien no ha dormido pero no tiene sueño sino decisión—.

Efrain no preguntó. Efrain conocía a Mercedes desde hacía quince años —conocía la cocinera de la finca, la que le daba café cuando llegaba temprano, la que nunca hablaba de más y que siempre estaba ahí, como la estufa siempre está ahí, como el fuego siempre está ahí—.

Pero Efrain también conocía la finca —conocía el nombre de Don Jairo, conocía los camiones, conocía la regla que todo Loíza conocía: no se pregunta, no se mira, no se habla—.

—Sube —dijo Efrain.

Mercedes subió al sedán. El asiento de cuero estaba frío —cuero viejo que había absorbido mil soles y ahora olía a sudor y a gasolina y a algo dulce, a caña, como si el carro hubiera transportado caña de azúcar en otra vida—.

Mercedes puso el cuaderno en el regazo —el paño bordado por Lola sobre las rodillas, el cuaderno azul debajo, como un bebé durmiendo bajo una manta—.

—¿A dónde? —preguntó Efrain.

—Al pueblo. Necesito un teléfono.

—El teléfono de la plaza funciona a las siete.

—Entonces a la plaza.

Efrain condujo en silencio —el silencio del hombre que no pregunta porque sabe que no le van a responder, el silencio del hombre que lleva quince años viendo cosas y no hablando de las cosas que ve—.

La carretera 187 serpenteaba entre los campos de hierba y las casas de madera y las iglesias pequeñas con cruces de cemento y las plazas donde los vejigantes bailaban en julio y los santos descansaban en agosto.

Loíza amanecía —lentamente, como amanece un pueblo que no tiene prisa porque la prisa es de la ciudad y Loíza es campo, es sangre, es tierra—.

Llegaron a la plaza a las seis y cuarenta. Mercedes se bajó del sedán.

—Gracias, Efrain.

—Mercedes —Efrain la miró con los ojos de quien sabe que algo está cambiando pero no sabe qué—. ¿Estás bien?

—Estoy viva —dijo Mercedes—. Y eso es más de lo que puedo decir de hace una hora.

Efrain asintió. No entendía. Pero Efrain no necesitaba entender —Efrain necesitaba hacer lo que hacía siempre: conducir, callar, volver a la finca como si nada hubiera pasado, porque si alguien le preguntaba si había visto a Mercedes, Efrain diría que no —no porque mintiera sino porque Efrain no había visto a Mercedes, Efrain había visto a una mujer caminando por la carretera, y las mujeres que caminan por la carretera a las seis de la mañana no son Mercedes, son sombras, y las sombras no tienen nombre—.

El sedán se fue. Mercedes se quedó en la plaza —la plaza de Loíza con la iglesia cerrada y la fuente seca y los bancos donde los viejos se sentaban a contar historias y que ahora estaban vacíos como todo estaba vacío a las seis y cuarenta de la mañana en un pueblo que se despertaba a las siete—.

Mercedes esperó. Esperó veinte minutos —los veinte minutos más largos de su vida, más largos que los quince años en la cocina, más largos que la noche en la finca, más largos que la caminata por el campo—.

Porque ahora Mercedes tenía el cuaderno y el cuaderno era la verdad y la verdad era una bomba y las bombas no se pueden sostener eternamente sin que exploten —y Mercedes necesitaba entregarla a alguien que supiera qué hacer con ella antes de que la bomba le quemara las manos—.

A las siete, el teléfono de la plaza funcionó. Mercedes marcó el número de Doña Iris —el número que sabía de memoria, el número de la farmacia, el número de su hermana—.

Dos timbrazos. Tres. Cuatro.

—¿Aló? —la voz de Doña Iris, la voz del miedo contenido, la voz de la mujer que anoche había prometido llamar al FBI y que ahora contestaba el teléfono como quien espera la llamada que cambiará todo—.

—Iris —dijo Mercedes—. Soy yo.

Silencio. El silencio de la línea telefónica —el silencio que no es silencio real sino la ausencia del sonido que esperabas, como el espacio entre dos latidos donde el corazón se pregunta si va a latir otra vez—.

—Mercedes —dijo Doña Iris—. ¿Dónde estás?

—En Loíza. En la plaza. Tengo algo.

—¿Algo?

—Lo que estaba detrás del retrato, Iris. Lo que Don Jairo guardó durante veintidós años. Lo saqué. Lo tengo. Y necesito que vengas a buscarlo.

Otro silencio. Pero este silencio era diferente —este silencio era el silencio de la mujer que entiende que su hermana no robó un cuaderno sino que rescató una verdad, y que la verdad rescatada es más peligrosa que cualquier robo—.

—No te muevas —dijo Doña Iris—. Estoy en camino.

Doña Iris colgó. Mercedes se quedó en la plaza —de pie junto al teléfono público, con el cuaderno azul en el brazo y el paño de Lola sobre el cuaderno y los pies descalzos en las losas de la plaza y el amanecer de Loíza a su alrededor como un abrazo que no sabía que necesitaba—.

Y Mercedes esperó.

Domingo 18 de agosto de 1985 — 7:45 a.m

Farmacia Vega — Bayamón

Doña Iris salió de la farmacia como sale el agua de una represa cuando se abre la compuerta —con la urgencia contenida de quien ha estado esperando quince años para moverse y que ahora que puede moverse no sabe si correr o caminar pero sabe que tiene que moverse—.

Condujo hacia Loíza —treinta minutos por la carretera 2, treinta minutos donde el amanecer ya era mañana completa y la isla empezaba a despertar y los carros llenaban las carreteras y la vida de domingo se instalaba como se instala siempre: con pereza, con calor, con la promesa de un día que no será diferente de los otros—.

Pero este domingo sería diferente.

Doña Iris llegó a la plaza de Loíza a las ocho y quince. Y ahí estaba Mercedes —de pie junto al teléfono, con el cuaderno azul en el brazo, con los pies descalzos y el barro seco en los tobillos y la cara de quien ha cruzado un campo de noche con una bomba en las manos y ha llegado al otro lado—.

Las dos hermanas se miraron. No se abrazaron —no porque no quisieran sino porque el cuaderno estaba entre las dos y el cuaderno era más importante que el abrazo, más urgente, más presente—.

—Muéstramelo —dijo Doña Iris.

Mercedes desenvolvió el paño —el paño blanco con bordes rojos que Lola había bordado hace quince años, los mismos bordes rojos que parecían sangre seca pero que eran solo hilo, solo hilo de algodón sobre tela de algodón, solo la mano de Lola que cosía versos y cocía plátanos y bordaba paños como quien escribe cartas sin papel—.

Doña Iris abrió el cuaderno. La primera página: 12 de octubre de 1963. Jairo Heredia Ortega. Registro de Operaciones — Loíza a Cádiz.

Doña Iris leyó la fecha —1963— y el nombre —Jairo Heredia Ortega— y el título —Registro de Operaciones— y supo.

Supo lo que siempre había sabido pero que ahora estaba en tinta, en papel, en cuero azul, en un cuaderno que Don Jairo había guardado durante veintidós años porque creía que el archivo era más seguro que la memoria y que el riesgo de guardar era menor que el riesgo de olvidar —y que ahora, por primera vez, el archivo había salido del archivo y la memoria había salido de la cocina y la verdad caminaba descalza por la plaza de Loíza con los pies en el barro—.

—¿Llamaste al FBI? —preguntó Mercedes.