GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

La mano era vieja —manchada de sol, cubierta de venas como ríos en un mapa, con dedos que curvaban hacia adentro como garras de pájaro—.

Y la mano pertenecía a un hombre que debía tener setenta años o setenta y cinco o quizás más, porque la cara era una máscara de arrugas tan profundas que parecía tallada en madera —madera de magüey, la que se usa para hacer los güiros, la que tiene vetas que cuentan historias—.

Pero lo que Kike notó no fue la cara sino los labios.

Los labios se movían —no hablaban con nadie, no cantaban, no rezaban— sino que formaban palabras sin sonido, como si el hombre estuviera tocando un instrumento invisible —o como si estuviera tocando el mismo instrumento que había tocado toda su vida, en silencio, porque el sonido estaba dentro y no necesitaba salir—.

—¿Fermín Torres? —dijo Kike desde la acera.

El hombre en la mecedora dejó de mover los labios. Levantó los ojos —ojos que eran pardos pero que tenían un punto dorado en el centro, como una moneda antigua dentro de un charco— y miró a Kike con una expresión que no era sorpresa ni miedo ni curiosidad sino algo más raro: reconocimiento.

—Tú eres hijo de Enrique —dijo Fermín Torres.

Y Kike, que había cruzado veinte kilómetros de mar con una pregunta, se quedó sin palabras porque la respuesta había llegado antes de que la pregunta saliera de su boca.

§

Sábado 17 de agosto — 7:30 a.m

Fermín Torres vivía solo —eso era lo primero que Kike notó al entrar en la casa: la soledad no como ausencia sino como presencia, la soledad como un inquilino más, como un mueble, como el polvo que cubría todo—.

La casa olía a madera vieja y a café recién hecho y a algo más —algo metálico, como el olor de un instrumento de latón que ha sido tocado durante décadas y que ha absorbido el cobre y el zinc y el estaño de la saliva humana hasta convertirse en algo que no es solo metal sino metal con memoria—.

Y ahí, en la esquina de la sala —apoyado en un atril de madera hecho a mano, con la campana apuntando hacia la ventana que daba al mar, con la boquilla oscurecida por el uso y el corps desgastado por los pulgares de generaciones— estaba el trombón.

Era un King 3B.

No el mismo de Mateo —pero sí el mismo modelo, la misma era, el mismo diseño.

Un King 3B de los años 50, con la campana grabada con una filigrana que los King de esa época tenían —una filigrana que parecía arabesco y que era, según los trombonistas viejos, la firma del artesano que había torcido la campana a mano antes de que las máquinas se llevaran ese trabajo—.

—Ese trombón era de Esteban —dijo Fermín, viendo la dirección de la mirada de Kike—. Me lo dio en el 59, cuando se jubiló de la música y se dedicó a sus negocios. Me dijo: Toca por los dos. Porque yo ya no puedo y tú todavía puedes. Y yo lo he hecho. Cada día. Veintiséis años. Toco por los dos.

Kike se sentó en la silla que Fermín le señaló —una silla de madera sin cojín, dura como la verdad—. Fermín se quedó en la mecedora —la mecedora que había dejado de mecerse pero que seguía siendo el centro de gravedad de la sala—.

—Usted sabía que yo vendría —dijo Kike.

—Sabía que alguien vendría. No sabía que serías tú.

—¿Por qué alguien vendría?

—Porque la verdad tiene cita. Y la cita de esta verdad era hace veintidós años.

Pero la gente no llegó a la cita —porque la gente que sabía la cita estaba muerta o asustada o las dos cosas—.

Y la verdad se quedó esperando. Y cuando la verdad espera mucho tiempo, se pudre.

Y la verdad podrida es la peor —porque ya no es verdad ni mentira sino algo entre las dos, algo que huele mal y que nadie quiere tocar pero que no se puede ignorar—.

Fermín se levantó de la mecedora —lentamente, como si cada articulación fuera una bisagra oxidada que necesitaba tiempo para abrirse—.

Caminó hacia la cocina —una cocina diminuta donde una estufa de gas de dos quemadores sostenía una cafetera de aluminio que siseaba como una serpiente contenta—. Sirvió dos tazas. Le dio una a Kike.

—El café es la única cosa que no se pudre —dijo Fermín—. El café, el ron y la música. Todo lo demás se pudre.

Kike bebió. El café era fuerte —más fuerte que el de Mercedes, más fuerte que el de cualquier lugar en Puerto Rico, como si el café de Vieques hubiera absorbido algo de la tierra que lo hacía más denso, más oscuro, más verdad—.

—Fermín —dijo Kike—. La noche del 12 de octubre de 1963. ¿Qué pasó?

Fermín no respondió inmediatamente. Lo que hizo fue algo que Kike no esperaba: caminó hacia el trombón. Lo tomó del atril —con las dos manos, con la reverencia con la que se toma a un hijo que ha sobrevivido a una guerra—. Se lo llevó a los labios. Y tocó.

