GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 9 #5
32%

CAPÍTULO 9 #5

Kike asintió. Guardó el papel con el nombre de Fermín Torres en el bolsillo —el mismo bolsillo donde guardaba las baquetas de repuesto y la llave de su apartamento y las pocas cosas que un percusionista necesita para sobrevivir—.

—Mateo —dijo Kike antes de irse—. ¿Qué pasó esta mañana? Tienes cara de quien descubrió algo que no debería existir.

—Descubrí algo que no debería existir —admitió Mateo—. Pero te lo digo después. Necesito procesarlo primero. Y necesito escribir.

—¿La canción?

—La canción siempre. Pero hoy es diferente. Hoy la canción tiene un nuevo combustible.

—¿Qué combustible?

—Rabia.

Kike no preguntó más. Los músicos entienden la rabia —la rabia es el combustible de la salsa, del son, de la plena, de todo lo que suena en el Caribe con esa urgencia que no es alegría ni tristeza sino algo más primitivo: la necesidad de gritar cuando el mundo te pide silencio.

Miércoles 14 de agosto — 4:00 p.m

Mateo subió a la azotea de su edificio —la suya, la del apartamento de doña Lydia, la que tenía la antena rota y las dos sillas de plástico y la vista del cielo—.

Llevaba el cuaderno, el bolígrafo, el saquito rojo de Eligio y la rabia —la rabia que había crecido durante la mañana como una planta alimentada por datos y nombres y fechas y mujeres que desaparecían en camiones—.

Se sentó en la silla blanca. Puso el saquito debajo del cuaderno —el ritual que Eligio le había enseñado, la creencia que no era magia pero que funcionaba como magia—. Abrió el cuaderno en la página del segundo bloque.

Las cinco estrofas y media estaban ahí —el sueño, las palabras que van al aire, la esperanza, la pregunta, el mandato—.

Pero ahora, después de Lorena y los camiones y Carlitos y las hojas de papel carbón y la cocinera cortando plátanos y la mujer que perdía a su hija y la partera que documentaba nacimientos y muertes y marcas falsas, el segundo bloque necesitaba algo que no tenía: la rabia.

La rabia que no era odio —porque el odio es personal y la rabia que Mateo sentía era colectiva, era la rabia de trescientas mujeres y trescientas madres y un sistema que funcionaba porque nadie lo interrumpía—.

Y Mateo escribió.

No despacio —como había escrito las estrofas del amor, las del deseo, las de la esperanza—.

Esta vez escribió rápido, con la velocidad de quien tiene demasiado dentro y necesita sacarlo antes de que lo destruya.

La tinta del Pilot corría sobre el papel como sangre de una herida que finalmente se ha abierto:

Y por los celos, los celos, los celos

A mí el corazón me arde, me arde

La estrofa no era nueva —estaba en la canción desde que Esteban la escribió, desde que Lola la inspiró, desde que la sangre de los Reyes empezó a cantar—.

Pero Mateo la escribió como si fuera nueva, porque ahora los celos no eran celos de amante —no eran los celos del viento que acaricia la piel ni de la luna que ilumina la cara ni del peinecito que peina el pelo—.

Ahora los celos eran celos de justicia: la rabia de ver que Aitana estaba marcada con una marca falsa, que las mujeres subían a camiones en la oscuridad, que el silencio era la cadena que los mantenía a todos prisioneros.

Y por los celos, los celos, los celos

A mí el corazón me arde, me arde

Mateo lo escribió dos veces —la primera como registro, la segunda como declaración—. Y la segunda vez, la mano apretó más y la tinta marcó más profundo y el papel se curvó bajo la presión como la piel se curva bajo la marca de ocotillo.

Y entonces escribió la estrofa que faltaba —la que no estaba en la canción de Esteban pero que la canción, en su hambre, le estaba exigiendo que escribiera—. La estrofa que conectaba el amor con la denuncia, la confesión con el testimonio, el deseo con la rabia:

Al que madruga Dios lo ayuda

Y eso espero, pues me paso toda la noche por ti desvelado

La estrofa era una súplica y una amenaza al mismo tiempo —como todo lo que valía la pena en la canción—.

Al que madruga Dios lo ayuda: la esperanza de que la vigilancia, la documentación, la paciencia, dieran fruto.

Y eso espero: la fe —la misma fe que Eligio le pedía, la misma que Salcedo practicaba, la misma que Aitana bailaba—.

Pues me paso toda la noche por ti desvelado: la vigilia, el insomnio, la obsesión —pero ya no era la obsesión del amante que no puede dormir pensando en la amada; era la obsesión del testigo que no puede dormir porque sabe lo que pasa cuando él cierra los ojos—.

Mateo miró lo que había escrito. El segundo bloque ahora tenía siete estrofas —cinco del amor y la pérdida y la esperanza, dos de la rabia y la vigilia—.

Y las siete juntas formaban algo que no era solo una canción de amor sino algo más peligroso: una canción de amor que se convertía, sin transición, en una canción de denuncia.

Como una planta que nace del suelo y crece hacia el sol y de repente florece con espinas —la belleza y el dolor en el mismo tallo—.

