CAPÍTULO 9 #3
Lorena abrió la libreta. Las páginas estaban llenas de datos: fechas, nombres, rutas, placas, descripciones.
Era el trabajo de dos años de investigación solitaria —sin recursos, sin equipo, sin la protección de una redacción o un periódico o una institución—.
Solo una mujer con una libreta y una obsesión y la terquedad de quien cree que la ley debería funcionar para todos, incluso para los que no tienen voz.
—Empecé con Dominga —dijo Lorena—. Y con Dominga encontré a otras tres familias.
Y con esas tres familias encontré a otras siete.
Y con esas siete encontré el patrón: mujeres jóvenes, entre dieciocho y veinticinco, de familias pobres, sin conexiones políticas, sin abogados, sin protección.
Desaparecen de sus casas —o de las fiestas, o de las paradas de carro público, o de los mercados— y nadie las busca excepto las madres.
Y las madres van a la policía y la policía dice se fue con un novio o se fue a Nueva York o se fue porque quiso.
Y las madres saben que no es verdad, pero no tienen pruebas, y sin pruebas no hay caso, y sin caso no hay investigación, y sin investigación no hay justicia.
Y el ciclo se repite. Y las mujeres siguen desapareciendo.
—¿Y cómo conectaste esto con Don Jairo?
—Por los camiones. —Lorena pasó las páginas de la libreta hasta una página marcada con una cinta roja—.
Empecé a vigilar la finca desde lejos —desde la carretera 187, desde un campo de caña abandonado al otro lado de la verja—.
Y vi los camiones. Los mismos que tú viste documentados en el informe.
Ford F-600, blanco, sin logo. Martes y viernes.
Y siempre de noche. Y siempre en la misma dirección: al muelle.
—¿Y la IBM Selectric? ¿Cómo tienes acceso?
Lorena cerró la libreta. La expresión cambió —de la intensidad de la investigadora a algo más personal, más vulnerable, más peligroso—.
—Carlitos.
La palabra cayó como un silbido en la cocina —agudo, cortante, definitivo—.
—¿Carlitos? ¿El bongocero?
—Carlitos es mi hermano.
Mateo sintió que el suelo se movía —no metafóricamente sino literalmente, como si las baldosas de la cocina de La Guasábara se hubieran convertido en la cubierta de un barco en alta mar—.
Carlitos Quiñones. El bongocero. El hombre callado.
El que miraba hacia la puerta del callejón.
El que aparecía en el informe del papel carbón.
—Carlitos trabaja para Don Jairo —dijo Lorena, y la voz no era de vergüenza sino de dolor—.
No porque quiere. Porque debe. Mi hermano tiene una deuda en el hipódromo —veintitrés mil dólares, que para un bongocero es como veintitrés millones—.
Y Don Jairo pagó la deuda. Y cuando Don Jairo paga una deuda, la deuda no desaparece: se transfiere.
Ahora Carlitos le debe a Don Jairo lo que le debía al hipódromo, pero la deuda con Don Jairo no se paga con dinero. Se paga con información.
—¿Y tú lo sabías?
—Lo supe hace un año. Cuando encontré los recibos del hipódromo en su apartamento.
Y cuando lo confronté, él lloró —mi hermano, que no ha llorado desde que nuestro padre murió en el setenta y seis, lloró como un niño—.
Y me dijo: Lorena, no tengo salida. Si dejo de informar, Don Jairo me mata.
Si sigo informando, me destruyo. Y no sé cuál es peor.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Le dije que había una tercera opción.
—¿Cuál?
—Que me dejara usar su llave. La llave de la oficina.
La cuarta llave —la que Don Jairo le dio cuando pagó la deuda—.
Y que me dejara usar la máquina de escribir.
Y que mientras él informaba a Yago sobre lo que veía, yo usaría la misma información para documentar lo que Don Jairo hacía.
Para construir un caso. Para crear un expediente que algún día, en algún tribunal, en algún momento donde la ley funcione, pudiera usarse para destruir la red desde adentro.
Mateo la miró. Lorena Segarra. Estudiante de derecho. Hermana del infiltrado. La grieta en el sistema —literalmente, físicamente, la persona que se había abierto paso entre las costuras de la máquina y había encontrado el espacio donde la información fluía en ambas direcciones—.
—Los informes anónimos —dijo Mateo—. Los que recibió Darío Quiñones. El informe sobre los camiones. La foto de Aitana. ¿Fuiste tú?
—Fui yo. Y antes de Darío, envié informes a tres periodistas más.
Dos los ignoraron. Uno me dijo que Don Jairo era un tema demasiado caliente para un periódico que vivía de la publicidad de las cerveceras.
Solo Darío respondió. Y Darío respondió porque Darío no tiene nada que perder —excepto la vida, y según él, eso ya lo perdió hace años—.
—Y la foto de Aitana. ¿Cómo la conseguiste?
—Carlitos la tomó. No para Don Jairo —para mí.
Carlitos tiene una cámara —una Pentax que le regaló nuestro padre—.
Y a veces, cuando va a la finca para los toques privados de Don Jairo, toma fotos cuando puede.
