CAPÍTULO 10 #7
La pregunta flotó en el aire del callejón como una nota suspendida —la nota que no se resuelve, la que queda en el aire esperando que alguien la complete—.
—Aitana no puede salir de la finca —dijo Mateo—. Pero Aitana va a estar.
—¿Cómo?
—Porque la canción la lleva —dijo Mateo—.
Igual que la canción me lleva a mí. Igual que la canción llevó a Esteban a escribir la carta y a Enrique a cruzar el muelle y a Lola a bailar sola en el patio aunque el mundo se cayera.
La canción lleva. Y esta noche, cuando grabemos el segundo bloque, Aitana va a estar —no en el cuarto de grabación, no en el escenario, sino en la canción—.
Porque la canción es el cordón umbilical.
Y el cordón umbilical funciona en las dos direcciones.
Carlitos asintió —no porque entendiera completamente sino porque la música funciona así: no necesitas entenderla para que te lleve—.
—A las seis —dijo Carlitos.
—A las seis —confirmó Mateo.
Mateo caminó de vuelta al apartamento —no por la ruta directa sino por la ruta larga, la que pasaba por la playa del Condado, donde el mar rompía contra las rocas con la paciencia de quien tiene toda la eternidad para erosionar lo que se interpone—.
Necesitaba caminar. Necesitaba pensar. Necesitaba oír la canción sin la interferencia de la ciudad.
Y mientras caminaba, con el acta en el bolsillo y el mensaje de Don Jairo en la mente y la cita de las seis grabándose en el futuro como una cita ineludible, Mateo pensó en todo lo que había aprendido en un día:
Que su abuelo Esteban había amado a Lola.
Que Lola tuvo una hija de Esteban. Que Don Jairo robó a la hija con una marca falsa.
Que la canción era la carta que Esteban nunca pudo entregar.
Que Enrique Matos murió llevando esa carta al agua.
Que Fermín guardó la carta original durante veintidós años dentro del trombón de Esteban.
Que Florina documentó el nacimiento y la mentira y guardó el acta real.
Que Lorena construyó el caso. Que Carlitos fue el canal.
Que Darío estaba listo para publicar. Y que la canción —la canción que era amor y carta y confesión y denuncia y cordón umbilical y verdad— tenía que sonar esta noche.
Mateo se detuvo en la orilla —donde la espuma del mar lamía la arena como una lengua cansada y las gaviotas giraban sobre las rocas con la paciencia de los que saben que el mar siempre devuelve lo que se lleva—.
Y en la orilla, con el sol bajando y el viento subiendo y la cita de las seis acercándose como un tren que no se puede detener, Mateo sacó el cuaderno —el cuaderno de composición, el que tenía las estrofas del primer bloque y las del segundo y los apuntes y los nombres y las fechas y todo lo que la canción había sido y sería—.
Y escribió —no una estrofa nueva sino una nota al pie, una instrucción para la grabación, una dirección para la canción:
Segundo bloque — grabación nocturna 17/8/85.
Orden: 1. Estrofa del sueño (Anoche vi en tus ojos…) 2. Palabras al aire (Las palabras son de aire…) 3. Solo para ti 4. La pregunta (Dime Gitanita…) 5. La rabia (Y por los celos…) 6. La vigilia (Al que madruga…) 7. El mandato (La nota es porque es imposible…)
Nota: Aitana estará. No físicamente. Musicalmente. El cordón umbilical funciona en las dos direcciones. Cuando grabe el segundo bloque, ella va a sentirlo. Y lo que ella sienta va a salir en la canción —porque la canción es de las dos y las dos son de la canción.
Mateo cerró el cuaderno. Se lo guardó en el bolsillo trasero —el lugar donde siempre lo guardaba, el lugar donde la canción vivía cuando no estaba en el aire—.
Y entonces, con el mar a la espalda y la ciudad al frente y la cita de las seis como un faro que no se apagaba, Mateo caminó de vuelta a Santurce —hacia el club, hacia los músicos, hacia la cinta virgen, hacia la noche que sería la noche más larga y más corta de su vida—.
Y mientras caminaba, la canción cantaba —no en voz alta, no en voz baja, sino en la frecuencia que solo los compositores escuchan: la frecuencia donde la melodía y la letra y el ritmo y la verdad se convierten en una cosa sola, la cosa que no tiene nombre porque los nombres son de aire y van al aire, pero la canción va más lejos que el aire —va al mar, va a la sangre, va al hueso, va al lugar donde Esteban escribió la carta y Enrique la llevó al muelle y Lola bailó sola y Aitana nació y la marca fue grabada y la mentira fue instituida y veintidós años después un trombonista caminaba por la orilla del Condado con el acta en el bolsillo y la canción en el pecho y la noche por delante—.
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
La estrofa leitmotiv —la que había aparecido en el Capítulo 2 y que regresaba ahora como un eco que no se apagaba, como un cordón umbilical que conectaba el principio con el final, como la promesa de que la canción iba a sonar y que cuando sonara, nada sería igual—.
Porque la grieta estaba abierta.
Y por la grieta pasaba la canción.
Y la canción era la carta.
Y la carta era la verdad.
Y la verdad tenía cita esta noche.
A las seis.