GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 9 #8
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CAPÍTULO 9 #8

Mateo bajó de la torre. Bajó despacio —con la misma precaución con la que había subido, probando cada peldaño, sintiendo el metal oxidado bajo las manos y el viento caliente en la cara y la rabia —la rabia nueva, la rabia que no era celos de amante sino furia de testigo— ardiéndole en el pecho como ocotillo encendido—.

Y cuando llegó al suelo —al campo de caña, a la oscuridad, al mundo real donde los camiones existían y las mujeres viajaban y la música tocaba como si nada pasara—, Mateo sacó el cuaderno del bolsillo y, de pie en la oscuridad, con la caña susurrando alrededor como un coro de fantasmas, escribió la última estrofa que el segundo bloque necesitaba:

Las palabras van al aire

Las lágrimas al mar

Pero el amor cuando muere, dime nena a dónde va

Dime Gitanita

La estrofa ya existía —la había escrito en la azotea, la había sembrado en el Capítulo 7, la había repetido como una pregunta que no encontraba respuesta—.

Pero ahora, después de ver el camión, la estrofa era diferente.

Dime Gitanita ya no era una pregunta retórica —era una pregunta literal: ¿a dónde van las mujeres?

¿A dónde va la mujer embarazada? ¿A dónde van las ocho que subieron al camión?

¿A dónde van las trescientas que subieron antes?

—. Y la pregunta no tenía respuesta porque nadie la había hecho antes —o la habían hecho pero en voz tan baja que el sistema no la escuchó, o la hicieron tan fuerte que el sistema las silenció—.

Mateo cerró el cuaderno. Caminó de vuelta por la carretera 187 —solo, invisible, un hombre caminando de noche en una isla donde los hombres que caminan de noche son fantasmas hasta que alguien los nombra—. Y mientras caminaba, pensó en las cosas que ahora sabía y que antes no sabía:

Los camiones existían. Los había visto.

Las mujeres existían. Las había visto.

La mujer embarazada existía. La había visto.

Carlitos estaba dentro —tocando, sobreviviendo, documentando.

Lorena estaba afuera —observando, documentando, construyendo el caso.

Darío estaba en el puente —viendo, registrando, preparando la historia que algún día publicaría.

Y Aitana —Aitana estaba en la finca, en algún cuarto, con un verso escondido en el compartimento del King 3B que solo Mateo abriría, con la ceniza de ocotillo en la cocina que Carlitos había visto, con la resistencia que no era silencio sino canción—.

Y Mateo pensó: El sistema tiene una grieta.

Y la grieta tiene un nombre: Lorena. Y la grieta tiene un hermano: Carlitos.

Y la grieta tiene un testigo: Darío. Y la grieta tiene una canción: Gitana.

Y la grieta tiene una pregunta: ¿a dónde va el amor cuando muere?

Y la respuesta es: va al camión. Va al muelle.

Va al carguero. Va al destino que nadie eligió.

Pero también va a la canción. Y la canción va al aire.

Y el aire va a todas partes. Y cuando la canción está en todas partes, el sistema no puede contenerla.

Porque el sistema contiene cuerpos, pero no contiene aire. Y la canción es aire.

Mateo llegó a la parada del carro público a las tres de la mañana.

No había carros —no a las tres de la mañana en una carretera rural de Puerto Rico—.

Así que caminó. Caminó tres kilómetros hasta la parada siguiente.

Y de ahí tomó el primer carro público del día —el de las cinco, lleno de pescadores y obreros y mujeres que iban al mercado y gente que no dormía porque no podía o porque no tenía cama donde hacerlo—.

Y en el carro, con el cuaderno en el regazo y el saquito rojo en el bolsillo y la imagen del camión blanco bajo la luna grabada en la retina como una marca de ocotillo que no se borra, Mateo cerró los ojos.

No durmió. Cerró los ojos para ver mejor —para ver la mujer embarazada en el camión, para ver a Aitana bailando sola en el patio, para ver a Carlitos tocando bongó mientras el motor arrancaba, para ver la grieta que Lorena había abierto y que ahora era una grieta por donde pasaba la luz —luz de farol, luz de luna, luz de la canción que ardía y no se apagaba—.

Y en la oscuridad de los ojos cerrados, la canción cantaba:

Y por los celos, los celos, los celos

A mí el corazón me arde, me arde

Al que madruga Dios lo ayuda

Y eso espero, pues me paso toda la noche por ti desvelado

Las estrofas nuevas —las de la rabia y la vigilia— eran el puente entre el primer bloque —el amor— y el segundo —la sombra—. Y el puente estaba construido con el material más resistente del mundo: la verdad vista con los propios ojos, documentada con los propios dedos, cantada con la propia voz.

Viernes 16 de agosto — 8:00 a.m

Mateo llegó al club a las ocho —temprano, otra vez, como había hecho el miércoles, porque la costumbre de escanear el territorio antes de entrar se estaba convirtiendo en instinto—.

La puerta del callejón estaba abierta. Mercedes estaba en la cocina —no cortando plátanos esta vez sino amasando masa para empanadillas, con las manos blancas de harina y la cara seria de quien ha pasado una noche pensando en cosas que no debería pensar—.

Mateo no fue a la cocina. Fue directo al escenario.

El King 3B estaba en el atril —donde siempre lo dejaba, con la campana apuntando al techo como una flor de metal, con la boquilla en el receptor, con el estuche apoyado en la pared detrás del atril—. Mateo tomó el estuche. Lo abrió.

El interior olía a metal y cuero y terciopelo viejo —el olor del trombón, el olor de la música, el olor de todo lo que Mateo había sido desde los catorce años—.

La boquilla de repuesto no estaba —nunca estuvo, porque Mateo nunca tuvo una boquilla de repuesto—.

Pero el compartimento —el compartimento oculto, el del terciopelo rojo aplastado— estaba ahí, en la esquina inferior izquierda del estuche, detrás de un panel de cuero que se deslizaba si sabías dónde empujar.

Mateo empujó. El panel se deslizó. Y dentro del compartimento —en el terciopelo rojo que parecía una lengua cansada— había un papel.