GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 11 #5
41%

CAPÍTULO 11 #5

—Mi padre estaba ahí —continuó Kike—. Enrique Matos.

Estaba llevando una carta de Esteban a Lola.

La carta decía que Lola se fuera —que huyera antes de que Don Jairo la atrapara—.

Un hombre llamado Aurelio lo interceptó.

Le quitó la carta. Lo golpeó. Y lo empujó al agua.

Mi padre… se ahogó. En el muelle. Mientras la orquesta tocaba un vals.

El cuarto de caoba se llenó de un silencio que era más pesado que el silencio de después de la grabación —era el silencio de una muerte que acababa de ser nombrada, veintidós años después de que ocurriera—.

—Y Fermín tiene la carta —dijo Kike—. La carta original de Esteban a Lola. La que Aurelio no encontró porque Enrique la escondió dentro del trombón. La carta que nunca fue entregada. La traje conmigo.

Kike abrió la mochila. Sacó el sobre marrón —el sobre de 1963, con el sello de correos y la caligrafía de Esteban y la dirección que decía Para Lola Martínez. Donde Mercedes, La Guasábara. Urgente.—.

Mateo tomó el sobre. Lo sostuvo —con las dos manos, con la reverencia con la que se sostiene algo que ha cruzado veintidós años de agua y muerte y silencio—.

—Y hay algo más —dijo Kike—. Fermín me dijo que Aitana es hija de Esteban. Que Lola estaba embarazada de Esteban cuando Don Jairo llegó. Que Don Jairo marcó a Aitana como Caló pero que Aitana no es Caló —es Reyes. Por sangre. Aitana es la tía de Mateo.

Mateo cerró los ojos. Ya lo sabía —Florina se lo había dicho esta mañana—.

Pero escucharlo de Kike, en el cuarto de caoba, con la cinta del segundo bloque recién grabada y la carta de Esteban en las manos y los músicos alrededor…

era diferente. Era como escuchar la misma canción desde otro instrumento —la melodía era la misma pero la textura era nueva, y la textura nueva añadía algo que la primera versión no tenía: la confirmación de que la verdad era verdad no porque una persona la dijera sino porque dos personas la decían—.

—Lo sé —dijo Mateo—. Florina me lo dijo esta mañana. Tengo el acta.

—¿El acta?

—El acta de nacimiento de Aitana. Martínez Vega. Padre en blanco. La copia que Florina sacó del Registro Demográfico antes de que Don Jairo la alterara.

Kike asintió —la espiral se cerraba: la carta, el acta, el testimonio de Fermín, la documentación de Florina, la canción en la cinta—. Cinco pruebas. Cinco eslabones. Una cadena.

Salcedo golpeó la mesa con dos dedos —el mismo golpe de triángulo de antes, pero esta vez no era para marcar el inicio sino para marcar la transición—.

—La cinta tiene que salir del club —dijo—. Ahora.

Mateo miró el reloj —las ocho menos cuarto—. Quedaban dos horas y cuarto antes de que Yago volviera a las diez.

—Kike —dijo Mateo—. Tú llevas la cinta a Darío.

—¿A Darío?

—Calle Canals, Miramar, apartamento 3B. Darío tiene que hacer una copia. Esta noche. Antes del amanecer. Si la cinta se multiplica, la canción sobrevive.

Kike tomó el sobre de Manila de las manos de Salcedo —con la misma reverencia con la que había recibido la carta de Esteban de Fermín, como si lo que llevara fuera un recién nacido—.

—¿Y la carta de Esteban? —preguntó Kike.

—La carta se queda conmigo —dijo Mateo—.

La carta es para Aitana. Y se la voy a dar.

No hoy —hoy no puedo salir de Santurce—.

Pero cuando pueda, cuando la canción esté al aire y Don Jairo no pueda hacer nada, le daré la carta a Aitana.

Y cuando Aitana lea la carta y sepa la verdad —que es hija de Esteban, que la marca es falsa, que Don Jairo no tiene derecho sobre ella— va a ser libre.

No porque yo la salve —ella se salva sola— sino porque la verdad la va a salvar.

Mateo guardó el sobre de 1963 en el bolsillo interior —junto al acta, el informe de los camiones, la foto de Aitana, los papeles de carbón, el verso de estraza—.

El bolsillo era ahora un archivo completo: la prueba legal, la prueba histórica, la prueba fotográfica, la prueba administrativa, la prueba poética, y ahora la prueba epistolar —la carta que un abuelo escribió a la mujer que amaba y que nunca llegó y que ahora, veintidós años tarde, iba a llegar—.

—Kike —dijo Mateo—. Ve. Ahora. Y no vuelvas al club esta noche.

—¿Por qué?

—Porque si Yago vuelve a las diez y tú estás aquí, va a saber que algo pasó. Y si sabe que algo pasó, buscará la cinta. Y si no encuentra la cinta, buscará a quien la llevó. Y si te encuentra a ti con la cinta…

—Entonces la cinta ya estará con Darío —dijo Kike—. Y Darío ya estará haciendo copias. Y si me encuentra, será demasiado tarde.

—Espero que sí —dijo Mateo—. Ve.

Kike se levantó. Tomó el sobre de Manila. Se lo guardó dentro de la camiseta —sobre el pecho, donde el latido del corazón haría compañía al latido de la cinta—. Y se fue.

La manta se movió. Y Kike desapareció en la noche de Santurce —con veintitrés minutos y diecinueve segundos de canción bajo la camiseta, con la dirección de Darío en la memoria, con la carta de Esteban en el bolsillo de Mateo y con la verdad de Fermín en la sangre—.

