GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

La Sangre en la Cinta

Mateo llegó al club trece minutos antes de las seis.

No porque la puntualidad fuera virtud —en la música, la puntualidad era supervivencia; los músicos que llegaban tarde a las grabaciones eran músicos que perdían la ventana, y las ventanas en Puerto Rico se cerraban con la velocidad con la que se cerraban las persianas cuando llegaba el huracán—.

Sino porque necesitaba los trece minutos.

Trece minutos para comprobar todo. Trece minutos para respirar antes de que el aire se convirtiera en sonido.

El club estaba cerrado —sábado, día de descanso entre el almuerzo y la apertura de las nueve—.

La puerta principal cerrada con candado.

La puerta del callejón cerrada también, pero Mateo tenía llave —la suya, la de siempre, la que don Papo Carmen le había dado hace cuatro años cuando lo contrató como trombonista principal—. Entró.

La oscuridad del club a las seis de la tarde era diferente de la oscuridad del club a las tres de la mañana —la madrugada era una oscuridad de descanso, el atardecer era una oscuridad de espera—.

Las sillas seguían sobre las mesas, las botellas seguían alineadas en la barra, pero el aire era distinto: olía a madera encerada y a caoba vieja y a algo más —algo eléctrico, como la carga que se acumula en el aire antes de una tormenta, la que hace que los pelos de los brazos se levanten y los perros se escondan bajo las camas—.

Mateo caminó hacia el cuarto trasero —el cuarto de caoba, el que doña Carmen había cedido como estudio de grabación, el que había absorbido el primer bloque de Gitana hace siete noches y que ahora esperaba el segundo como un estómago vacío espera la comida—.

La Teac A-2340 estaba en la mesa —donde Salcedo la había dejado, con los cables enrollados y los canales etiquetados y la cinta de cuarto de pulgada enrollada en la bobina receptora como una venita marrón que había alimentado al primer bloque—.

Pero la cinta del primer bloque ya no estaba —Salcedo la llevaba a Nueva York, guardada en una caja de cartón sobre el corazón—.

Y la cinta que había que grabar era otra: la TDK C-90 que Carlitos guardaba dentro del bongó.

Mateo verificó la Teac —encendida, luces verdes, vueltamétrico en cero, cabezal limpio, pinch roller sin desgaste—.

Verificó el Shure SM58 —conectado al canal uno, el cable sin cortes, la cápsula intacta, la rejilla de malla que había pertenecido a Héctor Reyes Vega y que había absorbido miles de notas antes de que Héctor dejara de soplar—.

Verificó la manta sobre la puerta —la manta gruesa que amortiguaba el sonido exterior, la que convertía un cuarto de despensa en un útero donde la música podía nacer sin ser interrumpida—.

Todo estaba listo.

Menos los músicos.

Mateo miró el reloj —las cinco y cincuenta y dos—.

Quedaban ocho minutos. Y en ocho minutos, cuatro hombres entrarían por la puerta del callejón y convertirían el segundo bloque de Gitana de tinta y carbón y papel de estraza en sonido magnético.

O no entrarían. Y si no entraban, la ventana se cerraría y la canción quedaría a medias y Don Jairo tendría hasta el domingo —mañana— para cumplir su amenaza.

Mateo se sentó en la silla de madera —la misma silla donde había tocado el primer bloque, la misma silla donde Salcedo se había sentado detrás de la Teac como un cirujano detrás de la mesa de operaciones—. Y esperó.

A las cinco y cincuenta y seis, la manta se movió.

No fue un movimiento brusco —fue un empujón suave, como alguien que sabe que hay una manta y que la manta significa algo—. Y detrás de la manta apareció Papo —Papo Padilla, el pianista, el hombre de las manos grandes y la frente alta y los ojos que parecían teclas de marfil—.

Papo entró sin hablar. Miró el cuarto —la Teac, el Shure, la manta, la caoba—. Y asintió —un gesto que era más ritual que respuesta, como si estuviera confirmando que el altar estaba listo para la misa—.

—¿Vitín? —preguntó Mateo.

—Vitín está en la barra —dijo Papo—. Afuera. Dijo que no quería entrar hasta que todos estuvieran. Que si entraba solo y alguien lo veía, la excusa sería fui a comprar ron y no fui a grabar la canción prohibida.

—Tiene razón.

—¿Carlitos?

—Vendrá. Me lo prometió.

—Carlitos promete poco y cumple menos —dijo Papo—. Pero si viene, toca como los ángeles. Y si no viene, toco yo los bongós y el piano al mismo tiempo, que no es lo mismo pero es algo.

Mateo sonrió —una sonrisa corta, funcional, como una llave que gira justo lo necesario—.

—¿Y Salcedo?

—Salcedo está en el bar de la esquina —dijo Papo—.

Tomando café. Dijo que él no dirige esta sesión —que esta sesión es tuya—.

Que él viene a escuchar y a verificar niveles y a hacer lo que hizo la semana pasada: operar la Teac.

Pero la dirección es tuya. La canción es tuya.

Y la decisión de qué entra y qué no entra es tuya.

Mateo asintió. Y entonces, como si la mención de Salcedo hubiera sido una señal, la manta se movió otra vez.

