CAPÍTULO 12 #6
—Pero Don Jairo puede quemarte a ti —dijo Lorena.
—Sí —dijo Mateo—. Puede. Y si lo hace, la canción sigue sonando.
Porque la canción no es mía —nunca fue mía—.
La canción es de Esteban, de Lola, de Aitana, de Enrique, de Fermín, de ti, de Carlitos, de Darío, de Mercedes, de Doña Iris, de las ocho del camión, de las trescientas.
La canción es de todos los que Don Jairo ha silenciado.
Y si Don Jairo me mata, la canción no muere —la canción se multiplica, como se multiplican las copias que Darío está haciendo ahora, como se multiplican las ondas que saldrán de la antena de WIPR a las tres de la tarde, como se multiplican las voces de quienes la oigan y la canten y la transmitan—.
La canción es un incendio, Lorena. Y Don Jairo puede apagar la cerilla —pero no puede apagar el incendio.
Lorena lo miró —lo miró con la mirada que no era admiración ni miedo sino la mirada de quien entiende que está frente a algo que no se ve todos los días: un hombre que ha encontrado su propósito y que ha decidido que el propósito es más grande que la vida—.
—¿Vas a ir a la finca? —preguntó.
—Voy a ir —dijo Mateo—. No porque Don Jairo lo ordene sino porque Aitana está ahí. Y porque Mercedes está ahí. Y porque el cuaderno azul está ahí. Y si no voy, no hay quién los saque.
—¿Los tres?
—Los tres. Aitana sale con la verdad —la carta de Esteban, el acta real, la prueba de que la marca es mentira—.
Mercedes sale con el cuaderno azul —la contabilidad de Don Jairo, los nombres, los números, las rutas—.
Y yo salgo con la canción —o no salgo, pero la canción ya habrá salido al aire a las tres, así que da lo mismo—.
—Da lo mismo —repitió Lorena—. Mateo, no da lo mismo.
Si mueres, la canción pierde al compositor.
Y si la canción pierde al compositor, pierde la historia.
Y si pierde la historia, Don Jairo puede contar otra historia —la que él quiera, la que diga que la canción era mentira, que Mateo era un loco, que todo fue una fantasía de un trombonista obsesionado—.
—Entonces la canción tiene que contar su propia historia —dijo Mateo—.
Y la cuenta. Cada estrofa es un capítulo.
Cada verso es una prueba. Y cuando la canción suene en la radio, la gente va a saber lo que dice —va a saber de los celos del viento y de las palabras que van al aire y de las lágrimas que van al mar y de la pregunta que dice dime Gitanita a dónde va y de la respuesta que es la nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía—.
Y la gente va a conectar los versos con la realidad —con los camiones, con las mujeres, con la marca, con Don Jairo—.
Y cuando la gente conecte, Don Jairo pierde.
Porque el poder de Don Jairo no es el dinero ni los camiones ni los ojos ni la marca.
El poder de Don Jairo es el silencio. Y la canción rompe el silencio.
Y cuando el silencio se rompe, el poder se derrumba.
Lorena se quedó quieta —la quietud de quien está viendo la pieza final del rompecabezas encajar en el lugar que le corresponde—.
Y entonces hizo algo que no había hecho en los dos años que llevaba documentando a Don Jairo: sonrió.
No una sonrisa grande —una sonrisa pequeña, como una grieta en una pared, como una rendija en una puerta, como la primera luz que entra cuando la llave gira—.
—La canción es la citación —dijo—. Lo dijiste antes.
—Y lo repito ahora —dijo Mateo—. La canción es la citación. Y la citación se entrega a las tres de la tarde. En la radio. A todo Puerto Rico.
Lorena se levantó de la silla. Caminó hacia la puerta —la puerta del apartamento de Mateo, la puerta que se había abierto para ella a la una de la mañana y que ahora se abría para algo más: la confirmación de un plan que tenía la forma de una canción—.
—Mateo —dijo Lorena desde la puerta—. Si no sales de la finca…
—Si no salgo de la finca —interrumpió Mateo—, la canción ya habrá sonado.
Y si la canción ya habrá sonado, Aitana ya habrá oído la canción.
Y si Aitana ya habrá oído la canción, Aitana sabrá que la marca es mentira y que el amor era verdad y que la canción era la carta que Esteban nunca pudo entregar y que yo entregué —no a ella, sino al aire, que es donde las cartas van cuando no hay correo—.
Y si Aitana sabe eso, Aitana es libre. No importa lo que pase después —Aitana es libre en el momento en que la canción suena.
Porque la canción la desata. La canción es la llave. Y la llave ya está girando.
Lorena asintió —no porque estuviera de acuerdo sino porque no había nada más que decir.
El plan estaba trazado. Las piezas estaban en movimiento.
La cinta con Darío. Las copias en camino.
