CAPÍTULO 11 #7
Mercedes había ido a la finca —no porque Yago la llevara sino porque ella decidió ir.
Y Mercedes había escrito en la pared del cuarto de atrás —el cuarto donde cocinaba, el cuarto donde Carlitos había visto la ceniza de ocotillo, el cuarto donde Aitana escribía versos con carbón—.
Y Mercedes había escrito lo mismo que la canción decía: La canción es la carta. La carta es la llave.
Mercedes no era una víctima. Mercedes era un combatiente más.
Y Mateo, que creía conocer a todos los combatientes —Lorena, Carlitos, Darío, Kike, Florina, Fermín—, descubrió que había uno más.
Uno que siempre había estado ahí —en la cocina, cortando plátanos, sirviendo café, abriendo la puerta del callejón, dejando entrar a Lorena los miércoles, recibiendo los versos de Aitana en el estuche del trombón, siendo la línea de comunicación que conectaba a Aitana con Mateo y a Mateo con la verdad—.
Mercedes.
La cocinera.
La que siempre estuvo.
Mateo guardó el papel de estraza en el bolsillo —el último papel, el que completaba el archivo—.
Y caminó hacia el teléfono del club —el teléfono que estaba detrás de la barra, junto a la caja registradora—.
Marcó el número de Lorena —el número que Lorena le había dado en la cocina el miércoles, el que solo debía usarse en emergencia—.
Dos timbrazos.
—¿Diga?
—Lorena. Soy Mateo.
—Mateo —la voz era baja, controlada, la voz de alguien que está acostumbrada a hablar en secreto—. ¿Qué pasó?
—Tres cosas. Primera: el segundo bloque está grabado.
Veintitrés minutos. La cinta va con Kike hacia Darío ahora.
Segunda: Mercedes está en la finca. Yago se la llevó esta mañana —o ella fue sola, no sé cuál de las dos—.
Tercera: necesito que llames al FBI. Mercedes es ciudadana.
Si está retenida contra su voluntad, eso es secuestro federal.
Un silencio —cinco segundos que duraron una vida—.
—El FBI no se mueve rápido, Mateo.
—No necesito que se mueva rápido. Necesito que Don Jairo sepa que el FBI se está moviendo.
Si Don Jairo sabe que el FBI está investigando una desaparición, tiene que reaccionar —tiene que soltar a Mercedes o esconderla mejor, y las dos cosas requieren recursos, y los recursos son ojos, y los ojos que vigilan la canción tienen que vigilar también al FBI—. Y eso nos da espacio.
—¿Espacio para qué?
—Para que la cinta salga al aire.
Otro silencio —este más corto, más denso, como la pausa antes del acorde final—.
—Lo haré —dijo Lorena—. Pero necesito tiempo para armar la llamada. No puedo llamar al FBI y decir una cocinera desapareció en Santurce —eso no activa nada. Necesito documentar. Necesito la denuncia de un familiar. ¿Mercedes tiene familia?
—Una hermana en Bayamón.
—¿Cómo se llama?
—No sé. Pero Mercedes la mencionó una vez —dijo que su hermana trabajaba en la farmacia de la plaza de Bayamón—.
—Bastará. Voy a la farmacia. Hablo con la hermana. Le explico. Y si la hermana presenta la denuncia, el FBI tiene que moverse —porque una denuncia de familiar es una denuncia que no se puede ignorar—.
—Gracias, Lorena.
—No me des gracias. Dame la canción.
—La canción viene. Cuando Darío haga la copia y la copia suene en la radio, tú vas a tener la prueba que necesitas —no la prueba de la desaparición de Mercedes sino la prueba del sistema: los camiones, los nombres, las mujeres, los muelles—.
Y con esa prueba, no necesitas al FBI. Necesitas un tribunal.
—Un tribunal —repitió Lorena—. Hace dos años que espero ese tribunal.
—Ya viene —dijo Mateo—. La canción es la citación.
Mateo colgó. Miró el reloj —las ocho y cuarenta—. Quedaba una hora y veinte minutos.
Y en esa hora y veinte minutos, mientras Kike cruzaba Santurce con la cinta bajo la camiseta y Lorena buscaba a la hermana de Mercedes en Bayamón y Salcedo caminaba hacia su hotel con las manos vacías y la confianza llena y Carlitos cargaba los bongós vacíos hacia el apartamento donde dormiría —o no dormiría— por primera vez como un hombre libre, Mateo se quedó en el club La Guasábara con la Teac apagada y el teléfono caliente y la canción en el aire —la canción que ya no era suya sino de todos, la canción que era la carta y la llave y la puerta y la salida y la citación y el testamento y la verdad—.
Y esperó.
Esperó a que la cinta llegara a Darío.
Esperó a que la copia naciera.
Esperó a que la canción se convirtiera en aire.
Y mientras esperaba, la canción cantaba —no en voz alta, no en voz baja, sino en la frecuencia que solo la caoba recuerda, la frecuencia que el King 3B de Esteban le enseñó a Fermín y que Fermín le enseñó a la nota del muerto y que la nota del muerto le enseñó al silencio y que el silencio le enseñó a Mateo:
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
El leitmotiv —el cordón umbilical, la promesa, la canción dentro de la canción— vibraba en las paredes del cuarto de caoba como un eco que no se apagaba, como una carta que no dejaba de escribirse, como una verdad que no dejaba de ser verdad aunque nadie la oyera —porque la verdad no necesita oídos: necesita tiempo, y el tiempo estaba del lado de la canción—.
Las nueve y media.
Las nueve y cuarenta y cinco.
Las diez.
Y Yago volvió.