CAPÍTULO 10 #4
—Esteban era el abuelo de Mateo —dijo Kike, articulando cada palabra como quien coloca ladrillos—.
—Mateo es nieto de Esteban —confirmó Fermín—. Y Aitana es hija de Esteban. Lo que significa que Mateo y Aitana son…
—Familia —dijo Kike.
—Familia —repitió Fermín—. Por sangre. Por música. Y por la canción que Esteban empezó en el 58 y que Mateo está terminando ahora. La canción que siempre fue una carta de amor de Esteban a Lola. Y que ahora es una carta de Mateo a Aitana. Y que, si suena, será una carta de Mateo y Aitana al mundo.
Kike guardó el sobre en la mochila —dentro del compartimento interior, donde nadie pudiera verlo, donde el papel de 1963 pudiera viajar de vuelta a Puerto Rico como debería haber viajado hace veintidós años—.
—Fermín —dijo Kike—. ¿Usted toca cada día?
—Cada día. Veintiséis años.
—¿Qué toca?
—La misma nota. La nota del muerto. La nota por Enrique. Y por Lola. Y por las cuatro del camión. Y por todos los que cayeron al agua y nadie los sacó.
Kike extendió la mano —la mano derecha, la de los golpes de conga y los redoblantes de timbales y los aplausos que son ritmos—.
Fermín la miró. Y la tomó —la mano vieja y la mano joven, la mano que tocó y calló y la mano que calló y tocó para el otro bando, la mano del testigo y la mano del traidor, ambas temblando, ambas firmes, ambas necesitadas de lo mismo—.
—Voy a hacer que la canción suene —dijo Kike.
—Y yo voy a seguir tocando la nota —dijo Fermín—. Hasta que la canción llegue. Y cuando la canción llegue, la nota dejará de ser del muerto y será del vivo.
Sábado 17 de agosto — 11:00 a.m
Mientras Kike cruzaba el canal de Vieques de vuelta a Puerto Rico con un sobre de 1963 en la mochila y una verdad de veintidós años en el pecho, Mateo estaba en Santurce, frente a una tintorería.
La tintorería estaba en la avenida Ashford —la avenida que los turistas llamaban el Condado y los locales llamaban donde los gringos toman sol—.
Era una tintorería coreana —una de las docenas que los inmigrantes coreanos habían abierto en San Juan en los últimos diez años, con letreros en hangul y español, con el olor del percloroetileno y el calor de las planchas industriales y la eficiencia silenciosa de gente que trabaja catorce horas al día sin quejarse—.
Mateo había llegado caminando desde La Guasábara —veinte minutos por la calle Loíza, cruzando el puente hacia el Condado, doblando a la izquierda en Ashford, contando los negocios hasta el número 1412—.
Ashford era una avenida ancha con palmeras y hoteles y restaurantes con terrazas donde los turistas comían langosta y bebían piñas coladas y no sabían que veinte minutos al oeste, en Santurce, había camiones blancos que salían de noche con mujeres que no eran turistas—.
La tintorería se llamaba Seoul Cleaners.
El letrero era azul y blanco —coreano arriba, español abajo—.
La puerta era de cristal y dentro se veían las filas de ropa en las perchas y las máquinas de lavado en seco y a una mujer coreana de mediana edad planchando camisas con la velocidad de quien ha planchado diez mil camisas y planea planchar diez mil más—.
Mateo no entró por la puerta principal. Caminó por la acera hasta el callejón lateral —el callejón que en Ashford es un pasillo estrecho entre los negocios, donde los contenedores de basura y las tuberías de agua y los cables eléctricos forman un paisaje de servidumbre—.
Al final del callejón había una puerta de metal —pintada de gris, sin letrero, sin timbre, con una cerradura que había sido cambiada recientemente porque el metal alrededor del cilindro era más nuevo que el resto de la puerta—.
Mateo tocó —tres golpes, pausa, dos golpes, pausa, un golpe—. El código que Lorena le había dado: Toca así. Ella sabe que significa: tres, dos, uno. El año que llegó. 1963.
Esperó. Diez segundos. Veinte. Y entonces la puerta se abrió —no del todo, solo una rendija, el ancho de una cara—.
Y la cara que apareció era vieja —no setenta, sino sesenta y tantos—, con la piel morena y curtida de quien ha vivido bajo el sol caribeño pero con los ojos claros —verdes, como los de Aitana, como los de Lola— y con algo en la mirada que Mateo reconoció inmediatamente: la mirada de quien ha visto demasiado y ha guardado todo.
—Mateo —dijo la mujer. No preguntó. Afirmó. Igual que Lorena había hecho en la cocina, igual que Fermín había hecho en la mecedora —como si el nombre fuera una llave que abría no una puerta sino una época—.
—Florina —dijo Mateo.
La puerta se abrió del todo.
El apartamento de Florina estaba detrás de la tintorería —literalmente detrás, separado por un muro de concreto y una puerta que antes era un armario y que ahora era el acceso a un espacio que no debería existir según los planos del edificio—.
Era un apartamento pequeño —dos cuartos, una cocina diminuta, un baño que antes era un almacén— pero estaba lleno: lleno de papeles, lleno de cajas, lleno de cuadernos, lleno de veintidós años de documentación.
