CAPÍTULO 10 #3
—Le quitó la carta. Y le preguntó a quién iba dirigida.
Y Enrique no habló —porque Esteban le había dicho que no hablara, que no revelara el nombre de Lola, que la carta era para Lola y para nadie más—.
Y cuando Enrique no habló, Aurelio lo golpeó.
No para matarlo —al principio no— sino para que hablara.
Pero Enrique no habló. Y Aurelio siguió golpeando.
Y los otros dos —los que estaban con el camión— no intervinieron.
Solo miraban. Y las cuatro mujeres subieron al camión.
Y la puerta se cerró. Y el camión arrancó. Y Enrique seguía sin hablar.
Fermín abrió los ojos —y los ojos eran húmedos pero no de lágrimas sino de tiempo, como si veintidós años de recordar hubieran erosionado las cuencas y el agua salada que debía salir como lágrimas se había quedado dentro, ablandando la memoria—.
—¿Y después?
—Después, Aurelio empujó a Enrique. Lo empujó hacia el agua —hacia la bahía de San Juan, donde el muelle viejo tenía un borde sin baranda, donde el agua era negra y profunda y la corriente tiraba hacia el canal—.
Enrique cayó. Cayó de espaldas —me acuerdo de eso, me acuerdo de que cayó de espaldas porque sus brazos se abrieron como los brazos de alguien que intenta volar y no puede—.
Y el agua lo tragó. Y Aurelio se quedó en el borde del muelle mirando el agua.
Y los otros dos se fueron en el camión. Y yo…
Fermín hizo una pausa —la pausa más larga de la conversación, la pausa donde la culpa tiene su territorio—.
—Yo no hice nada.
Las palabras cayeron como piedras en agua.
—Yo estaba tocando. La orquesta estaba tocando un vals —Tu y Yo, de Ramito—.
Y yo estaba tocando el trombón y viendo a Enrique caer al agua y no dejé de tocar.
Porque si dejaba de tocar, si bajaba el trombón y gritaba, Aurelio me habría visto y habría sabido que yo había visto y habría hecho conmigo lo que hizo con Enrique o peor.
Así que seguí tocando. Y Enrique se ahogó.
Y la orquesta siguió tocando. Y las cuatro mujeres se fueron en el camión.
Y la carta se hundió con Enrique en el agua de la bahía.
Y Lola no recibió el mensaje. Y Lola no se fue. Y Lola quedó en manos de Don Jairo.
Kike no habló —no podía, tenía la garganta cerrada como la de un hombre que está a punto de gritar pero no grita porque si grita no podrá dejar de gritar—.
—¿Y Lola? —logró decir finalmente.
—Lola murió —dijo Fermín—. Murió tres años después, en el 66.
Dicen que fue tuberculosis. Pero la tuberculosis no rompe el espíritu de una mujer como se rompió el de Lola.
La tuberculosis no le quita la mirada a una persona como se la quitaron a Lola.
Lola murió de lo que mueren las mujeres que no pueden irse: de estar.
Kike pensó en Aitana. En Aitana, que era la hija de Lola. En Aitana, que estaba en la finca, en algún cuarto, con un verso escrito en carbón y un cordón umbilical que la conectaba con una canción que su madre nunca recibió.
—Fermín —dijo Kike—. ¿Usted sabe quién es Aitana?
—Sé quién era su madre.
—Aitana está viva. Está en la finca de Don Jairo. Y hay una canción…
—Hay una canción —dijo Fermín, y la voz era tan quieta que Kike tuvo que inclinarse para oír—. La canción que Esteban empezó y que Mateo terminó. La canción que Lola nunca pudo oír. La canción que es la carta que Enrique no pudo entregar.
Kike entendió —con la claridad brutal con la que se entienden las cosas cuando se tienen todas las piezas del rompecabezas— que la canción no era solo una canción.
La canción era la carta. La canción era el mensaje que Esteban escribió para Lola y que Enrique no pudo entregar y que ahora Mateo estaba entregando —no a Lola, que estaba muerta, sino a Aitana, que estaba viva, y a través de Aitana a todas las mujeres que Lola no pudo salvar—.
—¿Por qué no habló antes, Fermín? —preguntó Kike—. Han pasado veintidós años.
—Porque tenía miedo —dijo Fermín, y la palabra miedo salió de su boca sin disfraz, sin orgullo, sin vergüenza—.
Porque Aurelio me vio. No la noche del muelle —después.
Me vio en un bar en Santurce, tres semanas después, y me dijo: Tú tocas bien el trombón, Fermín.
Toca y calla. Porque los músicos que callan viven mucho.
Y los músicos que hablan… —Y no terminó la frase.
No necesitaba terminarla. Yo entendí. Y callé.
Y toqué. Veintidós años de tocar y callar.
—¿Y Aurelio? ¿Sigue vivo?
—Aurelio murió en el 71 —dijo Fermín—. Murió en un accidente de carro en la carretera 2, cerca de Hormigueros. O eso dijeron. Pero la gente que muere cerca de Don Jairo nunca muere por accidente. Aurelio sabía demasiado. Y los que saben demasiado…
—Terminan en el agua —dijo Kike.
—O en la carretera —dijo Fermín—. O en silencio.
Un silencio nuevo llenó la casa —el silencio de dos hombres que sabían lo que costaba hablar y lo que costaba callar y que estaban, por primera vez en veintidós años, en el mismo lado de la verdad—.
