GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 12 #5
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CAPÍTULO 12 #5

Doña Iris se levantó de la silla. Caminó hacia la pared donde colgaban las fotos —las fotos de la familia, de los hijos, del esposo, de Mercedes—.

Y en la foto de Mercedes —una foto de hace diez años, cuando Mercedes tenía cuarenta y pesaba ciento cuarenta libras y sonreía con la sonrisa de quien no sabe que va a pasar quince años cortando plátanos— doña Iris puso la mano. Y la mano temblaba.

—Llame al FBI —dijo doña Iris—. Diga que mi hermana desapareció. Diga que fue Don Jairo. Diga todo. Yo firmo lo que tenga que firmar. Yo testifico lo que tenga que testificar. Quince años callada es suficiente.

Lorena asintió. Y sacó la libreta —la libreta de espiral, la que contenía dos años de documentación sobre Don Jairo, los camiones, las mujeres, los muelles, los nombres—. Y escribió en la primera página limpia:

Denuncia federal — Desaparición de Mercedes Vega, ciudadana puertorriqueña, retenida en la finca de Jairo Heredia, Loíza. Denunciante: Iris Vega, hermana. Fecha: 16 de agosto de 1985. Hora: 11:45 p.m.

La denuncia existía. En tinta, en papel, en la libreta de Lorena.

Y mañana —hoy, porque ya era domingo— la denuncia sería una llamada al FBI.

Y la llamada al FBI sería una piedra en el estanque de Don Jairo —no una piedra grande sino una piedra precisa, lanzada en el punto exacto donde las ondas causarían la máxima perturbación—.

Lorena se levantó. Le dio a doña Iris un número —el número de la línea directa del FBI en San Juan, el que había conseguido a través de un contacto en la facultad de derecho, el que funcionaba las veinticuatro horas—.

—Llame a las ocho de la mañana —dijo Lorena—.

No antes —necesito que mi contacto confirme que el agente de turno es el correcto—.

Y cuando llame, diga exactamente esto: Mi hermana Mercedes Vega ha sido retenida contra su voluntad en la propiedad de Jairo Heredia en Loíza.

Soy su hermana. Tengo pruebas. Y cuelgue.

No dé más información. No dé su dirección.

Solo el nombre y la propiedad. El FBI hará el resto.

Doña Iris tomó el número —con la mano que ya no temblaba, la mano que había encontrado el lugar donde la decisión se convierte en acción—.

—A las ocho —dijo.

—A las ocho —confirmó Lorena.

Lorena salió del apartamento. Bajó las escaleras.

Caminó por la plaza de Bayamón —la plaza vacía, la plaza con la iglesia cerrada y la fuente apagada y los bancos donde los viejos se sentaban durante el día a contar historias y que ahora estaban vacíos como todo estaba vacío a medianoche en Bayamón—.

Y en la plaza, con el teléfono público junto a la fuente, Lorena marcó el número de Mateo.

Un timbrazo. Dos. Tres.

Nadie contestó.

Lorena colgó. Miró el reloj —las doce y cinco—. Mateo no contestaba. Y si Mateo no contestaba a las doce y cinco de la noche, algo estaba pasando —o algo había pasado—. Pero Lorena no podía ir al club. No a medianoche. No con los ojos de Don Jairo patrullando.

Lorena caminó hacia el estacionamiento donde había dejado el carro —un Datsun 210 del 82 que arrancaba cuando quería y que ahora, por alguna razón cósmica, arrancó al primer intento—.

Y condujo hacia Santurce —hacia la calle donde Mateo vivía, hacia el apartamento donde Mateo dormía o no dormía, hacia el hombre que tenía la carta de Esteban y el acta de Aitana y la canción en el bolsillo y el ultimátum de Don Jairo en la cabeza—.

§

Domingo 18 de agosto de 1985 — 1:15 a.m

Apartamento de Mateo — Santurce

Mateo estaba despierto.

No porque no pudiera dormir —aunque no podía— sino porque la canción no lo dejaba.

La canción seguía sonando en su cabeza —no como recuerdo sino como presencia, como si el segundo bloque estuviera tocándose en algún lugar dentro de su cráneo que no era la memoria sino la frecuencia donde la canción vivía cuando el cuerpo no estaba tocando—.

Y la frecuencia no se apagaba —seguía vibrando, como un diapasón que alguien golpeó hace tres horas y que sigue vibrando porque la frecuencia es la naturaleza del metal y el metal no descansa—.

Mateo estaba sentado en la cama —la cama de su apartamento, la cama donde dormía desde que se mudó hace cuatro años, la cama que estaba frente a la ventana que daba a la calle y que a veces dejaba entrar el sonido de los carros y a veces dejaba entrar el sonido de la lluvia y que esta noche dejaba entrar el sonido del silencio —el silencio de Santurce a la una de la mañana, que no era silencio real sino la ausencia de los sonidos del día, reemplazados por el zumbido de los postes eléctricos y el roce de las hojas de las palmeras y el latido del Caribe que siempre estaba ahí, constante, como el pulso de alguien que no se enferma—.

En la mesita de noche, los documentos estaban ordenados como un expediente:

El acta de nacimiento de Aitana —Martínez Vega, padre en blanco, copia del Registro Demográfico—.

