CAPÍTULO 12 #7
Mercedes se deslizó por la escalera de caoba como una sombra —con los pies descalzos para no hacer ruido, con el vestido oscuro que se había puesto a las diez y que ahora era su disfraz de fantasma, con la certeza de quien ha hecho esto antes —no en esta finca, no con este cuaderno, pero con otros objetos, otros mensajes, otros versos pasados de mano en mano a lo largo de quince años de cocinar plátanos y pasar secretos—.
La finca a las cuatro de la mañana era el reino del silencio —el silencio de los que duermen, el silencio de los ojos que descansan, el silencio de Yago que dormía en el cuarto del segundo piso con la Browning en la mesita y la puerta cerrada y los sueños que no eran sueños sino simulacros de descanso porque los depredadores nunca descansan de verdad—.
Pero a las cuatro, incluso los depredadores bajaban la guardia —una hora, quizás dos, entre las cuatro y las cinco y media, cuando el amanecer no había llegado pero la noche ya se había cansado—.
Mercedes cruzó la cocina —la cocina donde Aitana había leído la pared hacía cinco horas, donde la ceniza de ocotillo seguía en las letras como una firma indeleble, donde el olor a plátano y a ajo y a café de colar se mezclaba con el olor a silencio y a estrategia y a mujer que ha decidido—. Y de la cocina al salón.
El salón de la finca era grande —el doble del club La Guasábara, con techo alto y piso de losa blanca y muebles de caoba que Don Jairo había comprado en una subasta de la hacienda de un azucarero arruinado en los años setenta—.
En la pared principal —la pared que daba al patio, la pared donde Don Jairo colgaba los retratos de los Heredia como quien cuelga trofeos— estaba el retrato de la abuela Heredia.
Era un óleo —grande, de metro y medio por un metro, con un marco de madera oscura tallada con motivos de hojas y flores que parecían gitano-andaluzas—.
La abuela Heredia miraba desde el lienzo con los ojos de los que fundan dinastías —ojos negros, profundos, impenetrables, los ojos de una mujer que había cruzado el Atlántico desde Cádiz en 1945 y que había llegado a Puerto Rico con dos maletas y un marido y la voluntad de construir algo que durara más que ella—.
Y detrás de esos ojos, detrás del lienzo, detrás del marco de madera oscura, estaba el hueco.
Mercedes levantó el retrato —con ambas manos, con el cuidado de quien levanta a un niño dormido, porque el retrato pesaba y si se caía el ruido despertaría a Yago y si Yago despertaba Mercedes no tendría tiempo de explicar—.
Y detrás del retrato, en la pared, estaba el hueco —un hueco pequeño, de veinte centímetros por quince, lo suficiente para guardar un cuaderno y nada más—.
Y dentro del hueco, el cuaderno azul.
Mercedes lo sacó —lo sacó con la reverencia con la que se saca algo que ha estado escondido durante años, como si el cuaderno pudiera sentir la luz y dolerle—.
Era un cuaderno de tapa de cuero azul —cuero genuino, de los que se usaban para los libros de contabilidad de las haciendas, con las páginas de papel grueso que absorbían la tinta sin sangrar y que duraban décadas sin amarillear—.
Y las páginas estaban llenas —llenas de números y nombres y fechas y rutas y muelles y cantidades y tipos de mercancía y destinos y contactos y todo lo que Don Jairo había documentado durante veintidós años como quien documenta un negocio legítimo, porque Don Jairo era meticuloso —tan meticuloso que guardaba los registros aunque guardar los registros fuera un riesgo, porque Don Jairo creía que el riesgo de no guardar era mayor que el riesgo de guardar—.
Mercedes abrió el cuaderno —no para leerlo sino para verificar que era el cuaderno correcto—. La primera página tenía una fecha: 12 de octubre de 1963. Y un nombre: Jairo Heredia Ortega. Y un título: Registro de Operaciones — Loíza a Cádiz.
Loíza a Cádiz. La ruta. La ruta que empezaba en los muelles de Puerto Rico y terminaba en los muelles de España y que pasaba por las aguas del Caribe y del Atlántico y que transportaba no ron ni azúcar ni tabaco sino mujeres —mujeres que se llamaban como se llaman las mujeres que nadie busca, mujeres que desaparecían como desaparecen las cucharas en la cocina de la finca, mujeres que iban al mar como van las lágrimas—.
Mercedes cerró el cuaderno. Lo envolvió en un paño —un paño de cocina, el primero que encontró, un paño blanco con bordes rojos que Lola había bordado hace quince años y que ahora servía como envoltura de la prueba—. Y se dirigió a la puerta.
La puerta del patio trasero —la puerta que Lola le había enseñado, la puerta que daba al campo oscuro y a las culebras y a la ruta de escape que ninguna mujer marcada había usado porque Don Jairo creía que la puerta no existía —y si no existía, no había que vigilarla—.
Mercedes abrió la puerta. El aire de la noche entró —aire salado, aire de mar, aire que olía a hierba y a ocotillo y a algo más que Mercedes reconoció inmediatamente: a lluvia.
Llovía en Loíza. Una lluvia fina, caribeña, la que no se ve pero se siente, la que no moja pero empapa, la que limpia el aire y la tierra y la piel y que ahora iba a limpiar la ruta de Mercedes —la ruta que iba del patio trasero de la finca a la carretera 187, y de la carretera 187 al pueblo de Loíza, y del pueblo de Loíza a un teléfono público, y del teléfono público a Lorena, y de Lorena al FBI, y del FBI a la justicia—.
Mercedes salió. La puerta se cerró detrás de ella —sin llave, sin ruido, sin que nadie la oyera—.
Y Mercedes caminó por el patio —el patio donde los camiones blancos aparcaban de día y que ahora estaba vacío, los camiones dormidos como elefantes grises bajo la lluvia fina—.
Cruzó el patio. Llegó al campo —el campo de hierba alta y tierra mojada y oscuridad y culebras y la ruta que Lola había trazado con la memoria y que Mercedes ahora recorría con los pies—.