GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 12 #4
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CAPÍTULO 12 #4

—Hay algo más —dijo Mercedes—. Detrás del retrato.

—¿Qué retrato?

—El de la abuela Heredia. En el salón. Detrás del retrato hay un cuaderno azul.

Yo lo vi hace tres años, cuando Doña Jairo me mandó a limpiar el salón antes de la fiesta del aniversario.

El retrato estaba torcido y yo lo enderecé y vi que detrás había un hueco en la pared y dentro del hueco había un cuaderno —azul, con la tapa de cuero, con las páginas llenas de números y nombres y fechas—.

No lo leí. Pero sé lo que es —porque los números eran los mismos números que Yago copiaba en la Selectric los miércoles, los números de los camiones, los números de las mujeres, los números del negocio—.

Aitana procesó la información —con la velocidad de quien ha aprendido a pensar rápido porque la vida en la finca no permitía pensamiento lento—.

El cuaderno azul. El registro completo. La contabilidad de Don Jairo —los nombres de las mujeres, las fechas de los embarques, los muelles, los contactos, los números—.

Todo lo que Lorena necesitaba para documentar el caso.

Todo lo que Darío necesitaba para publicar.

Todo lo que el FBI necesitaría si Lorena activaba la denuncia.

—¿Puedes sacarlo? —preguntó Aitana.

—No esta noche —dijo Mercedes—. Yago está abajo. Y si Yago me ve en el salón a las once de la noche, no va a preguntar —va a actuar.

—¿Mañana?

—Mañana —dijo Mercedes—. Antes del amanecer. Cuando Yago duerme y los ojos duermen y la finca está en el nivel más bajo de vigilancia —entre las cuatro y las cinco—. Yo saco el cuaderno. Y lo saco de la finca.

—¿Cómo?

—Por la puerta de la cocina. La puerta que da al patio de atrás, la que Don Jairo no vigila porque da al campo y Don Jairo cree que nadie sale por el campo —porque el campo es oscuro y tiene culebras y la gente del clan no sale al campo de noche—.

Pero yo conozco el campo. Lola me enseñó —Lola me enseñó todas las rutas de escape cuando yo empecé a trabajar aquí, porque Lola decía que toda mujer que vivía en la finca necesitaba saber cómo salir aunque nunca saliera—.

Aitana miró a Mercedes —la cocinera, la combatiente, la mujer que había sido la línea de comunicación durante años y que ahora se revelaba como algo más: como la guardiana de las rutas de escape, como la heredera de Lola, como la mujer que conocía las puertas que Don Jairo creía cerradas—.

—¿Y después? —preguntó Aitana—. ¿Después de sacar el cuaderno?

—Después llevo el cuaderno donde tiene que estar.

Con Lorena. Y si Lorena tiene el cuaderno y la canción en la radio y la denuncia del FBI y el acta de tu nacimiento…

—Mercedes hizo una pausa—… entonces Don Jairo pierde.

Porque Don Jairo tiene los camiones y los ojos y la marca y la finca y los hombres armados.

Pero no tiene la verdad. Y la verdad, cuando sale del escondite, es más fuerte que cualquier marca.

Aitana asintió —un gesto que era más que un gesto: era una confirmación, un pacto, un juramento—. Y extendió la mano —la mano con la ceniza de ocotillo en los dedos, la mano que había tocado las letras de la pared y que ahora se ofrecía como sello—.

Mercedes tomó la mano. Y la ceniza de ocotillo pasó de los dedos de Aitana a los dedos de Mercedes —la hierba de la marca convertida en la hierba de la promesa, el símbolo del cautiverio convertido en el símbolo de la liberación—.

—La canción es la carta —dijo Aitana.

—La carta es la llave —respondió Mercedes.

—La llave abre la puerta.

—Y la puerta es la salida.

Las cuatro frases —las mismas que Mercedes había escrito en la pared, las mismas que Mateo había leído en el papel de estraza, las mismas que Lola le había enseñado a Mercedes veinte años atrás— se dijeron en voz alta por primera vez en la cocina de la finca donde todo había comenzado y donde ahora, veintidós años después, dos mujeres se tomaban de las manos con ceniza de ocotillo en los dedos y pactaban la última salida —la salida que Lola no pudo tomar, la salida que Esteban no pudo abrir, la salida que la canción había mantenido cerrada pero desbloqueada, esperando a que alguien girara la llave—.

Aitana soltó la mano de Mercedes. Volvió al pasillo.

Subió las escaleras —la escalera de caoba, la misma que había bajado hacía cinco minutos y que ahora subía con una velocidad nueva, la velocidad de quien ha decidido y que después de decidir no necesita ser rápida sino precisa—.

Llegó al tercer piso. Entró en su cuarto. Cerró la puerta.

Y en la oscuridad del cuarto, con la marca en el hombro y la canción en la sangre y la ceniza en los dedos y la promesa en la memoria, Aitana hizo algo que no había hecho desde que tenía diez años: se acostó en la cama y durmió sin miedo.

No porque el peligro hubiera desaparecido —el peligro seguía ahí, como el mar sigue ahí cuando te duermes en la playa—.

Sino porque la canción estaba grabada. Y la carta estaba escrita.

Y la llave estaba girando. Y la puerta se estaba abriendo.

Y la salida —la salida que Lola no pudo tomar— estaba al alcance.

