CAPÍTULO 10 #6
—Ya sé lo de la cuarta llave. Ya sé lo de la Selectric. Ya sé lo de los informes. Y ya sé que tú no eres un traidor, Carlitos. Eres un rehén.
Carlitos no se movió —pero algo en su cara cambió, como si una máscara se hubiera agrietado y debajo de la máscara hubiera otra máscara más joven, más asustada, más humana—.
—¿Cómo…?
—El papel carbón. Encontré las copias. Encontré la L. Y Lorena me contó lo demás.
—Lorena… —Carlitos cerró los ojos—. Lorena no debería haber…
—Lorena es tu hermana. Y tú eres su hermano. Y los dos están del mismo lado —el lado donde la verdad importa más que la deuda—.
—La deuda es lo que me mantiene vivo —dijo Carlitos—.
Don Jairo pagó mi deuda en el hipódromo.
Ocho mil dólares. Si no pago, si lo delato, si hago algo que él no quiere…
la deuda se activa. Y cuando la deuda se activa en el hipódromo, la consecuencia no es un cobro —es una caída. Un accidente. Como Aurelio.
Aurelio. El nombre que Fermín había mencionado. El hombre que interceptó a Enrique en el muelle. El hombre que murió en un accidente en 1971.
—Carlitos —dijo Mateo, sentándose en el banco junto a él—. ¿Sabes quién era Aurelio?
—El que hacía el trabajo sucio antes de Yago. Sí. Y sé cómo murió. Y sé que no fue accidente.
—Y sabes que si Don Jairo puede matar al hombre que hacía su trabajo sucio, puede matar al que hace su trabajo sucio ahora.
—Yago es diferente —dijo Carlitos—. Yago es familia. Yago es intocable.
—Nadie es intocable. Ni Yago. Ni Don Jairo. Nadie.
—Tú no los conoces —dijo Carlitos—. Yo los conozco.
Y los conozco de cerca —desde adentro, desde la oficina, desde la Selectric donde escribo lo que ellos quieren que escriba y lo que Lorena necesita que escriba—.
Y te digo una cosa: Don Jairo no es un hombre.
Don Jairo es un sistema. Y los sistemas no mueren.
Se adaptan. Se transforman. Sobreviven. Si matas a Don Jairo, el sistema sobrevive.
Si destruyes los camiones, el sistema encuentra otros camiones.
Si cierras los muelles, el sistema abre otros muelles. El sistema es eterno.
—La canción no es eterna —dijo Mateo—. La canción es mejor que eterna. La canción es contagiosa.
Carlitos lo miró —con los ojos que temblaban como las manos, con la cara agrietada como la máscara—.
—¿Qué vas a hacer?
—Grabar el segundo bloque.
—Si grabas el segundo bloque, Don Jairo lo sabrá.
—Ya lo sabe —dijo Mateo, sacando el mensaje del bolsillo—. Ya me dio hasta el domingo.
—¿El domingo? Hoy es sábado.
—Lo sé.
—Entonces tienes veinticuatro horas.
—No —dijo Mateo—. Tengo la noche de hoy. La ventana de los miércoles era de noventa minutos cuando Yago está en la finca. Pero hoy es sábado. Y los sábados, ¿dónde está Yago?
Carlitos lo miró —y en los ojos agrietados apareció algo que no era miedo sino esperanza —la esperanza pequeña y frágil de un hombre que ha estado atrapado tanto tiempo que ha olvidado cómo se ve la salida—.
—Los sábados —dijo Carlitos—, Yago está en la finca con Don Jairo. Revisión semanal. Desde las seis de la tarde hasta las diez. Cuatro horas.
—Cuatro horas —repitió Mateo—. Y en cuatro horas, con Salcedo de vuelta y Papo en el piano y Vitín en el bajo y tú en los bongós y yo en el trombón, grabamos el segundo bloque.
—Salcedo vuelve hoy —dijo Carlitos—. Llegó ayer de Mayagüez. Lo vi en la mañana —fue a comprar cuerdas a la casa de música de la calle Wilson—.
—Entonces tonight —dijo Mateo—. Tonight grabamos.
—¿Y la cinta?
—La cinta del primer bloque está segura —en un lugar que no es el club y que no es mi apartamento—. Y la cinta del segundo bloque… necesito una cinta nueva. Virgen. Sin nada grabado.
—Yo tengo una —dijo Carlitos—. TDK C-90. Comprada en la casa de música la semana pasada. La tengo en el bongó.
—En el bongó.
—En el bongó —confirmó Carlitos—. Donde guardo las cosas que Don Jairo no debe ver. Igual que Aitana guarda las cosas en el compartimento del estuche de tu trombón.
Mateo asintió —la lógica de los escondites era la misma en toda la isla: los instrumentos guardaban las verdades que los papeles no podían—.
—Carlitos —dijo Mateo—. ¿Vas a tocar con nosotros esta noche?
—Si toco con ustedes y Don Jairo lo descubre, la deuda se activa.
—Y si no tocas con nosotros, ¿qué pasa?
—Sobrevivo. Y Lorena sigue documentando sola. Y Darío sigue esperando. Y la canción suena a medias.