La carta de Esteban —el sobre de 1963, sellado, nunca abierto, con la caligrafía de Esteban y la dirección que decía Para Lola Martínez. Donde Mercedes, La Guasábara. Urgente.

El papel de estraza de Mercedes —La canción es la carta. La carta es la llave.

Los papeles de carbón de la Selectric —los informes fantasma, los nombres, los camiones—.

El informe de los camiones —la lista de Dominga Vega, las diecisiete mujeres, las fechas, los muelles—.

El cuaderno de composición —las estrofas del primer y segundo bloque, los apuntes, la nota sobre la grabación de esta noche—.

Seis documentos. Seis pruebas. Seis eslabones de la cadena que conectaba 1963 con 1985, que conectaba a Esteban con Mateo, que conectaba a Lola con Aitana, que conectaba la marca con la mentira y la mentira con la canción y la canción con la verdad.

Mateo miró los documentos. Y pensó en lo que tenía que pasar antes del domingo a las seis —antes de la cita con Don Jairo, antes del ultimátum—.

La lista era corta pero imposible:

Confirmar que la cinta estaba con Darío y que las copias se estaban haciendo.

Confirmar que Lorena iba a activar la denuncia del FBI.

Confirmar que la canción iba a salir al aire —domingo a las tres, en WIPR, con Toño Fuentes.

Sobrevivir hasta entonces.

Lo último era lo más difícil —no porque Mateo tuviera miedo de morir sino porque la muerte era una posibilidad real, concreta, con nombre y fecha y dirección: Domingo 17 de agosto, finca de Don Jairo, las seis de la tarde—.

Y si Mateo iba a la finca —como Don Jairo le había ordenado en el mensaje de la Selectric: Domingo a las seis.

Finca. Traiga la cinta y el cuaderno— no iba a volver.

Lo sabía con la certeza con la que se saben las cosas que no necesitan confirmación: Don Jairo no iba a dejarlo ir.

La orden era una trampa —la trampa más antigua del mundo: la promesa de la negociación que es en realidad la invitación al matadero—.

Pero Mateo también sabía que no ir era peor que ir.

Si no iba, Don Jairo enviaría a Yago. Y Yago no negociaría —Yago tomaría.

La cinta, el cuaderno, la canción, todo.

Y si tomaba todo, todo desaparecería —como habían desaparecido las siete canciones anteriores, como habían desaparecido los compositores, como habían desaparecido los mensajeros—.

La historia se repetiría por octava vez.

A menos que la canción saliera al aire.

Porque si la canción salía al aire —si sonaba en WIPR a las tres de la tarde, antes de la cita de las seis—, Don Jairo no podría destruirla.

La canción ya sería aire. Y el aire no se puede confiscar, no se puede quemar, no se puede marcar con ocotillo.

El aire es libre —libre como la frecuencia que cruza la isla a la velocidad de la luz, libre como las lágrimas que van al mar, libre como las palabras que van al aire—.

Mateo miró el reloj —la una y veinte—. Quedaban dieciséis horas y cuarenta minutos.

Y entonces alguien tocó la puerta.

No un golpe —dos golpes, pausa, un golpe. El código de Darío. Pero Darío no sabía dónde vivía Mateo —o sí lo sabía, porque Kike podía habérselo dicho, porque la información fluía como fluía la canción: de persona a persona, de boca a boca, de mano a mano—.

Mateo se levantó. Caminó hacia la puerta —la puerta del apartamento, la puerta que no tenía cerrojo porque Mateo nunca había necesitado un cerrojo, porque un trombonista que vive solo en Santurce no necesita cerrojos sino buena suerte—. Y abrió.

Era Lorena.

Lorena Segarra estaba de pie en el rellano —con los ojos rojos de quien no ha dormido, con la libreta de espiral bajo el brazo, con la cara de quien ha pasado la noche tomando decisiones que no quería tomar pero que tenía que tomar—.

—Te llamé —dijo Lorena—. No contestaste.

—Estaba despierto.

—Lo sé. Por eso vine.

Mateo la dejó entrar. Lorena se sentó en la silla junto a la ventana —la silla donde doña Lydia se sentaba cuando venía a limpiar los martes, la silla que tenía una mancha de café en el asiento que nadie había podido quitar—.

—Doña Iris va a llamar al FBI a las ocho —dijo Lorena sin preámbulos—. La hermana de Mercedes. Denuncia por desaparición. El FBI va a moverse —lento, pero se va a mover—.

—Bien.

—¿Y la cinta?

—Con Darío. Kike la llevó. Las copias se están haciendo ahora.

—¿Cuántas?

—Cinco mínimo. Una para ti, una para Darío, una para Salcedo, dos para fuera de Puerto Rico.

—¿Y la radio?

—WIPR —dijo Mateo—. Domingo a las tres. Toño Fuentes.

Lorena procesó la información —con la precisión de la estudiante de derecho que evalúa cada pieza del caso antes de confirmar la estrategia—.

—A las tres la canción sale al aire. A las seis tienes la cita con Don Jairo. Tres horas de margen.

—Tres horas —confirmó Mateo—. Si la canción suena a las tres, a las seis Don Jairo ya la ha oído.

Y si Don Jairo la ha oído, no puede pretender que no existe.

Y si no puede pretender que no existe, no puede destruirla —porque la canción ya no es una cinta ni un cuaderno ni un papel de estraza: es el aire de Puerto Rico, y el aire no se puede quemar—.