—¿Hay alguien más que sepa? —preguntó Kike—. Además de usted.
—Hay una mujer —dijo Fermín—. Una mujer que estaba en el muelle esa noche.
No la vi claramente —estaba entre las sombras, al final del muelle, donde los faroles no llegaban—.
Pero la vi. Y ella me vio. Y cuando Enrique cayó al agua, ella se tapó la boca con la mano —como quien ve algo que no debería ver y que no puede dejar de ver—.
Y después se fue. Corriendo. Y yo nunca supe quién era.
—¿La mujer era… joven?
—Joven. Veinte, veintidós. Pelo largo. Y llevaba algo en la mano —un cuaderno o una libreta. Algo donde se escribe.
Florina.
El nombre pasó por la mente de Kike como un relámpago —Florina, la partera, la mujer que estaba en San Juan, detrás de la tintorería coreana en Ashford, la mujer que tenía el cuaderno de registros de 1960 a 1972—.
Si Florina estaba en el muelle la noche del 12 de octubre de 1963, si Florina vio a Enrique caer al agua y a las cuatro mujeres subir al camión y a Lola no recibir la carta, entonces Florina era la testiga —la testiga que Fermín no pudo ser, la que no calló sino que escribió—.
—Fermín —dijo Kike, levantándose—. Necesito que venga conmigo a Puerto Rico.
—No.
—Su testimonio…
—Mi testimonio no vale nada sin prueba —dijo Fermín—. Un viejo en Vieques contra un hombre con diecisiete pares de ojos y camiones que siguen rodando veintidós años después. ¿Quién va a creerme?
—Mateo le creerá.
—Mateo es músico —dijo Fermín—. Los músicos creen en la música, no en los tribunales.
—La música va a llegar a los tribunales —dijo Kike—. Hay una periodista. Hay una estudiante de derecho. Hay once nombres. Hay un expediente.
Fermín lo miró —con los ojos dorados que parecían monedas antiguas— y dijo:
—Si hay un expediente, entonces falta una pieza. La pieza que yo tengo.
Fermín se levantó —con la lentitud de los setenta años y la precisión de quien sabe exactamente dónde está cada cosa en su casa—.
Caminó hacia el archivador de la esquina —un archivador de metal verde, oxidado, con una etiqueta escrita a mano que decía MÚSICA—.
Abrió el segundo cajón. Y de debajo de un fajo de partituras amarillentas —partituras de danza, de plena, de aguinaldo, la música que Esteban y Fermín tocaban en los años 50— sacó un sobre.
El sobre era marrón —de esos que usaban los abogados en los años 60, grueso, con el sello de correos de Puerto Rico de 1963 y una dirección que nunca fue entregada—.
Y en el sobre, escrito con la caligrafía de Esteban Reyes —la caligrafía que Mateo había heredado, la caligrafía de los Reyes, la que era tan firme y redonda como una melodía bien compuesta—, decía:
Para Lola Martínez.
Donde Mercedes, La Guasábara.
Urgente.
—La carta —dijo Kike.
—La carta que Enrique no pudo entregar —dijo Fermín—. La carta que Aurelio no encontró. Porque cuando Aurelio golpeó a Enrique y le quitó la camisa, la carta no estaba en el bolsillo. Estaba dentro del trombón.
Kike miró el King 3B en el atril.
—Dentro del trombón.
—Esteban me lo dijo —dijo Fermín—. Me lo dijo la mañana antes de la noche del muelle.
Me dijo: Fermín, si algo me pasa, la carta está dentro del trombón.
Dentro del tuning slide, enrollada. Si yo no llego a dársela a Enrique, tú se la das a Lola.
Si Lola no está, tú se la das a quien tenga que recibirla.
Y yo guardé la carta dentro del trombón.
Y cuando la orquesta terminó de tocar y el muelle se quedó vacío y el agua de la bahía se cerró sobre Enrique, yo saqué la carta del trombón y la guardé aquí.
Veintidós años. Esperando a quien tuviera que recibirla.
Kike tomó el sobre. Lo sostuvo con las dos manos —con la reverencia con la que se sostiene algo que ha esperado veintidós años para ser abierto—.
—¿Puedo abrirlo?
—No es mío —dijo Fermín—. Y no es tuyo. Es de Lola. Y Lola está muerta. Así que es de quien Lola habría querido que lo recibiera.
—Aitana.
—Aitana —confirmó Fermín—. La hija de Lola. La hija de Esteban.
Kike se detuvo —el aire pareció detenerse también, como si la casa de Fermín fuera una burbuja fuera del tiempo donde las verdades se decían sin prisa pero sin pausa—.
—¿Aitana es hija de Esteban?
—Eso dijo Esteban —dijo Fermín—. La noche antes del muelle, Esteban me dijo: Lola está embarazada. El hijo es mío. Don Jairo lo sabe. Por eso la tiene. Por eso no la suelta. Porque el hijo de Lola es suyo por la marca pero es mío por la sangre. Y la sangre pesa más que la marca.
La revelación golpeó a Kike como una ola —no como las olas suaves del Caribe sino como las olas del Atlántico norte en invierno, las que romen contra los muelles y arrancan los pilotes y se llevan todo lo que no está bien sujeto—.
Aitana no era Caló.
Aitana no era de Don Jairo.
Aitana era Martínez Vega por su madre y Reyes por su padre —hija de Lola y Esteban, nieta del abuelo de Mateo, prima de Mateo por sangre y por música y por la canción que era la carta que nunca llegó—.