GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La Noche que el Silencio se Rompió

Yago llegó al club en el sedán azul oscuro —el mismo sedán que había aparcado frente al club catorce noches atrás, el mismo que olía a cuero quemado y a colonia barata y a algo más profundo, algo orgánico, como el olor de un depredador que marca territorio antes de cazar—.

Pero esta vez no aparcó frente al club. Aparcó en la calle lateral —la calle donde la basura se acumulaba los sábados porque la municipalidad no recogía hasta el lunes, donde los faroles eran más escasos y las sombras más largas y donde un carro azul oscuro con cristales tintados podía pasar inadvertido si nadie lo buscaba—.

Yago bajó del sedán con la lentitud del hombre que no necesita apurarse porque el mundo se apura por él, con los ojos escaneando la fachada del club como un radar que barre la superficie del mar buscando el periscopio de un submarino.

El club estaba oscuro —la fachada apagada, el letrero de neón de La Guasábara apagado también, porque los sábados el club abría a las nueve y a las nueve y media no había nadie y doña Carmen había decidido cerrar temprano—.

Pero la puerta del callejón no estaba con candado.

Yago notó eso inmediatamente —notaba todo inmediatamente, porque su trabajo era notar, porque los ojos de Don Jairo no eran órganos pasivos sino armas activas, escáneres que procesaban información como un computador procesa datos: entrada, análisis, salida, acción—.

La puerta sin candado significaba que alguien estaba dentro.

O que alguien había salido sin poner el candado.

O que alguien quería que Yago pensara que alguien estaba dentro.

Las tres opciones eran posibles. Yago las catalogó en el orden inverso —la tercera era la más probable, porque en el mundo de Don Jairo las apariencias eran siempre intencionales—. Y entró.

El club a las diez de la noche era una caverna —una caverna de madera y metal y botellas y sombras, con la barra como un altar donde nadie rezaba y las mesas como tumbas donde nadie yacía—.

Yago caminó por el pasillo principal con pasos que no hacían ruido —un talento que había cultivado desde los diecinueve años, cuando Don Jairo lo mandó a vigilar a un hombre en Río Piedras y el hombre salió del apartamento antes de tiempo y Yago tuvo que esconderse detrás de un contenedor de basura durante tres horas sin hacer ruido, y aprendió que el silencio no era ausencia de sonido sino control del cuerpo—.

La cocina estaba vacía. Yago lo sabía —había llevado a Mercedes esa mañana, o más bien, Mercedes había ido con él, que era diferente aunque el resultado fuera el mismo: la cocinera en la finca, la cocina vacía, la línea cortada—. Pero Yago no buscaba a Mercedes. Buscaba la cinta.

El mensaje del patrón era claro —Yago lo había leído en la Selectric esa mañana antes de ir a la finca: Reyes grabó el primer bloque la semana pasada.

Esta noche graba el segundo. Encuentre la cinta.

Destruya el original. Traiga las copias.

El compositor es secundario —la canción es la prioridad.

Si la canción desaparece, el compositor pierde el arma.

Sin arma, no hay guerra. Domingo a las seis de la tarde, finca. Traiga resultados.

Domingo a las seis. Veinte horas desde ahora.

Yago tenía veinte horas para encontrar la cinta del segundo bloque, destruirla, y presentar los resultados a Don Jairo.

Veinte horas. Y la cinta podía estar en cualquier lugar: en el cuarto de grabación, en el apartamento de Mateo, en el estuche del trombón, en los bongós de Carlitos, en el bolsillo de cualquiera de los músicos que habían tocado esta noche —porque Yago sabía que habían tocado; no sabía exactamente quiénes pero sabía que la grabación había ocurrido, porque la orden de Don Jairo no era una suposición sino una confirmación —alguien había visto a los músicos entrar al club a las seis, alguien que trabajaba en la panadería de al lado, alguien que Don Jairo pagaba para ver lo que los ojos principales no alcanzaban—.

Yago caminó hacia el cuarto trasero —el cuarto de caoba, el que doña Carmen usaba de despensa y que ahora, según el informante, era el estudio de grabación—.

La manta seguía colgada sobre la puerta.

Yago la apartó con la mano —un gesto brusco, como quien aparta una cortina que le estorba, sin la reverencia con la que los músicos apartaban la manta para entrar al santuario—.

El cuarto estaba vacío.

No vacío de cosas —la Teac A-2340 seguía en la mesa, el Shure SM58 seguía en el atril, las cajas de ron seguían contra la pared, la caoba seguía en las paredes absorbiendo el eco de la puerta—.

Vacío de lo que Yago buscaba: la cinta. La Teac estaba apagada —las luces apagadas, el vueltamétrico en cero, las bobinas sin cinta—.

Yago verificó: abrió la tapa del cabezal, miró dentro —nada.

Miró debajo de la mesa —nada. Miró detrás de las cajas de ron —nada.

Miró dentro del estante de botellas —nada.

