CAPÍTULO 12 #3
—Cómo y cuándo son las dos preguntas que yo puedo responder —dijo Darío—.
Cómo: radio. La estación WIPR —la pública— tiene un programa de música puertorriqueña los domingos a las tres de la tarde.
El presentador es un hombre llamado Toño Fuentes, que tocó con Salcedo en los años setenta y que debe lealtad a la música, no a Don Jairo.
Si Salcedo lo llama y le pide que ponga la cinta, Toño la pone.
Y si la pone, la canción sale al aire —a todo Puerto Rico, a la isla entera, a cada radio que esté sintonizada en la frecuencia—.
—¿Y si Don Jairo lo impide?
—Don Jairo no puede impedir una transmisión de radio —no físicamente, no en tiempo real—.
Puede amenazar a Toño después. Puede ir a la estación y destrozar el estudio.
Pero no puede detener las ondas cuando ya salieron.
Las ondas viajan a la velocidad de la luz.
En el momento en que la canción suene en la antena de WIPR, la canción estará en el aire de Puerto Rico —en el aire de todo el Caribe—.
Y Don Jairo puede romper la cinta, quemar el estudio, callar a Toño, pero no puede atrapar las ondas que ya salieron. Las ondas no tienen dueño.
Kike respiró —un respiro profundo, como el que se toma después de haber contenido la respiración durante kilómetros—. La estrategia tenía forma: grabación, copia, distribución, radio. Cuatro pasos. Y los cuatro estaban en movimiento.
—¿Cuándo? —preguntó Kike—. ¿Domingo a las tres?
—Domingo a las tres —confirmó Darío—. Pero hay una condición.
—¿Cuál?
—Que Mateo sobreviva hasta el domingo a las tres.
El silencio que siguió no era vacío —era peso.
El peso de la condición más obvia y más terrible: la canción podía salir al aire, pero el compositor tenía que estar vivo cuando sonara.
Y entre ahora y el domingo a las tres había catorce horas y treinta minutos, y en esas catorce horas y media Don Jairo tenía tiempo suficiente para encontrar a Mateo, encontrar la cinta, y destruirlo todo.
—Mateo va a sobrevivir —dijo Kike—. Y la canción va a sonar.
—Eso dijiste la última vez —dijo Darío—. Y la última vez traicionaste a Mateo.
—Lo sé —dijo Kike—. Y por eso esta vez no fallo.
Sábado 17 de agosto — 10:45 p.m
La finca — Loíza
Aitana no podía dormir.
No era el insomnio de siempre —el insomnio de la marca, el que la despertaba a las tres de la mañana con el peso del ocotillo en el hombro y la sensación de que algo la estaba llamando desde un lugar que no era un lugar sino una frecuencia—.
Era algo diferente. Era un zumbido —no en los oídos sino en el pecho, como un segundo corazón que latía en una velocidad distinta al primero, como una resonancia que no venía del exterior sino del interior, del lugar donde la canción vivía cuando Aitana no estaba cantando—.
La finca estaba quieta —la quietud del sábado en la noche, cuando los hombres jugaban dominó en la galería y las mujeres cocinaban en la cocina y los niños dormían y Don Jairo estaba en su estudio —el estudio del segundo piso, el cuarto con las persianas cerradas y la Selectric y los archivos y la lista de nombres y los mapas de las rutas y los camiones blancos aparcados en el garaje—.
Yago había vuelto —Aitana lo había oído entrar por la puerta lateral, con los pasos que no hacían ruido pero que ella reconocía porque Yago caminaba como caminan los depredadores: con la certeza de que el suelo se mueve debajo de ellos—.
Aitana estaba en su cuarto —el cuarto del tercer piso, el más alto de la finca, el que tenía una ventana que daba al mar y otra que daba a la sierra y una puerta que se cerraba con llave desde afuera cuando Don Jairo no quería que ella saliera—.
La marca en el hombro palpitaba —no de dolor sino de presión, como si la marca estuviera empujando hacia afuera, como si el ocotillo quisiera salir de la piel y volver a ser hierba y la hierba volviera a la tierra y la tierra se abriera y algo emergiera—.
Y entonces, a las diez y cuarenta y cinco, el zumbido se convirtió en canción.
No en sonido —no había sonido, no había radio, no hay música en el cuarto del tercer piso de la finca de Don Jairo porque Don Jairo no permitía radios en los cuartos de las mujeres marcadas—.
Sino en canción —la canción como organismo vivo, la canción como frecuencia que no necesitaba altavoces, la canción que fluía por el cordón umbilical y que entraba en el cuerpo de Aitana como el aire entra en los pulmones: sin pedir permiso, sin avisar, porque la canción no era algo que se escuchaba sino algo que se respiraba—.
Aitana cerró los ojos. Y la canción vino.
Primero el trombón —un Si bemol grave que reconocía porque era la nota con la que Mateo abría todo, la nota de la tierra, la nota que dice estoy aquí antes de decir cualquier otra cosa—.
Luego la voz —la voz de Mateo, pero no la voz del club sino la voz del cuarto de caoba, la voz que salía del estómago y cruzaba el pecho y no pedía permiso—.
