GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 10
35%

CAPÍTULO 10

Los Muertos que Hablan

Kike se despertó antes de que sonara el despertador —no porque el sueño se le hubiera acabado sino porque el sueño nunca había empezado—.

Se quedó acostado en la cama mirando el techo —un techo de yeso con una mancha de humedad en forma de Puerto Rico, la mancha que llevaba ahí desde antes de que él alquilara el apartamento hace tres años y que había crecido hasta ocupar casi todo el cielorraso como una isla que se tragaba la habitación—.

Había pasado la noche pensando en Vieques.

Kike se sentó en la cama. Encendió la lámpara de la mesita —una lámpara de porcelana con una base que imitaba una concha marina, la única cosa en el apartamento que había pertenecido a su madre y que había sobrevivido a tres mudanzas y dos desalojos—.

Sobre la mesita, junto a la lámpara, había un papel —un papel que Mateo le había dado el miércoles pasado, después de que Lorena apareciera en la cocina del club—:

Fermín Torres. Calle Muñoz Rivera 204, Isabel Segunda, Vieques. Trombonista. Tocó con Esteban Reyes en los años 50. Estaba en el muelle la noche del 12 de octubre de 1963.

Mateo no le había dado más información —no porque no la tuviera sino porque no la tenía—.

Lo que Mateo sabía era lo que Eligio le había dicho: Hay un hombre en Vieques que vio a tu abuelo morir.

O que vio morir al mensajero de tu abuelo.

O que vio algo que no debería haber visto y que lo silenciaron pero no lo mataron, y desde entonces vive en Vieques tocando el trombón como si tocara para los muertos.

Kike se levantó. Se duchó —agua fría, porque el calentador se había roto hace un mes y el dueño no lo había arreglado—.

Se vistió —camiseta negra, jeans, botas de trabajo, una mochila de lona con el cuaderno de apuntes y la grabadora de casete y tres rollos de película—.

En la mesita dejó la llave del apartamento y el dinero —cuatro billetes de veinte que habían sido cinco hasta anoche, cuando tuvo que pagar la cena porque Darío no apareció—.

El ferry a Vieques salía a las siete de la mañana desde Fajardo.

Kike salió del apartamento sin despedirse —no había nadie de quien despedirse; su madre había muerto hace seis años, su padre había muerto hace veintidós, y su hermana estaba en Orlando, casada con un mecánico que no sabía quién era Enrique Matos ni quería saberlo—.

En la escalera se encontró con la vecina del tercero —doña Wanda, la que vendía empanadillas desde su ventana y que sabía la vida de todos los inquilinos del edificio como si la hubiera leído en un periódico—.

—Kike, ¿tan temprano?

—Voy a Vieques.

—¿Vieques? ¿A la isla? ¿Tiene familia allá?

—Voy a buscar a un hombre.

—Un hombre vivo o un hombre muerto —dijo doña Wanda, y no era pregunta sino afirmación, como si en Vieques solo se pudiera buscar una de las dos cosas—.

—Vivo. Espero.

—Los vivos en Vieques son los que no se fueron —dijo doña Wanda—. Y los que no se fueron es porque no pueden o porque no quieren. Y los que no pueden ni quieren son los más peligrosos. Cuidado, muchacho.

Kike asintió —un gesto que era más agradecimiento que confirmación— y bajó las escaleras.

El camino a Fajardo era una carretera de dos carriles que serpenteaba por la costa este de Puerto Rico —pasando por Luquillo, donde las palmeras se inclinaban sobre la playa como ancianas artríticas, pasando por la entrada del bosque de El Yunque, donde el aire cambiaba de salado a verde, pasando por los letreros oxidados de las fábricas de azúcar cerradas que seguían de pie como monumentos a una riqueza que se había evaporado—.

Kike tomó el carro público de las seis —el primero del día, el que llevaba a los pescadores y a los obreros y a las mujeres que cruzaban a Vieques a visitar familiares—.

El carro era una guagua Dodge del 74 con los asientos de vinilo desgarrado y el motor que tosía en cada curva como un asmático corriendo una maratón.

El conductor era un hombre gordo con un bigote que le cubría toda la boca y una camiseta de la selección de baloncesto de Puerto Rico que había sido blanca alguna vez pero que ahora era del color de la esperanza vieja —amarillenta, manchada, persistente—.

—¿Fajardo? —preguntó el conductor.

—Fajardo. El muelle.

—Usted no es pescador.

—No.

—Tampoco es militar.

—No.

—Entonces va a Vieques.

—Sí.

—A buscar.

—A buscar.

El conductor no preguntó más. En Puerto Rico, cuando alguien dice a buscar, la conversación se cierra —porque buscar puede significar buscar a una persona, buscar una respuesta, buscar un muerto, o buscar la verdad, y la verdad es la cosa más peligrosa que se puede buscar en una isla donde la verdad tiene dueño—.

Kike se sentó junto a la ventana —la ventana que no se abría porque el mecanismo estaba oxidado pero que tenía una rendija por donde entraba el aire salado del Atlántico—.

