GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 11 #6
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CAPÍTULO 11 #6

Mateo procesó las palabras —la lógica de Carlitos era brutal pero impecable: había sacrificado la información sobre Mercedes para proteger la grabación, había elegido la canción sobre la cocinera, la cinta sobre la amiga—.

Y Mateo no podía juzgarlo —porque si Carlitos le hubiera dicho que Yago se llevó a Mercedes a las seis de la mañana, Mateo habría ido a buscarla y la grabación habría fracasado y la canción habría quedado a medias—.

—¿Está viva? —preguntó Mateo.

—Estaba viva cuando salió del club —dijo Carlitos—.

La vi salir. Yago no la golpeó —al menos no aquí—.

Solo le dijo: Mercedes, el patrón quiere hablar contigo.

Sube al carro. Y Mercedes subió. Y el carro se fue.

Y yo me quedé aquí con la puerta cerrada y las manos temblando y la cinta dentro del bongó y la decisión más difícil de mi vida: ¿le cuento a Mateo o grabo la canción?

Carlitos levantó los ojos —los ojos agrietados, los ojos que habían elegido—.

—Elegí la canción —dijo—. Y no sé si fue lo correcto. Pero fue lo que elegí. Y ahora la canción está grabada y Mercedes está en la finca y yo necesito que sepas por qué.

—Lo sé —dijo Mateo—. Y no te culpo. Pero ahora necesitamos sacar a Mercedes.

—¿Cómo? No podemos ir a la finca.

—No podemos ir a la finca —confirmó Mateo—. Pero alguien puede.

—¿Quién?

—Lorena.

Carlitos se quedó mirando a Mateo —con los ojos agrietados abriéndose como dos ventanas—.

—Lorena no puede entrar a la finca. Yago la conoce.

—No necesita entrar. Solo necesita saber.

Y si Lorena sabe que Mercedes está en la finca, Lorena puede mover sus contactos —la clínica, la universidad, los abogados—.

Porque Mercedes es ciudadana. Y si una ciudadana es retenida contra su voluntad, eso es secuestro.

Y el secuestro es un delito federal. Y los delitos federales no los investiga la policía de Loíza —los investiga el FBI.

Carlitos asintió —lentamente, como quien ve abrirse una puerta que no sabía que existía—.

—Lorena puede llamar al FBI.

—Lorena puede llamar al FBI —confirmó Mateo—.

Y si el FBI investiga, Don Jairo no puede usar los ojos locales para vigilar —tiene que usar sus propios ojos, y sus propios ojos son limitados: diecisiete pares, tres en Santurce, dos en Loíza, el resto en la finca—.

Y si los ojos se distraen con el FBI, la canción sale al aire más fácil.

Mateo se levantó de la silla —la silla de madera que había sostenido su peso durante veintitrés minutos y diecinueve segundos de grabación—. Se acercó a Carlitos y extendió la mano.

—Gracias —dijo—. Por tocar. Por la cinta. Por elegir la canción cuando era más fácil no elegir.

Carlitos tomó la mano —la mano del trombonista y la mano del bongocero, la mano del compositor y la mano del rehén, la mano del que eligió y la mano del que necesita que la elección valga—.

—La canción va a sonar —dijo Carlitos—. Me lo prometiste.

—Va a sonar —dijo Mateo—. Y cuando suene, Mercedes va a oírla. Y Aitana va a oírla. Y Don Jairo va a oírla. Y no va a poder apagarla.

Carlitos soltó la mano. Se levantó. Se echó los bongós al hombro —los bongós vacíos, sin la cinta dentro, sin los secretos que habían guardado durante años—. Y se fue.

Mateo se quedó solo en el cuarto de caoba —solo con la Teac apagada, el Shure sin voz, la manta sobre la puerta, y el silencio que no era vacío sino presencia: la presencia de la canción que acababa de nacer y que llenaba el cuarto aunque ya no hubiera sonido—.

Mateo miró el reloj —las ocho y media—. Quedaba hora y media antes de que Yago volviera. Y en esa hora y media, Mateo tenía que hacer tres cosas:

Llamar a Lorena y decirle que Mercedes estaba en la finca.

Esperar la confirmación de Kike —que la cinta había llegado a Darío.

Prepararse para lo que viniera después de las diez.

Mateo salió del cuarto de caoba. Caminó hacia la cocina —la cocina vacía, la cocina sin Mercedes, la cocina que siempre había sido la línea de comunicación y que ahora estaba cortada—. Y en la cocina, sobre la mesa donde Mercedes cortaba plátanos, encontró algo que no debería estar ahí.

Un papel.

No un papel cualquiera —un papel de estraza.

El mismo tipo de papel donde Aitana había escrito el verso del carbón de leña.

Pero este papel no tenía carbón —tenía tinta.

Tinta azul, de bolígrafo, escrita con una caligrafía que Mateo no reconoció pero que era firme y redonda y sin temblor —la caligrafía de alguien que escribe sin miedo porque el miedo ya pasó—.

Mateo tomó el papel. Y leyó:

Estoy en la finca. No me buscaron —yo vine. Don Jairo no sabe que yo sé. Pero yo sé. Y lo que sé lo escribí en la pared del cuarto de atrás con ceniza de ocotillo, como me enseñó Lola. La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida. — M.

M.

No L. No F. No A.

M.

Mercedes.