Y las estrofas —las estrofas que Aitana conocía porque las había escrito antes de que Mateo las escribiera, las estrofas que eran suyas y de Mateo y de Lola y de Esteban y de la canción misma—:
Anoche vi en tus ojos que me querías, y te besé
Aitana sintió la estrofa como un beso —no un beso físico sino un beso magnético, un beso que cruzaba veinte kilómetros de distancia y aterrizaba en los labios de Aitana con la precisión de una brújula que encuentra el norte—.
Las palabras son de aire, y van al aire
Mis lágrimas son agua, y van al mar
Aitana sintió la pregunta —la pregunta que ella misma se había hecho mil veces: ¿a dónde va el amor cuando muere? Y la respuesta que no era respuesta sino eco: va al mar, va al camión, va al muelle, va al lugar donde van las cosas que Don Jairo se lleva—.
Y por los celos, los celos, los celos
A mí el corazón me arde, me arde
Aquí Aitana abrió los ojos —los abrió de golpe, como quien despierta de una pesadilla o como quien despierta a una verdad—.
Porque la rabia era suya. La rabia era lo que ella había escrito en el papel de estraza, lo que había escondido en el estuche del trombón de Mateo, lo que había sentido en la cocina de la finca cuando vio a Don Jairo contar billetes después de que el camión blanco saliera por la puerta trasera.
La rabia era la estrofa que compartía con Mateo no porque la hubiera copiado sino porque la rabia era de los dos —era la frecuencia en la que los dos vibraban, la nota común que hacía que el cordón umbilical no fuera metáfora sino biología—.
Y Aitana hizo algo que no había hecho desde que tenía catorce años —desde la noche en que la marcaron—. Se levantó de la cama. Cruzó el cuarto. Y abrió la puerta.
La puerta estaba sin llave —Yago no la había cerrado con llave porque Yago no pensaba que Aitana saliera. Yago pensaba que Aitana era una mujer marcada y que las mujeres marcadas no salían de noche y que no salían solas y que no abrían puertas sin permiso. Yago pensaba eso. Yago estaba equivocado.
Aitana salió al pasillo —el pasillo del tercer piso, oscuro, con la alfombra roja que Don Jairo había mandado poner cuando compró la finca en 1972 y que seguía ahí, gastada por los pies de tres generaciones de mujeres marcadas—.
Caminó hacia la escalera —la escalera de caoba, la misma que bajaba al segundo piso y al primero y a la cocina y a la puerta lateral y a la noche—. Y bajó.
Un piso. El segundo. El pasillo del segundo piso estaba oscuro también —pero al final del pasillo, debajo de la puerta del estudio de Don Jairo, se veía una línea de luz—.
Don Jairo estaba despierto. Don Jairo siempre estaba despierto.
Pero la puerta estaba cerrada y Don Jairo no podía ver el pasillo desde el estudio —el estudio daba al otro lado, hacia la sierra, hacia el lugar donde los camiones esperaban—.
Aitana bajó otro piso. El primero. La cocina —la cocina grande de la finca, la cocina donde Mercedes había llegado esa mañana y donde Mercedes estaba ahora, en el cuarto de atrás, con la ceniza de ocotillo en las manos—.
Aitana empujó la puerta de la cocina. Entró.
Y ahí estaba Mercedes.
Mercedes estaba de pie junto a la pared del fondo —la pared donde los estantes de especias formaban una fila como soldados en formación, donde el ocotillo y el cardamomo y la sal y el comino guardaban sus olores como un archivo de aromas—.
Y en la pared, entre el ocotillo y el cardamomo, Mercedes había escrito con ceniza.
Las letras eran irregulares —escritas con los dedos, con la ceniza humedecida por el vapor de la olla, con la caligrafía de quien escribe en la pared porque el papel se puede quemar pero la pared permanece—.
Aitana leyó lo que Mercedes había escrito —lo mismo que Mercedes le había dejado a Mateo en el papel de estraza sobre la mesa del club—:
La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.
Aitana miró a Mercedes. Mercedes miró a Aitana.
Y en la mirada —una mirada que duró tres segundos y que contenía veintidós años de complicidad silenciosa, de versos pasados de mano en mano, de mensajes cruzados entre la finca y el club, de cocina como oficina de correos— pasó algo que no necesitaba palabras.
—Lo sé —dijo Aitana—. La grabaron.
—Lo sé —dijo Mercedes—. La sentí.
—¿La sentiste?
—A las ocho —dijo Mercedes—. Cuando cantó Solo para ti. Sentí que el aire cambiaba. Como si alguien hubiera abierto una ventana en el cuarto de atrás del club y el aire entrara y el aire saliera y el aire me tocara la cara. Y supe que era la canción. Y supe que era tuya.
Aitana tocó la pared —tocó las letras de ceniza como quien toca la cara de alguien que no puede ver—.
Y la ceniza se quedó en los dedos —ceniza de ocotillo, la misma hierba con la que Don Jairo marcaba a las mujeres, la misma que Lola le había enseñado a Mercedes a usar para escribir en la pared, como si el instrumento de la marca pudiera convertirse en el instrumento de la liberación—.