Miró en cada rincón del cuarto con la minuciosidad de quien busca un diamante en un basurero, porque la cinta era más valiosa que un diamante —un diamante era solo carbono comprimido; la cinta era verdad comprimida, y la verdad comprimida era más peligrosa que cualquier piedra—.

Nada.

Yago se quedó de pie en el centro del cuarto —con los brazos cruzados, la mandíbula apretada, los ojos negros procesando—.

La cinta no estaba ahí. Y si no estaba ahí, estaba en otro lugar.

Y si estaba en otro lugar, alguien la había sacado.

Y si alguien la había sacado, alguien sabía que Yago vendría a buscarla y la había movido antes.

Yago sacó la pistola —una Browning 9 milímetros que llevaba en la espalda, dentro de la cintura, donde el pantalón la escondía y donde la presión del metal contra la piel le recordaba que era un hombre armado y que los hombres armados no necesitaban permiso—.

No para usarla —no todavía—. Sino porque la pistola era un instrumento de pensamiento: al sostenerla, Yago pensaba más claro, como si el peso del metal en la mano equilibrara el peso de la decisión en la cabeza.

La cinta no estaba en el cuarto. ¿Dónde, entonces?

Opciones:

Mateo la tenía —en el bolsillo, en el apartamento, en el estuche.

Uno de los músicos la tenía —Papo, Vitín, Carlitos.

La cinta había salido del club —hacia afuera, hacia otro lugar, hacia otra persona.

La tercera opción era la más peligrosa —y por lo tanto la más probable—. Porque Mateo no era estúpido. Mateo sabía que Yago vendría. Y si Mateo sabía que Yago vendría, no dejaría la cinta donde Yago la buscaría primero. La dejaría donde Yago no pudiera buscarla: fuera del club.

¿Quién fuera del club?

Kike.

El nombre apareció en la mente de Yago como una nota discordante —Kike Matos, el percusionista, el traidor redimido, el hijo de Enrique, el hombre que había trabajado para Don Jairo y que había dejado de trabajar y que ahora trabajaba para Mateo—.

Yago había visto a Kike salir del club hace dos horas —desde el sedán, desde la esquina, desde el lugar donde los ojos esperaban—.

Y Kike llevaba algo dentro de la camiseta —algo plano, algo rectangular, algo que podría ser un sobre o una cinta o ambas cosas—.

Yago guardó la pistola. Salió del cuarto de caoba.

Caminó hacia la barra —la barra desierta, la barra donde nadie servía—.

Y al lado de la caja registradora, el teléfono.

Yago levantó el auricular. Marcó un número —un número que solo los ojos principales conocían, el número de la casa de seguridad en Hato Rey donde el segundo nivel de vigilancia operaba cuando el primer nivel dormía—.

Dos timbrazos.

—¿Diga?

—Soy Yago. Kike Matos salió del club La Guasábara a las ocho menos cuarto. Llevaba algo dentro de la camiseta. Necesito saber a dónde fue.

—¿Cuánto tiempo tiene?

—Lo que queda de la noche.

—La finca?

—No la finca. Kike no fue a la finca —Yago lo sabía porque la finca era su territorio y si Kike hubiera ido a la finca Yago lo habría sabido antes de que Kike llegara—. Fue a otro lado. Alguien que Kike conoce. Alguien que no es del club.

—¿El periodista?

Yago se detuvo. El periodista. Darío Quiñones.

El freelance que había estado husmeando alrededor de los camiones desde hacía meses, el que Lorena Segarra alimentaba con información, el que publicaba notas pequeñas en El Nuevo Día que nadie leía pero que Don Jairo leía —y que Don Jairo archivaba—.

Darío se había mudado hace un par de días —Yago lo sabía porque los ojos lo habían seguido hasta la nueva dirección—. Calle Canals. Miramar. Apartamento 3B.

—Busca el apartamento —dijo Yago—. Calle Canals, Miramar, 3B. Si la cinta está ahí, no la toques. Llárame. Si la cinta no está, busca a Kike. Y si encuentras a Kike antes de las seis de la mañana… tráemelo.

—¿Vivo?

—Vivo. El patrón quiere hablar con él.

Yago colgó. Se quedó de pie junto a la barra —con el teléfono en la mano, con el silencio del club alrededor, con la ausencia de la cinta como una presencia que pesaba más que el metal de la Browning—. Y entonces hizo algo que no había hecho antes: caminó hacia la cocina.

La cocina de Mercedes —la cocina vacía, la cocina sin el olor a plátano y a ajo y a café de colar, la cocina que era el corazón del club y que ahora era un hueco, un vacío, una ausencia—.

Yago entró en la cocina. Miró la mesa donde Mercedes cortaba —la mesa de madera con las marcas de cuchillo como cicatrices, con el papel de estraza enrollado en el rincón, con el carbón de leña que Mercedes usaba para encender la estufa—.

Y en la mesa, donde nadie debería haber dejado nada porque la mesa era de Mercedes y Mercedes no estaba, Yago encontró algo.

El papel de estraza.