No una melodía —no había melodía, no había ritmo, no había armonía—.

Solo una nota. Una nota larga, grave, que salió del King 3B como un lamento —un lamento que no era humano pero que contenía toda la humanidad del hombre que lo soplaba—.

La nota llenó la casa —llenó las paredes, el techo, el piso, las grietas, los muebles, el polvo, la soledad—.

Y duró exactamente lo que duraba la respiración de un hombre de setenta años que había fumado durante cuarenta y que tenía los pulmones como papel de estraza—.

Y cuando la nota terminó, la casa quedó en un silencio que era más grande que antes —como si la nota hubiera empujado el silencio hacia afuera y el silencio hubiera crecido para llenar el espacio que la nota dejó—.

—Esa nota —dijo Fermín— es la nota que tocaba Esteban cada vez que perdía a alguien. La llamaba la nota del muerto. Y la tocaba una vez, solo una vez, y después hablaba del muerto como si el muerto pudiera escucharlo desde el otro lado de la nota.

Fermín dejó el trombón en el atril. Se volvió hacia Kike.

—La noche del 12 de octubre de 1963 —dijo Fermín, y la voz había cambiado, era más profunda, más vieja, como si hubiera cruzado una frontera dentro de sí mismo y hablara desde el otro lado— era la noche de la llegada.

—¿La llegada?

—La llegada. Don Jairo llegó a Puerto Rico en 1963.

No antes —después. Llegó de España, de Andalucía, del barrio de Santiago en Jerez de la Frontera, donde los Caló tienen sus raíces más viejas y donde Don Jairo había aprendido el negocio antes de que se llamara negocio —cuando se llamaba costumbre, cuando se llamaba tradición, cuando una familia Caló con influencia podía traer una mujer de un lado a otro del Mediterráneo y nadie preguntaba nada porque eso era lo que se hacía y nadie había cuestionado lo que se hacía hasta que alguien cuestionó—.

—¿Y qué pasó la noche que llegó?

—Estaba en el muelle. El muelle de San Juan —el viejo, el que estaba en la bahía antes de que construyeran el nuevo—.

Yo estaba ahí porque tocaba en la orquesta que recibía los barcos —la orquesta de la autoridad portuaria, la que tocaba vals y danza y a veces salsa cuando el barco traía pasajeros de La Guaira o de Cartagena—.

Y esa noche, el barco era el Mar Caribe, un carguero español que venía de Cádiz con mercancía y con pasajeros y con algo que no estaba en la lista de pasajeros—.

—¿Qué?

—Mujeres. Cuatro. Cuatro mujeres jóvenes —la más vieja tendría veinticinco, la más joven diecisiete—.

Bajaron del barco por la escotilla de popa —no por la pasarela principal, no donde los pasajeros normales bajaban— sino por la parte de atrás, en la oscuridad, donde los faroles del muelle no llegaban y donde solo los hombres que esperaban podían verlas.

Y los hombres que esperaban eran de Don Jairo —tres, con un camión, un Ford F-600 blanco, el mismo modelo que usan ahora, veintidós años después, porque Don Jairo no cambia lo que funciona—.

Kike sintió un frío que no era del aire sino del tiempo —veintidós años, el mismo camión, el mismo sistema, la misma oscuridad en el mismo muelle—.

—¿Y mi padre?

—Tu padre estaba ahí. —Fermín cerró los ojos —no para no ver sino para ver mejor, como hacen los viejos cuando recuerdan algo que vieron hace décadas y que guardaron en el lugar donde la memoria es más nítida—.

Enrique Matos era el mensajero de Esteban.

Esteban lo había mandado al muelle con una carta —una carta para Lola, la madre de Aitana, la mujer que Esteban había amado y que Don Jairo había reclamado como propiedad del clan—.

La carta decía: Lola, vete. Vete esta noche.

El hombre que acaba de llegar te llevará lejos si no te vas antes. Esteban.

La sala se llenó de un silencio nuevo —un silencio que contenía la palabra vete repetida veintidós veces, una por cada año que la carta no llegó—.

—¿Y la carta no llegó?

—La carta llegó al muelle. Enrique la llevaba en el bolsillo —el bolsillo interior de la camisa, sobre el corazón, igual que Mateo lleva las cosas que importa—. Pero entre el barco y la calle, entre la escotilla de popa y el camión blanco, alguien lo interceptó.

—¿Quién?

—Un hombre. Solo uno. No era Yago —Yago era un niño entonces, tendría doce o trece años—.

Era otro. Uno de los tres que esperaban el camión.

El más joven de los tres. Se llamaba Aurelio.

No sé su apellido —los Caló no usan apellidos en público—.

Pero Aurelio era el que hacía el trabajo sucio —el que interceptaba, el que silenciaba, el que se aseguraba de que los mensajes no llegaran y las mujeres no escaparan—.

Kike apretó la taza de café —la taza de aluminio se deformó bajo sus dedos como una nota desafinada—.

—¿Y qué hizo Aurelio?