Salcedo entró.

Era el mismo hombre de la semana pasada —sesenta y dos años, pelo blanco cortado al ras, camisa de guayabera sin planchar, los ojos que parecían dos micrófonos calibrados para captar no solo el sonido sino la intención detrás del sonido—.

Pero había algo diferente en Salcedo esta noche: la cara.

La cara de Salcedo la semana pasada era la cara del maestro que supervisa —atenta, profesional, contenida—.

La cara de Salcedo esta noche era la cara del hombre que entiende que lo que está a punto de pasar no es una grabación más sino algo que cruza la línea entre la música y el testimonio —y que cuando la música se convierte en testimonio, la música deja de ser entretenimiento y se convierte en evidencia—.

—Mateo —dijo Salcedo, sin preámbulos—. ¿Trajiste la cinta?

—Carlitos la trae.

—¿Y los niveles?

—Los niveles están como los dejaste. Canal uno: trombón. Canal dos: todo lo demás.

—Bien. Pero necesito cambiar una cosa —Salcedo caminó hacia la Teac y ajustó algo— el canal dos lo divido: bajo y bongós a la izquierda, piano a la derecha.

Así cuando mezcle en Nueva York tendré separación.

La semana pasada grabamos todo en dos canales y me las arreglé, pero esta vez quiero más control.

—Haz lo que necesites, maestro.

—Lo que necesito es tiempo —dijo Salcedo—. Y el tiempo es lo que menos tenemos.

A las seis menos un minuto, la manta se movió por tercera vez.

Vitín entró —Vitín Vega, el bajista, el hombre de las manos callosas y la cara de piedra y la voz que parecía salir de un pozo—.

Traía el Fender Precision bajo el brazo —el mismo bajo de siempre, con la correa de cuero gastada y las cuerdas que Vitín cambiaba cada tres semanas y el golpe que era la firma de su estilo: un golpe seco, sin vibrato, como un martillo sobre un clavo—.

—Reyes —dijo Vitín.

—Vitín.

—Me dijo Papo que esto era importante.

—Es importante.

—¿Tan importante como para morir?

—Tan importante como para que valga la pena.

Vitín asintió —un movimiento de un centímetro que contenía una vida entera de decisiones calculadas—. Se fue a la esquina del cuarto, donde el cable del bajo podía alcanzar el jack de la Teac, y se sentó en una caja de ron vacía que doña Carmen había dejado ahí hacía una década.

A las seis en punto, la manta se movió por cuarta vez.

Carlitos Quiñones entró.

Y entró con los bongós —los bongós de siempre, con las hembras de cuero oscuro y los machos de cuero claro y el repique que era la firma de su estilo: un repique que no era solo ritmo sino conversación, como si los bongós hablaran un idioma que solo los que tocaban entendían—.

Y en la mano izquierda, dentro de un sobre de papel manila que había salido de dentro del bongó —del compartimento que Carlitos había cavado en el cuero y la madera hace años, el mismo compartimento donde guardaba las cosas que Don Jairo no debía ver—, estaba la cinta.

TDK C-90. Virgen. Noventa minutos de silencio esperando noventa minutos de verdad.

Carlitos le dio la cinta a Salcedo sin hablar —la pasó de mano a mano como quien pasa un bebé, con la reverencia con la que se toca lo que no se puede reemplazar—.

Salcedo la examinó —la sostuvo contra la luz, verificó que la cinta estaba en la posición inicial, que no había empalmes, que el carrete no estaba doblado—.

Y la colocó en la Teac —en la bobina de alimentación, junto a la guía de cinta, donde la cinta nueva esperaría a que el cabezal la magnetizara con sonido—.

—Noventa minutos —dijo Salcedo—. Pero no necesitamos noventa.

El primer bloque duró catorce minutos y cuarenta y siete segundos.

El segundo bloque es más largo —tiene más estrofas, más cambios de ritmo, más dinámica—.

Calculo veinte minutos. Veinticinco máximo.

Lo que significa que tenemos tres horas y media de margen si algo sale mal.

—Nada va a salir mal —dijo Mateo.

—Todo sale mal en las grabaciones —dijo Salcedo—. Es la primera ley. La pregunta no es si sale mal sino cuánto sale mal y si podemos arreglarlo antes de que el tiempo se acabe.

Carlitos se sentó en la silla junto a la puerta —la silla de respaldo recto donde podía sostener los bongós entre las rodillas como había hecho mil noches—.

Y cuando se sentó, Mateo vio algo en la cara de Carlitos que no había visto antes: paz.

No la paz del resignado sino la paz del que ha decidido —la paz que viene después de la elección, cuando ya no hay vuelta atrás y lo único que queda es caminar hacia adelante—.

—Estoy listo —dijo Carlitos.

Y Mateo entendió que Carlitos había dejado de ser un rehén.

No porque la deuda se hubiera cancelado —la deuda seguía ahí, como una cuerda alrededor del cuello—.

Sino porque había elegido lo que la deuda le prohibía: tocar la verdad.

Y cuando un rehén elige, deja de ser rehén y se convierte en combatiente.

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Sábado 17 de agosto — 6:08 p.m