Cerró el cuaderno. Miró el cielo —las nubes de agosto, blancas y gruesas como almohadas, moviéndose despacio hacia el sur, empujadas por los vientos alisios que todo el Caribe sentía pero que nadie veía—.

Y pensó: La canción arde. Y lo que arde no se puede extinguir con silencio.

Solo se extingue con más canción —o con el agua que apaga lo que arde.

Y el agua, en esta isla, es el mar. Y el mar es adónde van las lágrimas.

Y las lágrimas, cuando son suficientes, pueden ahogar cualquier cosa —incluso un sistema—.

Miércoles 14 de agosto — 9:00 p.m

El set del miércoles era traditionally el segundo más flojo de la semana —después del lunes— pero Mateo tocó como si fuera la última noche del mundo.

No porque quisiera —sino porque no podía hacer otra cosa.

La rabia de la tarde —la que había escrito en la azotea, la de los celos y la vigilia— le había encendido algo dentro que solo se apagaba con el sonido del trombón.

Carlitos estaba en su puesto —bongós, al lado del piano, como siempre—.

Mateo lo miró de reojo durante el primer set.

Lo miró con los ojos nuevos —los ojos que sabían lo que la IBM Selectric sabía, los ojos que habían leído el papel carbón, los ojos que ahora veían en Carlitos no solo al bongocero silencioso sino al hermano de Lorena, al hombre atrapado, al infiltrado que era también la grieta—.

Y algo cambió en la forma en que Mateo lo miró.

Antes —antes de Lorena, antes del papel carbón, antes de la cocina— Mateo habría visto a Carlitos como un enemigo: el traidor, el ojo, el infiltrado.

Y habría querido confrontarlo, expulsarlo, destruirlo.

Pero ahora —después de Lorena— Mateo veía algo más: veía el miedo.

Lo veía en la forma en que Carlitos sostenía las baquetas —demasiado apretadas, como si las baquetas fueran lo único entre sus manos y el abismo—.

Lo veía en la forma en que miraba al público —no con la relajación del músico que disfruta su arte sino con la tensión del centinela que busca amenazas—.

Lo veía en la forma en que, al final de cada número, sus ojos iban a la puerta del callejón —no porque esperara a alguien sino porque temía que alguien entrara—.

Carlitos no era un traidor. Carlitos era un rehén. Y la diferencia entre un traidor y un rehén es que el traidor elige y el rehén es elegido. Y Mateo —que había sido elegido por la canción sin que nadie le preguntara si quería— entendía lo que era ser elegido por algo que no podías controlar.

En el intermedio, mientras los clientes tomaban ron y los músicos descansaban, Mateo se acercó a Carlitos. No para confrontarlo —no todavía, no aquí, no con los ojos de Don Jairo posiblemente observando— sino para algo más sutil: para tocarlo.

—Carlitos —dijo Mateo, sentándose en el banquito del bongocero—. Oye, la mano derecha se te fue en Descarga cienfueguera. Estabas apretando demasiado el repique.

Carlitos lo miró —los ojos morenos, cansados, con ojeras que parecían moretones—.

Y en los ojos, por un segundo —un segundo que Mateo captó como un fotógrafo captura una imagen—, hubo algo que no era miedo sino súplica.

Una súplica silenciosa, sin palabras, la súplica del hombre que quiere ser visto pero no puede pedir que lo vean.

—Lo sé —dijo Carlitos—. Estoy tenso.

—¿Quieres hablar?

—No hay nada de qué hablar, Mateo. —La voz era plana —demasiado plana, como un papel sin arrugas—. Estoy bien. Solo necesito dormir.

—Duerme, entonces.

—No puedo. —Carlitos bajó la mirada a los bongós—.

No puedo dormir porque cuando cierro los ojos veo cosas que no quiero ver.

Y cuando las veo, no puedo dejar de verlas.

Y entonces me quedo despierto, y al otro día estoy aquí, tocando bongó, y las cosas que vi siguen ahí, y yo sigo tocando, y las cosas siguen ahí, y el ciclo no se rompe nunca.

Mateo entendió. No era la confesión de un infiltrado —era el lamento de un hombre atrapado.

Y Mateo no dijo nada más. No necesitaba decir nada.

Lo que necesitaba era que Carlitos supiera que alguien lo había oído —aunque no hubiera dicho lo que realmente quería decir, aunque las palabras fueran solo la superficie de un océano de cosas no dichas—.

—Carlitos —dijo Mateo, levantándose—. El viernes hay toque privado en la finca. Tú vas.

—Siempre voy cuando Don Jairo llama.

—Toca bien. Y vuelve entero.

Carlitos miró a Mateo. Y por primera vez en la conversación —por primera vez en las semanas que llevaban tocando juntos—, Carlitos sonrió.

No una sonrisa de alegría sino de reconocimiento: la sonrisa del hombre que ha escuchado un código en una frase que parece normal pero que no lo es.

Toca bien. Y vuelve entero. No era un consejo musical. Era una orden de supervivencia.

—Volveré entero —dijo Carlitos—. Siempre vuelvo.