El FBI a las ocho. La radio a las tres. La finca a las seis.
Y entre la radio y la finca, tres horas donde la canción sería aire y el aire sería libertad y la libertad sería irreversible—.
—Nos vemos mañana —dijo Lorena—. A las tres. En la radio.
—A las tres —dijo Mateo—. En la radio.
Lorena se fue. La puerta se cerró. Y Mateo se quedó solo —solo con los documentos en la mesita y la canción en la frecuencia y el reloj contando las horas hacia las tres, hacia la cita donde la canción dejaría de ser cinta y se convertiría en aire—.
Mateo se acostó. No para dormir —dormir era imposible, como era imposible dormir la noche antes de una grabación o la noche antes de un huracán o la noche antes de cualquier cosa que cambia la vida—.
Sino para descansar el cuerpo, porque el cuerpo necesitaba estar listo para lo que venía —las seis de la tarde, la finca, Don Jairo, la confrontación final—.
Y en la oscuridad del apartamento, con los ojos cerrados y la canción en la sangre y los documentos en la mesita y el reloj contando, Mateo pensó en Aitana.
Pensó en Aitana en la finca —en el cuarto del tercer piso, con la ventana al mar, con la marca en el hombro, con la ceniza de ocotillo en los dedos que había tocado la pared de Mercedes—.
Pensó en Aitana durmiendo sin miedo por primera vez en once años —porque la canción estaba grabada y la carta estaba escrita y la llave estaba girando—.
Pensó en Aitana libre —no la Aitana del club ni la Aitana del muelle ni la Aitana del papel de estraza sino la Aitana que iba a existir después de que la canción sonara: la Aitana sin marca, la Aitana que era Martínez Vega, la Aitana que era hija de Esteban y nieta de la verdad y heredera de la canción—.
Y pensó en Lola.
Lola —la mujer que bailó frente a Don Jairo en 1960 y que amó a Esteban en secreto y que fue marcada en 1961 y que murió en 1975 y que nunca dejó de bailar aunque nadie la viera—.
Lola, que le enseñó a Mercedes las rutas de escape y la ceniza de ocotillo y la frase que ahora era la llave: La canción es la carta.
La carta es la llave. La llave abre la puerta.
Y la puerta es la salida. Lola, que había escrito versos en papel de estraza con carbón de leña y que había dejado los versos en la cocina de la finca para que Aitana los encontrara y Aitana los copiara y Aitana los escondiera en el estuche del trombón de Mateo y Mateo los convirtiera en canción y la canción se convirtiera en cinta y la cinta se convirtiera en copia y la copia se convirtiera en onda y la onda se convirtiera en aire y el aire se convirtiera en libertad—.
La cadena era larga —veinticinco años, de Lola a Aitana, de Aitana a Mateo, de Mateo a la cinta, de la cinta al aire—.
Pero la cadena no se rompía. No se había roto cuando Don Jairo marcó a Lola.
No se había roto cuando Enrique murió en el muelle.
No se había roto cuando Aurelio interceptó la carta.
No se había roto cuando las siete canciones fueron destruidas.
Y no se iba a romper ahora —porque la cadena no era de metal ni de carne sino de canción, y la canción era la cosa más irrompible del mundo—.
Mateo cerró los ojos. Y en el espacio entre la vigilia y el sueño —ese espacio donde la conciencia flota como una nota suspendida esperando el acorde que la resuelva—, la canción cantó.
No la canción del primer bloque ni la del segundo sino la canción completa —los dos bloques juntos, los treinta y ocho minutos y seis segundos de verdad grabada, la canción que era amor y rabia y esperanza y pregunta y vigilia y mandato y leitmotiv— todo a la vez, como si alguien hubiera puesto las dos cintas una al lado de la otra y las hubiera tocado simultáneamente y el sonido resultante fuera más que la suma de las partes —fuera la canción entera, la que existía desde antes de que Esteban la escribiera y que seguiría existiendo después de que Mateo dejara de tocarla—.
Por si un día me muero
Y tú lees este papel
Que sepas lo mucho que te quiero
Aunque no te vuelva a ver
La primera estrofa —la carta-testamento, la que Mateo había escrito en el Capítulo 3, la que era la carta dentro de la carta, la confesión dentro de la confesión— resonó en la oscuridad del apartamento como una voz que venía de más lejos que la memoria —de la sangre, de la historia, de la canción misma—.
Y Mateo durmió —no el sueño profundo de quien no tiene preocupaciones sino el sueño ligero de quien se acuesta con el oído alerta y el corazón encendido y la canción como vigía, la canción que no dormía porque la canción no necesitaba dormir —la canción era la centinela, la que velaba mientras el compositor descansaba, la que esperaba las tres de la tarde con la paciencia de quien sabe que el aire la espera—.
Domingo 18 de agosto de 1985 — 4:00 a.m
La finca — Loíza