GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 12 #2
44%

CAPÍTULO 12 #2

El papel que Mercedes había dejado —el que Mateo había leído y guardado en el bolsillo—.

Pero Yago no sabía que Mateo lo había guardado.

Yago veía el papel donde estaba —sobre la mesa, parcialmente escondido debajo del cuchillo de cortar plátano, con la tinta azul visible desde donde Yago estaba—. Yago lo tomó. Y leyó:

Estoy en la finca. No me buscaron —yo vine. Don Jairo no sabe que yo sé. Pero yo sé. Y lo que sé lo escribí en la pared del cuarto de atrás con ceniza de ocotillo, como me enseñó Lola. La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida. — M.

Yago leyó el papel dos veces —la primera para las palabras, la segunda para lo que las palabras no decían—.

Y lo que las palabras no decían era más importante que lo que decían: Don Jairo no sabe que yo sé.

¿Qué sabía Mercedes? ¿Qué podía saber una cocinera que Don Jairo no sabía?

¿Y cómo sabía Lola lo del ocotillo —Lola, la mujer marcada, la madre de Aitana, la que murió en 1975—?

Yago dobló el papel. Se lo guardó en el bolsillo —el bolsillo donde la pistola no estaba, el bolsillo donde ahora había una pregunta que no tenía respuesta—. Y se fue del club.

Pero antes de irse, hizo una última cosa: se paró frente a la puerta del cuarto de caoba —la puerta con la manta, la puerta que había dejado de ser puerta y se había convertido en umbral entre el mundo de la música y el mundo del silencio—.

Y con la uña del pulgar, raspó la caoba —la caoba que había absorbido veintitrés minutos y diecinueve segundos de canción, la caoba que guardaba la resonancia como la piel guarda las cicatrices—.

Y la caoba, bajo la uña de Yago, produjo un sonido —un sonido breve, apenas un suspiro de madera, pero un sonido que contenía algo que Yago no esperaba: calor.

La caoba estaba caliente —no del calor de la noche sino del calor del sonido, el calor residual que la música dejaba en las paredes como una fiebre que tardaba en bajar—.

Yago retiró la mano. Miró la caoba como quien mira a un enemigo que ha descubierto un arma nueva. Y se fue.

El sedán azul oscuro arrancó. Las luces se encendieron.

Y el club quedó otra vez en silencio —un silencio que no era el silencio de antes sino un silencio nuevo: el silencio de la caoba que había sido tocada por la uña del depredador, el silencio de la cocina que había sido leída por los ojos del depredador, el silencio del cuarto que había sido buscado y vaciado y encontrado vacío —y que, por lo tanto, ya no era un secreto sino un campo de batalla—.

§

Sábado 17 de agosto — 10:30 p.m

Miramar

Kike llegó al apartamento 3B de la calle Canals a las diez y media —con la camiseta empapada de sudor y el sobre de Manila pegado al pecho como un segundo corazón, con el ritmo de los pasos acelerado por el miedo y la urgencia y la distancia que había recorrido desde el club hasta Miramar —cuatro kilómetros a pie, porque Kike no podía tomar un carro público con la cinta bajo la camiseta, no podía compartir el asiento con un extraño mientras cargaba veintitrés minutos y diecinueve segundos de canción prohibida, no podía exponer la cinta a la mirada casual de un pasajero que podría ser un ojo o podría ser un hombre cualquiera pero que Kike no podía arriesgarse a confirmar—.

El edificio era de tres pisos —concreto pintado de amarillo descolorido, escalera exterior de metal oxidado, buzón de correos sin nombres, la clase de edificio donde la gente vive sin que nadie sepa quién es, la clase de edificio donde los periodistas freelance y los estudiantes de derecho y los hombres con secretos encuentran refugio porque nadie pregunta y nadie recuerda—.

Kike subió las escaleras —los peldaños de metal resonaban como tambores bajo sus botas, cada golpe un eco que viajaba por el edificio y que Kike esperaba que no viajara más lejos que el rellano—.

Llegó al tercer piso. Apartamento 3B. Tocó la puerta —dos golpes, pausa, un golpe, el código que Darío le había enseñado hace tres meses cuando Kike aún trabajaba para Don Jairo y usaba el código para entregarle a Darío la información que Lorena filtraba—.

La puerta se abrió.

Darío Quiñones estaba ahí —treinta y cuatro años, barba de tres días, camisa de franela a cuadros, los ojos inyectados en sangre de quien lleva cuarenta y ocho horas sin dormir—.

Detrás de él, el apartamento era un caos organizado: papeles en cada superficie, una máquina de escribir IBM Selectric en la mesa del comedor, una grabadora de casete junto a la Selectric, una libreta de espiral abierta en la silla, una pila de periódicos en el suelo, y en la esquina —como un altar— una radio de onda corta con una antena que subía hacia el techo como una oración metálica.

—Kike —dijo Darío, y la voz era ronca, la voz de quien ha estado hablando consigo mismo durante horas—. Entra.

Kike entró. La puerta se cerró.

—Tengo la cinta —dijo Kike—. El segundo bloque. Veintitrés minutos. Acaba de grabarse.