—La canción no suena a medias —dijo Mateo—. La canción suena entera o no suena. Y para que suene entera, necesito los bongós. Y los bongós necesito de ti.
Carlitos se quedó mirando el suelo —las manos dejaron de temblar, como si la decisión que estaba tomando hubiera calmado el temblor, como si elegir fuera un acto que estabilizaba—.
—Voy a tocar —dijo Carlitos—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Si Don Jairo me encuentra, la canción tiene que sonar. No después. No mañana. Ahora. La noche que grabemos, esa noche tiene que salir del club. Tiene que salir al aire. Porque si la canción no sale al aire, y Don Jairo nos encuentra, todo fue para nada.
Mateo entendió —no la condición sino la razón: Carlitos no estaba pidiendo una garantía de seguridad sino una garantía de sentido.
Si moría —o si caía, o si la deuda se activaba, o si Yago lo encontraba—, necesitaba saber que la canción habría sonado, que la carta habría llegado, que el mensaje de Esteban a Lola habría sido entregado veintidós años tarde pero entregado al fin—.
—La canción va a sonar —dijo Mateo—. Y va a salir del club. Y va a salir al aire. Lo prometo.
Carlitos asintió —un gesto pequeño, casi invisible, como la vibración de un bongó que empieza antes de que la canción comience—.
—Hay algo más —dijo Carlitos—. Algo que no le dije a Lorena. Algo que encontré en los archivos de la Selectric hace dos semanas.
—¿Qué?
—Un nombre. En uno de los informes que Yago me mandó escribir en agosto del año pasado.
Había una lista de canciones —canciones que Don Jairo quiere destruir.
No confiscar. Destruir. Gitana está en la lista.
Pero no es la única. Hay siete canciones más.
Siete canciones de siete compositores diferentes, todas sobre mujeres del clan, todas escritas en los últimos treinta años, todas prohibidas, todas pensadas para ser destruidas.
—¿Siete canciones?
—Siete —confirmó Carlitos—. Y las siete fueron destruidas.
Las cintas se quemaron. Los cuadernos se tiraron al agua.
Los compositores… desaparecieron. No todos murieron —algunos se fueron a Nueva York, algunos dejaron de tocar, algunos se convirtieron en otra cosa—.
Pero las canciones ya no existen. Gitana es la octava.
Y Don Jairo lleva veintidós años intentando destruirla.
—Y no ha podido —dijo Mateo.
—Porque Gitana es diferente —dijo Carlitos—.
Las otras siete estaban en un solo lugar —una cinta, un cuaderno, una memoria—.
Gitana está en tres: el cuaderno, la memoria de Aitana, y el estuche del trombón.
Y ahora, si grabamos el segundo bloque, estará en cuatro: la cinta nueva.
Don Jairo puede destruir cuatro cosas, pero no puede destruir lo que ya salió al aire.
Y si la canción sale al aire esta noche, si la cinta sale del club y llega a Darío y Darío la reproduce en la radio —aunque sea una vez, aunque sea un minuto, aunque sea una estrofa—, la canción deja de ser un objeto y se convierte en aire. Y el aire no se destruye.
Mateo escuchó a Carlitos —escuchó la lógica del hombre atrapado, la estrategia del rehén que ha pensado en la salida durante años y que ahora la tiene frente a él y no puede permitirse que falle—. Y la estrategia era clara:
Grabar el segundo bloque —esta noche, durante la ventana de cuatro horas.
Sacar la cinta del club —antes de que Yago vuelva a las diez.
Llevar la cinta a Darío —para que Darío la reprodujera.
Y si Darío no podía reproducirla esa noche, llevarla a la radio —cualquier radio, cualquier frecuencia, cualquier transmisor que pudiera convertir la cinta en ondas y las ondas en aire y el aire en algo que Don Jairo no podía tocar—.
—¿Dónde está Darío? —preguntó Mateo.
—En su apartamento —dijo Carlitos—. Pero no en el de siempre. Se mudó ayer. Me lo dijo por el código —un sobre sin remitente en la puerta del club con una dirección nueva—. Está en la calle Canals, en Miramar. Apartamento 3B.
—¿Está seguro ahí?
—Nadie está seguro en ninguna parte —dijo Carlitos—.
Pero Canals es mejor que donde estaba. Y Darío tiene las once copias de la lista.
Y la grabadora de casete con la entrevista de Dominga Vega.
Y la libreta de Lorena —la copia, no la original—.
Si algo pasa, Darío publica. No mañana. Hoy.
En El Nuevo Día si puede. En un volante si no puede.
En la pared de la calle si no hay pared donde no se pueda escribir.
Mateo se levantó del banco. Miró a Carlitos —al rehén, al bongocero, al hermano de Lorena, al hombre que tenía la cuarta llave y la cinta virgen y la voluntad de tocar—.
—Las diez —dijo Mateo—. Yago vuelve a las diez. Eso nos da desde las seis hasta las diez. Cuatro horas. Es suficiente.
—Es suficiente si empezamos a las seis en punto —dijo Carlitos—. Si Salcedo está listo. Si Papo está listo. Si Vitín está listo.
—Salcedo está listo —dijo Mateo—. Salcedo siempre está listo.
—Y Aitana —dijo Carlitos—. ¿Aitana va a estar?