Y Aitana durmió.

Por primera vez en once años, Aitana durmió como duerme la gente que no tiene marca: sin despertar a las tres, sin soñar con el ocotillo, sin el peso en el hombro.

Porque la marca seguía ahí —pero la marca ya no significaba lo que significaba antes.

Antes la marca era la firma de Don Jairo: esta mujer es mía.

Ahora la marca era la firma de la canción: esta mujer es libre, aunque no lo sepa todavía.

Sábado 17 de agosto — 11:30 p.m

Bayamón

Lorena Segarra encontró la farmacia de la plaza de Bayamón a las once y media de la noche —una farmacia pequeña, de esas que cierran a las nueve pero que tienen un timbre nocturno para emergencias, de esas donde el farmacéutico vive en el segundo piso y baja en pijama si alguien necesita medicina a deshora—.

Pero Lorena no tocó el timbre de la farmacia. Tocó la puerta del apartamento del segundo piso —el apartamento donde vivía la hermana de Mercedes, según la información que Carlitos le había dado a Mateo y que Mateo le había dado a Lorena—.

Una mujer abrió —cincuenta y pico de años, bata de casa, rulos en el pelo, los ojos hinchados de quien ya estaba durmiendo cuando alguien tocó la puerta—.

—¿Doña Iris?

—¿Quién es usted?

—Me llamo Lorena Segarra. Soy estudiante de derecho. Y soy amiga de su hermana Mercedes.

La cara de doña Iris cambió —los ojos hinchados se abrieron, los rulos se movieron, la bata se ajustó—.

Amiga de Mercedes. En Bayamón, en Santurce, en cualquier lugar de Puerto Rico donde una mujer trabajaba de cocinera en un club de segunda y tenía una hermana en Bayamón, amiga de Mercedes era una frase que no se oía a las once y media de la noche sin que algo grave estuviera pasando.

—Pase —dijo doña Iris.

Lorena entró. El apartamento era pequeño —sala-comedor-cocina en un espacio que habría sido amplio para una persona pero que era estrecho para dos, con las fotos de la familia en la pared y una televisión que mostraba un programa nocturno con el volumen bajo y el olor a café que aún flotaba en el aire—.

—¿Mercedes está bien? —preguntó doña Iris antes de que Lorena pudiera sentarse.

—Mercedes está en la finca de Don Jairo —dijo Lorena—. Pero no está ahí porque la obligaron. Está ahí porque ella eligió ir.

Doña Iris se sentó —lentamente, como quien se sienta cuando las piernas ya no sostienen el peso de la noticia—.

—Mi hermana ha estado quince años en esa cocina —dijo doña Iris—.

Quince años cortando plátanos para Don Jairo.

Quince años sin que yo pudiera hacer nada porque Don Jairo tiene los ojos y los ojos ven y si los ojos ven a una hermana que pregunta, la hermana desaparece.

Y yo no puedo desaparecer porque tengo una hija en la universidad y un esposo enfermo y una farmacia que me da de comer.

Así que he callado. Quince años callada.

Y ahora usted me dice que Mercedes eligió ir. ¿A elegir qué?

—A elegir pelear —dijo Lorena—. Mercedes sabe algo que Don Jairo no quiere que se sepa. Y Mercedes está en la finca porque quiere documentarlo —desde adentro, donde los ojos de afuera no pueden llegar—.

—¿Documentar qué?

—Los camiones. Las mujeres. El negocio.

Doña Iris cerró los ojos —los cerró con la fuerza de quien cierra una puerta contra un viento que no quiere sentir—.

—Yo sabía —dijo—. No todo. Pero sabía. Mercedes me contaba cosas —no directamente, porque Mercedes no era directa, Mercedes era cocina, era metáfora, era Doña Iris, ¿sabe que hay mujeres que se pierden como se pierden las cucharas en la cocina?

Usted las pone en la mesa y cuando vuelve a buscarlas ya no están.

Y nadie sabe a dónde fueron. Yo sabía lo que quería decir.

Y yo callaba. Porque ¿qué iba a hacer? ¿Llamar a la policía?

La policía era de Don Jairo. ¿Ir al periódico?

El periódico tenía miedo. ¿Ir al FBI? —Doña Iris abrió los ojos—. ¿Usted dijo FBI?

—Dije FBI —confirmó Lorena—. Y necesito su ayuda para llamarlos.

—¿Mi ayuda?

—Mercedes es ciudadana. Si usted denuncia su desaparición, el FBI tiene que investigar. No la policía local —el FBI. Federal. Y el FBI no es de Don Jairo —no todavía, no en este caso—.

Doña Iris se quedó mirando a Lorena —con los ojos de quien pesa una decisión que ha estado esperando quince años para ser tomada—.

—¿Van a matar a mi hermana? —preguntó.

—No si actuamos rápido —dijo Lorena—. Si el FBI se mueve, Don Jairo tiene que reaccionar.

Y si reacciona, saca a Mercedes de la finca —porque Don Jairo no va a tener una mujer secuestrada en su propiedad cuando el FBI está buscando—.

Y si Mercedes sale de la finca, está a salvo —o más segura de lo que está ahora—.

—¿Y si no reacciona? ¿Y si Don Jairo decide que es mejor que Mercedes desaparezca?

—Entonces necesitamos la canción —dijo Lorena—. Y la canción ya está grabada.