Kike sacó el sobre de Manila de debajo de la camiseta —el sobre caliente por el calor del cuerpo, húmedo por el sudor, pero intacto, sellado, con la etiqueta que Salcedo había escrito con marcador negro: GITANA — BLOQUE 2 / 17/8/85 — 23:19 / M. Reyes / R. Salcedo / NO COPIAR — ORIGINAL—.

Darío tomó el sobre —con las dos manos, con la reverencia de quien recibe no un objeto sino un testigo—. Lo abrió. Sacó la caja de cartón TDK. Y de la caja sacó la cinta —la cinta C-90, delgada como una vena, marrón como la sangre seca, con la etiqueta que Salcedo había escrito—.

—¿Es la única copia? —preguntó Darío.

—Es el original. Salcedo no tuvo tiempo de copiarla. Su vuelo sale mañana a las once. La copia tiene que ser aquí.

—¿Tienes una grabadora?

—No. ¿Tú?

—Tengo una. —Darío caminó hacia un estante y sacó una grabadora de casete —una Sony TC-D5M, profesional, con entrada de línea y salida de línea y dos cabezales y la capacidad de hacer copias de primera generación que sonaban casi tan bien como el original—. ¿Cuántas copias necesitas?

—Las que puedas. Tres mínimo. Cinco si el tiempo alcanza.

—El tiempo alcanza —dijo Darío—. Una cinta C-90 tarda noventa minutos en copiarse a velocidad normal. Pero la grabación es de veintitrés minutos. Si uso alta velocidad —reel-to-reel a doble velocidad— puedo copiar en doce minutos. Tres copias en treinta y seis minutos. Cinco en una hora.

—Hazlo —dijo Kike—. Y después necesito que las copies se distribuyan.

—¿Distribuir? ¿A quién?

—Una para ti. Una para Lorena. Una para Salcedo —que la puede recoger en el aeropuerto antes de su vuelo—. Y las otras dos… —Kike dudó—. Las otras dos necesitan salir de Puerto Rico.

—¿Salir?

—A Nueva York. A Salcedo. A cualquier estación de radio que las toque. A cualquier lugar donde la canción pueda existir fuera del alcance de Don Jairo.

Darío asintió —con la rapidez del periodista que entiende la lógica de la distribución antes de que se la expliquen—. Y caminó hacia la Sony TC-D5M.

—Empiezo ahora —dijo—. Mientras copio, cuéntame todo.

Y Kike contó. Contó la grabación —las siete estrofas más el leitmotiv, el cordón umbilical, la caoba vibrando, la rabia de Mateo, los bongós de Carlitos golpeados con puños—.

Contó la carta de Esteban —el sobre de 1963, la caligrafía de Esteban, la dirección que decía Para Lola Martínez.

Donde Mercedes, La Guasábara. Urgente.—.

Contó lo de Mercedes —que no fue secuestrada sino que fue por voluntad propia, que escribió en la pared con ceniza de ocotillo, que era combatiente—.

Contó lo de Fermín —el testimonio del muelle, la muerte de Enrique, la nota del muerto—.

Y contó lo de Don Jairo —el ultimátum del domingo, la Selectric, la amenaza de que si Mateo no entregaba la cinta y el cuaderno antes de las seis de la tarde, las consecuencias serían permanentes.

Darío escuchó sin interrumpir —con la Sony girando y la cinta copiándose y el silencio del apartamento roto solo por el zumbido suave de la grabadora y la voz de Kike que contaba la historia de la canción que llevaba veintidós años esperando ser oída—.

Y cuando Kike terminó, Darío dijo algo que Kike no esperaba:

—Yo la conocí.

—¿A quién?

—A Lola. Yo tenía quince años. Mi madre me llevó a la finca de Don Jairo a entregar un encargo —mi madre trabajaba de costurera, cosía los trajes de las mujeres del clan—.

Y en la cocina vi a una mujer que no era del clan —se notaba, porque las mujeres del clan se movían como prisioneras y esta mujer se movía como alguien que había elegido estar ahí aunque no fuera cierto—.

Y la mujer me dio un vaso de agua y me dijo: Muchacho, si alguna vez puedes escribir, escribe lo que ves.

Porque lo que no se escribe se olvida, y lo que se olvida se repite.

Yo tenía quince años y no entendí. Pero ahora entiendo.

Lola sabía que la historia se iba a repetir.

Que si nadie escribía lo que pasaba, pasaría otra vez. Y otra vez. Y otra vez.

—¿Y tú escribiste?

—Escribí —dijo Darío—. Escribí sobre los camiones.

Sobre Dominga Vega. Sobre las diecisiete mujeres.

Sobre la red de muelles. Pero nunca escribí sobre Lola.

Nunca pude. Porque Lola era la historia dentro de la historia, la mujer que veía todo y que callaba todo, y escribir sobre ella era violar el silencio que ella había elegido —un silencio que no era cobardía sino estrategia, porque Lola sabía que si hablaba la mataban y si callaba vivía y si vivía podía criar a Aitana y si criaba a Aitana la canción podía existir—.

La Sony giró. La primera copia se completó —el sonido del click del botón de parada como un compás que marca el fin de un movimiento—. Darío sacó la cinta copiada. La etiquetó con un marcador: GITANA — BLOQUE 2 — COPIA 1. Y empezó la segunda.

—Hay algo más —dijo Kike—. Mateo me dijo que la canción va a salir al aire. Pero no dijo cómo. Ni cuándo.