CAPÍTULO 12 #8
Y Mercedes caminó. Con el cuaderno azul envuelto en el paño bordado por Lola, con los pies descalzos en la tierra mojada, con la lluvia fina en la cara y la canción en la memoria —la canción que Mateo había grabado hacía seis horas y que Mercedes había sentido en la cocina cuando el aire cambió y que ahora era el ritmo de sus pasos, el ritmo que decía la canción es la carta, la carta es la llave, la llave abre la puerta y la puerta es la salida—.
Mercedes caminó hacia la carretera. Hacia el teléfono. Hacia Lorena. Hacia la justicia.
Y detrás de ella, en la finca, en la pared donde el retrato de la abuela Heredia había sido levantado y vuelto a colocar —esta vez ladeado, torcido, como un cuadro que sabe que alguien ha tocado lo que había detrás—, la lluvia entraba por la puerta del patio que Mercedes había dejado abierta —no por olvido sino por strategy, porque una puerta abierta en la finca a las cuatro de la mañana era una señal, y la señal decía: alguien salió. Y lo que salió no vuelve.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 5:45 a.m
Mateo se despertó antes de que sonara el despertador —igual que Kike se había despertado veinticuatro horas antes, no porque el sueño se hubiera acabado sino porque el sueño había sido reemplazado por algo más urgente: la cuenta regresiva—.
Las tres de la tarde. La radio. La canción al aire.
Las seis de la tarde. La finca. La confrontación.
Nueve horas y quince minutos.
Mateo se sentó en la cama. Miró los documentos en la mesita —los seis documentos, las seis pruebas, los seis eslabones—. Y entonces miró algo que no había notado la noche anterior: al lado de los documentos, alguien había dejado algo.
Un sobre.
No un sobre de Manila ni un sobre de 1963 ni un sobre de papel de estraza. Un sobre blanco, normal, del tamaño de una carta, con el sobre cerrado y sin remitente y sin dirección —solo una palabra escrita en la esquina superior izquierda con bolígrafo azul: MATEO—.
Mateo lo tomó. Lo abrió. Dentro había un papel —un papel doblado en tres, con la caligrafía de Lorena—. Y el papel decía:
La llave ya está girando. No eres solo. — L.
Mateo leyó la nota. La dobló. La guardó en el bolsillo —el bolsillo donde ya estaban el acta, la carta de Esteban, el papel de estraza de Mercedes, los papeles de carbón—. Y ahora, además, la nota de Lorena. Siete documentos. Siete pruebas. Siete eslabones.
El número de las canciones que Don Jairo había destruido.
Y la octava —la canción que Don Jairo no podría destruir— estaba a nueve horas de salir al aire.
Mateo se levantó. Se vistió —la camisa blanca de lino de la grabación, los pantalones khaki, los zapatos de cuero marrón—.
Tomó el King 3B del estuche —el estuche donde Aitana había escondido versos y donde Héctor había guardado el micrófono Shure y donde Esteban había escondido la carta de 1963—.
Y con el King 3B en la mano y los documentos en el bolsillo y la canción en la sangre y la cuenta regresiva en la cabeza, Mateo salió del apartamento.
No hacia el club. No hacia la finca. No hacia Darío ni hacia Lorena ni hacia la radio.
Hacia la playa del Condado.
Porque antes de las tres —antes de la radio, antes de la finca, antes de todo— Mateo necesitaba hacer una cosa. La única cosa que le quedaba por hacer antes de que la canción dejara de ser suya y se convirtirtiera en aire.
Necesitaba tocarla.
Una última vez. Solo. Sin micrófono, sin cinta, sin Teac, sin músicos, sin productor, sin cuarto de caoba. Solo él y el trombón y el mar y el amanecer y la playa donde todo había empezado veinticinco días atrás —veinticinco días que contenían una vida entera—.
Mateo caminó hacia la playa. Y mientras caminaba, la canción cantaba —cantaba en la frecuencia que solo él oía, la frecuencia que era la sangre de Esteban y la memoria de Lola y el deseo de Aitana y la rabia de Carlitos y la esperanza de Kike y la paciencia de Fermín y la verdad de Florina y la justicia de Lorena y la palabra de Darío y el coraje de Mercedes—.
Todos cantaban. Y la canción era el coro.
Y en el este, donde el mar y el cielo se tocaban como dos manos que se buscan en la oscuridad, la primera luz del domingo 17 de agosto de 1985 se encendió —no como amanecer sino como señal: la señal de que el día había llegado, el día donde la canción saldría del cuarto de caoba y del sobre de Manila y del cuaderno de composición y se convertiría en lo que siempre había sido destinada a ser—.
Aire.
Libre.
Irreversible.
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
La estrofa leitmotiv —la que empezó todo, la que conectaba todo, la que era el cordón umbilical entre Mateo y Aitana y entre la canción y la verdad— sonó por última vez en la cabeza de Mateo antes de que la canción dejara de ser privada y se convirtiera en pública, antes de que la llave terminara de girar, antes de que la puerta se abriera y la salida estuviera ahí —ahí, al frente, esperando, como había estado esperando veinticinco años para que alguien la encontrara—.
Y Mateo caminó hacia el mar.
Y el mar lo esperó.
Y la canción cantó.
Y la noche que el silencio se rompió terminó.
Y el día que la canción sería libre comenzó.