Fotos de la finca, fotos de los camiones, fotos de las mujeres.
Y las fotos van a mí, no a Yago. Y yo las uso para el expediente.
—¿Y Carlitos no tiene miedo?
—Carlitos tiene tanto miedo que no puede dormir.
Pero Carlitos tiene una cosa que Don Jairo no cuenta: una hermana que cree en la ley.
Y esa hermana le dijo: Hermano, tú sigues informando a Yago.
Pero cada informe que le das a Yago, me das una copia a mí.
Y cada cosa que ves en la finca, la documentas.
Y algún día, cuando tengamos suficiente, usamos todo.
Y entonces Don Jairo no puede destruir todo porque el todo está en dos lugares: en lo que él sabe que existe y en lo que él no sabe que existe.
Mateo entendió. Era una estrategia de espejo —la misma que la canción usaba con la cinta: existir en dos lugares a la vez, en la cinta original y en la copia, en el cuarto de caoba y en el avión a Nueva York—.
Lorena había creado un espejo del sistema de vigilancia: Carlitos informaba a Yago, y Lorena usaba la misma información para documentar el crimen.
La izquierda informaba al amo, la derecha lo traicionaba.
Y la mano —el cuerpo que conectaba ambas— era Carlitos, atrapado entre el miedo y la hermana, entre la deuda y la justicia.
—Lorena —dijo Mateo—. La mujer que visitó a Eligio en Loíza Aldea. ¿Eras tú?
—No. —Lorena negó con la cabeza—. Esa no fui yo. No sé quién fue. Pero cuando Eligio te dijo que la voz era joven pero la manera de hablar era vieja, yo pensé en alguien: Florina.
—¿Florina? ¿La partera?
—Florina no está en Nueva York, Mateo. Florina nunca estuvo en Nueva York.
—Lorena abrió la libreta otra vez, pasó páginas—.
Encontré a Florina hace seis meses. No en Nueva York —en San Juan.
En un apartamento de la avenida Ashford, detrás de una tintorería coreana.
Florina tiene setenta y un años y una memoria que es mejor que cualquier archivo y un miedo que la mantiene viva pero invisible.
Y cuando le dije que estaba construyendo un caso contra Don Jairo, ella me dijo: Yo tengo algo que Don Jairo quiere y que tú necesitas.
Y yo le dije: ¿El acta de nacimiento? Y ella me dijo: No solo el acta. El registro completo.
—¿El registro completo?
—Florina no solo fue la partera de Aitana.
Fue la partera de la finca. Durante doce años —de 1960 a 1972—, Florina atendió todos los nacimientos en la finca de Don Jairo.
Y no solo los nacimientos: las muertes, las marcas, las llegadas, las salidas.
Florina lo documentó todo —en un cuaderno, como el tuyo, como el de cualquier persona que escribe lo que ve porque teme que si no lo escribe, desaparecerá—.
Y ese cuaderno existe, Mateo. Y el cuaderno no solo tiene el acta de Aitana.
Tiene los nombres de las madres. Tiene las fechas de los nacimientos.
Tiene las descripciones de las marcas. Y tiene algo más: tiene los nombres de las mujeres que llegaron a la finca ya marcadas —no nacidas allí, sino traídas—.
Mujeres de fuera. Mujeres que no eran Caló.
Mujeres que fueron marcadas como Caló sin serlo. Como Aitana.
Mateo sintió que la grieta se abría —no una grieta sino una falla geológica, una fractura que recorría el sistema de lado a lado y que, con la presión correcta, podía partirlo en dos—.
—Si Florina tiene ese cuaderno… y si el cuaderno documenta que las mujeres fueron marcadas sin ser Caló…
—Entonces la marca no es tradición. Es falsificación.
Y la falsificación es fraude. Y el fraude es un delito federal si cruza líneas estatales —y los camiones cruzan líneas estatales cada martes y viernes—.
Don Jairo no puede reclamar tradición si las mujeres no son Caló.
Y no puede reclamar propiedad si la marca es falsa.
Y si la marca es falsa, todo se cae —la autoridad, el silencio, el miedo, el sistema entero—.
Mateo miró a Lorena. Y Lorena miró a Mateo.
Y entre los dos —el compositor y la abogada, el trombonista y la investigadora, el hombre que convertía dolor en música y la mujer que convertía dolor en expedientes— se formó algo que no era exactamente una alianza sino algo más antiguo y más peligroso: un pacto.
El pacto de dos personas que saben que el sistema es una mentira y que la mentira solo se destruye con la verdad —pero que la verdad, para ser verdad, necesita pruebas, y las pruebas necesitan tiempo, y el tiempo es lo que Don Jairo tiene y lo que ellos no tienen—.
—¿Cuánto tiempo necesitas? —preguntó Mateo.
—Seis meses. Un año si puedo conseguir que el FBI se interese —que es como pedirle al sol que salga de noche, pero lo intento—.
El expediente necesita más documentación.
Necesito nombres de las víctimas. Necesito testimonios.
Necesito que al menos una de las mujeres que fueron transportadas en los camiones esté dispuesta a testificar.
—¿Y la canción?