El olor era inesperado —no era el percloroetileno de la tintorería ni el suavizante de ropa sino algo más antiguo: sándalo.
Sándalo quemado en un braserito de cobre sobre la mesa de la cocina —el mismo sándalo que las parteras Caló usaban para las marcas, el mismo que Eligio usaba para limpiar las marcas, el mismo que conectaba a Florina con el mundo que había dejado pero que no la había soltado—.
—Siéntate —dijo Florina, señalando la única silla libre —las demás estaban cubiertas de cajas—. Y perdona el desorden. Veintidós años de papeles no se organizan solos.
Mateo se sentó. La silla era de madera —sólida, antigua, probablemente de los años 50— y crujió bajo su peso como un acorde menor. Frente a él, en la mesa, había tres cosas: el braserito de sándalo, una taza de café, y un cuaderno.
El cuaderno era grande —de contabilidad, de esos que usan los contables y los abogados, con tapa dura de cuero negro y lomo cosido y páginas de papel grueso con líneas azules—.
Y estaba abierto —abierto en una página donde la escritura era pequeña y apretada y tinía de negro y a veces de rojo, como un mapa de nombres y fechas y lugares que contaba una historia que nadie había querido escuchar—.
—Este es el cuaderno de registros —dijo Florina, tocando la página con la punta de los dedos como quien toca la piel de un hijo—.
Desde 1960 hasta 1972. Doce años. Doce años de nacimientos, marcas, mujeres traídas, nombres de madres, nombres de padres —los verdaderos y los falsos—, y una cosa más: la verdad.
Mateo miró la página abierta. La escritura de Florina era precisa —la caligrafía de una partera, de alguien que documenta nacimientos y muertes con la exactitud que la vida exige—. Y en la página, bajo la fecha 17 de marzo de 1964, había una entrada:
Nacimiento: niña. Peso: 6 libras 2 onzas.
Madre: Lola Martínez Vega. Padre declarado: Jairo Heredia (Caló).
Padre biológico: Esteban Reyes (no Caló).
Marca: sí, en el hombro izquierdo. Nota: La marca fue aplicada por orden de Don Jairo.
La niña no es Caló. La madre fue forzada a aceptar la marca como condición para ver a su hija.
Mateo leyó la entrada tres veces —la primera con los ojos, la segunda con el corazón, la tercera con la canción—.
Aitana.
Aitana nació el 17 de marzo de 1964. Hija de Lola Martínez Vega y Esteban Reyes. Nieta de los Reyes por sangre y de los Heredia por la marca —la marca que no era Caló, la marca que era una falsificación grabada en la piel de una niña que no pertenecía al clan sino que fue reclamada por el clan—.
—La marca es falsa —dijo Mateo.
—La marca es real —dijo Florina—. La quemadura es real. La cicatriz es real. Pero el significado es falso. La marca dice Caló pero la sangre dice Reyes. Y la sangre pesa más que la marca. La sangre pesa más que todo —excepto la canción.
—¿Por qué documentó esto, Florina? —preguntó Mateo—. ¿Por qué arriesgó?
—Porque yo era la partera —dijo Florina—.
Y la partera ve lo que nadie ve: el momento en que una persona entra al mundo.
Y cuando una persona entra al mundo, la partera tiene la obligación de registrar cómo entró y quién la trajo y de dónde vino.
Es la ley de las parteras —más vieja que la ley de los hombres, más vieja que la ley de los Caló, más vieja que cualquier ley escrita—.
Y yo la cumplí. Incluso cuando cumplir la ley me costó todo.
—¿Qué le costó?
—Todo —dijo Florina—. Mi lugar en la comunidad.
Mi respeto. Mi seguridad. Don Jairo me descubrió en el 72 —no la documentación, sino el hecho de que yo preguntaba demasiado, que yo miraba los nacimientos con los ojos de quien está contando y no de quien está asistiendo—.
Y me dijo: Florina, tú eres buena partera.
Pero las parteras que preguntan demasiado se convierten en parteras que no pueden trabajar.
Y las parteras que no pueden trabajar no comen.
Y las que no comen se mueren. Y yo entendí.
Y me fui. Me fui a Nueva York primero —Bronx, Grand Concourse, donde los puertorriqueños van cuando no pueden estar en Puerto Rico—.
Pero Nueva York era demasiado lejos de los papeles.
Y los papeles necesitaban estar cerca. Así que volví.
En el 80. Volví y me escondí aquí, detrás de una tintorería coreana donde nadie busca a una partera vieja con un cuaderno lleno de nombres que importan.
Mateo miró alrededor —las cajas, los papeles, los veintidós años de documentación acumulada en un apartamento que no existía en los planos de la ciudad—.
—Florina —dijo—. Lorena me dijo que usted tiene algo más. Un acta.
Florina asintió. Se levantó —con la misma lentitud con la que se había levantado Fermín en Vieques, la lentitud de los que cargan décadas— y caminó hacia el cuarto trasero. Mateo la oyó abrir algo —un cajón, una caja, un espacio secreto dentro de un espacio secreto—. Y volvió con un papel.