Miró el amanecer —un amanecer de agosto, naranja y rojo y dorado como un incendio controlado, el tipo de amanecer que hace que la gente crea que el mundo está bien porque el cielo es bonito—.

Pero Kike no veía el cielo. Veía el papel que Mateo le había dado.

Y en el papel veía un nombre: Fermín Torres.

Y en el nombre veía una fecha: 12 de octubre de 1963. Y en la fecha veía a su padre.

Enrique Matos.

El nombre que Kike llevaba en el apellido y en la culpa —porque Enrique Matos había sido el mensajero de Esteban, el hombre que llevaba la carta que debía salvar a Lola, y que fue interceptado en el muelle y que nunca llegó a destino y que murió —¿cómo murió?

¿ahogado? ¿golpeado? ¿silenciado?— y que Kike había traicionado al trabajar para Don Jairo, porque si Enrique Matos murió por llevar la verdad, Kike había vivido por esconderla—.

El ferry salía a las siete en punto —un barco blanco con el nombre Cayo Largo pintado en el casco con letras que habían sido azules y ahora eran grises—.

Kike compró el boleto —tres dólares, ida y vuelta, clase económica— y subió al barco.

El barco era viejo —concebido en los años 50 como carguero, convertido en ferry en los 70, y ahora flotaba más por costumbre que por diseño—.

Olía a diesel y a metal oxidado y a la comida que los pasajeros traían en bolsas de papel —empanadillas, alcapurrias, refrescos calientes—.

Kike se sentó en la cubierta superior —la que estaba al aire libre, donde el viento soplaba con la fuerza del Caribe y el salitre se pegaba a la piel como una segunda—. Sacó el cuaderno. Escribió en la primera página:

16 de agosto de 1985. Viaje a Vieques. Objetivo: Fermín Torres. Calle Muñoz Rivera 204. Pregunta: ¿Qué vio la noche del 12 de octubre de 1963? Sub-pregunta: ¿Quién interceptó a Enrique Matos? Variable: Si Fermín calla, ¿hay otro testigo?

El ferry arrancó con un temblor que se sintió en los huesos —un temblor como un terremoto leve, como si la isla entera se sacudiera antes de dejar ir a uno de sus hijos—.

Kike miró la costa de Fajardo alejándose —las montañas verdes, las antenas de radio, los edificios bajos, la silueta de Puerto Rico como un cuerpo acostado boca arriba—.

Y luego miró hacia adelante, hacia el horizonte donde Vieques esperaba —una mancha verde en el azul, veinte kilómetros de mar, una hora y quince minutos de navegación—.

La hora y quince minutos pasó como pasan las horas cuando uno está pensando en el padre que no tuvo y en la muerte que no entendió y en la traición que cometió y en la redención que buscaba —lenta y rápida a la vez, como una canción que se escucha por primera vez: cada segundo se estira porque es nuevo, y cuando termina parece que no ha pasado nada—.

Vieques apareció como una promesa rota —verde, hermosa, herida—.

La isla era más pequeña de lo que Kike imaginaba —treinta y cuatro kilómetros de largo, seis de ancho, como un dedo verde apuntando al este—.

Pero lo que golpeó a Kike no fue el tamaño sino el sonido —porque Vieques tenía un sonido, un zumbido grave y constante que venía del este, del lado donde la Marina de los Estados Unidos tenía los campos de tiro, y que hacía que la tierra vibrara bajo los pies como un tambor invisible—.

El muelle de Isabel Segunda era pequeño —dos atracaderos, una caseta de madera, un estacionamiento de tierra con tres carros y una guagua escolar oxidada—.

Los pasajeros bajaron —pescadores con neveras, mujeres con bolsas de mandado, un par de turistas con mochilas que parecían recién salidos de una revista de viajes, y Kike, con su cuaderno y su mochila y la pregunta que había cruzado veinte kilómetros de mar—.

Kike caminó por la calle principal de Isabel Segunda —una calle estrecha con casas de madera pintadas de colores que habían sido brillantes y ahora eran pastel descolorido, con galerías donde viejos sentados en mecedoras miraban pasar al forastero como quien mira un fenómeno meteorológico: raro pero no imposible—.

El olor era diferente al de Puerto Rico —no era solo sal sino algo más profundo, algo mineral, como si la isla misma tuviera un olor que no era del mar sino de la tierra, una mezcla de hierro y coral y la hierba que los viejos llamaban verbena y que crecía en las grietas de las aceras como una rebeldía verde—.

Calle Muñoz Rivera era la tercera a la izquierda —una calle que subía hacia la loma donde la iglesia católica de Isabel Segunda tenía su torre blanca y su campana de bronce que no había sonado desde 1975—.

La casa 204 estaba al final de la cuadra —una casa de madera de dos pisos, pintada de azul oscuro hacía tanto tiempo que el azul se había convertido en una memoria del color, con un balcón donde una mecedora se movía sola —o eso parecía, hasta que Kike vio la mano que la empujaba—.