Los cuatro que quedaban —Mateo, Salcedo, Papo, Vitín, Carlitos— se quedaron en el cuarto de caoba con la Teac apagada y el Shure sin voz y la cinta ya no ahí —la cinta viajando por las calles de Santurce hacia Miramar, hacia Darío, hacia la copia que haría indestructible la canción—.

—¿Y ahora qué? —preguntó Papo.

—Ahora esperamos —dijo Mateo—. Esperamos a que Kike llegue a Darío.

Esperamos a que Darío haga la copia. Y esperamos a que sean las diez y Yago vuelva y no encuentre nada —porque la cinta no está aquí, la carta no está aquí, y lo único que Yago va a encontrar es un cuarto de caoba vacío y cinco músicos que ensayan—.

—¿Cinco? —dijo Carlitos—. ¿Yo cuento?

—Tú cuentas —dijo Mateo—. Eres uno de nosotros. Desde siempre. Aunque no lo supieras.

Carlitos bajó la cabeza —no de vergüenza sino de alivio, el alivio del rehén que descubre que la prisión tenía una puerta abierta todo el tiempo y que el único que no la veía era él—.

—¿Y Mercedes? —preguntó Vitín—. Mercedes no estaba hoy en la cocina.

Mateo sintió un frío nuevo —el frío de la pregunta que no había tenido tiempo de hacer—. Mercedes no estaba en la cocina a las dos y media. Y Mercedes siempre estaba en la cocina. Y si Mercedes no estaba, algo le había pasado. O alguien la había sacado.

—Después —dijo Mateo—. Lo de Mercedes es después. Ahora lo importante es la cinta.

Salcedo se levantó de la mesa —con la lentitud de quien ha completado una operación exitosa pero que sabe que la recuperación es tan peligrosa como la cirugía—.

—Mateo —dijo—. Lo que grabamos esta noche no es una canción.

Es un documento. Y cuando suene —cuando suene de verdad, en la radio, en un tocadiscos, en una fiesta, en cualquier lugar donde la gente pueda oírlo— va a hacer algo que ninguna canción ha hecho en Puerto Rico: va a nombrar lo innombrable.

Y cuando lo innombrable se nombra, el que lo mantuvo innombrable pierde el poder.

Don Jairo sabe esto. Y va a venir por ti.

No por la cinta —la cinta ya no importa porque ya está fuera— sino por ti.

Porque tú eres la fuente. Y si la fuente se seca, la canción deja de fluir.

—No voy a secarme —dijo Mateo.

—Los muertos no cantan, Mateo.

—Los muertos de Don Jairo no cantan —dijo Mateo—.

Pero los muertos de mi abuelo sí. Fermín me lo enseñó hoy —la nota del muerto, la que Esteban tocaba cuando perdía a alguien.

La nota del muerto no es silencio —es la canción que el muerto no pudo terminar.

Y yo no estoy muerto. Y la canción no está terminada.

Queda la mezcla. Queda la publicación. Queda la noche donde la canción sale al aire y Don Jairo tiene que oírla como oyen los que no pueden apagar la radio —con los oídos y con la sangre y con la parte del cerebro que sabe que lo que está escuchando es verdad—.

Salcedo asintió —no porque estuviera convencido sino porque la música funciona así: no necesitas estar convencido para seguir tocando, necesitas estar comprometido—.

—Me voy al hotel —dijo Salcedo—. Mañana tomo el vuelo de las once. Si Kike llega a Darío y la copia está lista antes del amanecer, llámame. Si no, llámame también —porque si la copia no está lista, necesitaremos otro plan—.

—El plan B siempre es el mismo —dijo Mateo—. La canción al aire. De cualquier forma. En cualquier lugar. A cualquier hora.

—Está bien —dijo Salcedo—. Nos vemos mañana.

Salcedo salió por la manta —con el mismo paso pesado y arrítmico de la semana pasada, pero esta vez sin la cinta, esta vez con las manos vacías, esta vez con la confianza puesta no en lo que llevaba sino en lo que había dejado: una cinta viajando por Santurce, una copia a punto de nacer, una canción a punto de convertirse en aire—.

Papo y Vitín se fueron juntos —por la puerta del callejón, sin hablar, con la mirada de los que han tocado algo que no era música sino historia y que saben que la historia los va a alcanzar—.

Y Carlitos se quedó.

Carlitos se quedó en la silla junto a la puerta, con los bongós entre las rodillas y las manos quietas —las mismas manos que habían temblado a las dos de la tarde y que ahora estaban firmes, la firmeza del que ha elegido y no se arrepiente—.

—Mateo —dijo Carlitos—. Hay algo que no te dije.

—¿Qué?

—Mercedes. Yo sé dónde está Mercedes.

Mateo se detuvo —se detuvo como se detiene un disco cuando alguien levanta la aguja—.

—¿Dónde?

—Yago la llevó. Esta mañana, temprano —antes de las seis—. La llevó a la finca. No sé por qué. Pero cuando Yago viene al club temprano y se lleva a alguien, no es para charlar.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no quería que lo supieras antes de la grabación.

Si te lo decía antes, te distraías. Y si te distraías, la cinta salía mala.

Y si la cinta salía mala, no había copia.

Y si no había copia, Carlitos muere sin sentido.

Y yo no quiero morir sin sentido, Mateo. Yo quiero morir con la canción sonando.