CAPÍTULO 9 #2
Mateo se sentó en la silla de don Papo Carmen —el cuero crujió bajo su peso como una protesta—.
Miró la Selectric. La esfera estaba en la posición de reposo —la letra a minúscula mirando hacia arriba, como un ojo que se había cerrado—.
En la máquina no había papel. Pero la cinta —la cinta de tinta de la Selectric, la que dejaba la marca azulada que Mateo había visto en el informe de los camiones— era nueva.
Demasiado nueva para una máquina que supuestamente solo se usaba para contratos y recibos.
Mateo abrió el cajón del escritorio. Dentro había carpetas —contratos antiguos, cuentas, una foto de don Papo Carmen joven con un traje de guayabera blanca sonriendo junto a Cortijo—.
Nada extraordinario. Abrió el segundo cajón.
Más carpetas. Una botella de ron Don Q medio vacía. Un encendedor Zippo sin gas. Nada.
Abrió el tercer cajón —el de abajo, el más profundo—. Y ahí, debajo de un fajo de recibos de la cervecería, encontró algo que no debería estar ahí.
Carbón.
No carbón de leña —carbón de copia. Papel carbón.
Tres hojas de papel carbón, del tamaño de una carta, usadas pero no destruidas.
Y en las hojas, invertidas y fantasmales, se leían fragmentos de texto —el texto que alguien había escrito en la Selectric usando el papel carbón entre la hoja original y la copia, la técnica de quien quiere guardar un registro secreto de lo que escribe—.
Mateo tomó las hojas. Las sostuvo contra la luz de la ventana. Y leyó —invertido, fantasmal, como leer la sombra de una letra en lugar de la letra misma—:
…Reyes Mateo. Trombonista. Movimientos diarios: apartamento calle Loíza → club La Guasábara. Contactos frecuentes: Enrique Kike (percusionista, ex-infiltrado), Padilla Papo (pianista)…
Era el informe sobre Mateo. El que Kike había escrito —pero no solo el de Kike. Había más texto debajo —texto que no era de la mano de Kike, texto que usaba un vocabulario diferente, más técnico, más burocrático—:
…segundo informe: actividad musical en cuarto de grabación. Fecha: 9 de agosto. Duración estimada: 15 minutos. Contenido: canción incompleta, tema Gitana. Participantes: Reyes, Salcedo Rubén, Padilla Papo, Quiñones Carlitos…
Mateo sintió que el aire se vaciaba del cuarto.
Quiñones Carlitos.
Carlitos Quiñones. El bongocero. El hombre callado con la esposa en Vega Baja y la deuda en el hipódromo. Carlitos, que siempre llegaba primero y se iba último. Carlitos, que nunca hablaba pero siempre escuchaba. Carlitos, que a veces miraba hacia la puerta del callejón cuando nadie más miraba.
La misma descripción que Papo había dado: Un músico que a veces sabe cosas antes de que pasen.
Mateo no saltó. No gritó. No rompió nada.
Lo que hizo fue lo que Eligio le había enseñado: observar sin reaccionar, registrar sin confirmar, saber sin revelar.
Porque si Carlitos era el segundo infiltrado —y el papel carbón era una prueba, no una certeza—, confrontarlo era firmar su sentencia y la de Mateo.
Pero había algo más en el papel carbón —algo que Mateo no esperaba, algo que abría una grieta no en el sistema de Don Jairo sino en la comprensión que Mateo tenía del sistema—.
Debajo del segundo informe, escrito con la misma máquina pero con una presión diferente —más ligera, como si quien escribía no quisiera dejar marca profunda—, había un tercer texto:
…camiones viernes. Ruta confirmada. Muelle 6. Conductor Martínez. Ocho mujeres esta vez. Una embarazada. —L.
L.
No Y. No la firma de Yago. No el sello de Don Jairo.
Una L. Una inicial que podía ser de cualquiera —Lola, Lorena, Luisa, Leonor— pero que Mateo, con la intuición que solo tienen los compositores cuando la canción les habla en lengua de datos, asoció inmediatamente con algo que Eligio había dicho: Alguien joven que habla con la autoridad de alguien que ha vivido mucho.
La mujer que visitó a Eligio.
La mujer del callejón —la de la falda terracota.
Y la L era su firma.
No era el segundo infiltrado. Era algo que Mateo no había previsto: un tercer actor.
Alguien dentro del sistema que no trabajaba para Don Jairo sino contra Don Jairo.
Alguien con acceso a la IBM Selectric —porque tenía la llave o porque Carlitos le dejaba la puerta abierta—.
Alguien que documentaba los camiones y los informes y los movimientos y enviaba la información a Darío Quiñones en sobres sin remitente.
La grieta.
No una grieta en el muro —una grieta en el sistema. Un canal dentro de la máquina que no debería existir. Una persona dentro de la red que no pertenecía a la red. Y esa persona —esa L— estaba usando la IBM Selectric del club para escribir informes sobre Don Jairo y enviárselos a un periodista.
Mateo guardó las hojas de papel carbón en el bolsillo —el mismo bolsío interior donde guardaba el informe de los camiones y la foto de Aitana—. Salió de la oficina. Cerró la puerta. Y caminó hacia la cocina donde Mercedes seguía cortando plátanos con la precisión de un reloj suizo.
—Mercedes —dijo—. La mujer que vi en la puerta del callejón ayer. La de la falda terracota. ¿La has visto antes?
Mercedes levantó los ojos del plátano.
—La he visto tres veces. Siempre los miércoles. Siempre a las ocho de la mañana. Y siempre se queda en la puerta sin entrar. Como quien espera ser invitada.
Eran las ocho y diez.
—Mercedes, si vuelve hoy… no le digas que yo pregunté. Solo dile que pase.
Miércoles 14 de agosto — 8:15 a.m
Mateo esperó en la cocina. Esperó bebiendo café —una taza, dos, tres— mientras Mercedes preparaba el sancocho del mediodía y el olor del sofrito y el culantro llenaba el aire como una banda sonora. Esperó quince minutos. Y entonces la cortina de cuentas del callejón chasqueó.
La mujer entró.
Era exactamente como Mateo la recordaba: joven —veinticuatro, veinticinco—, pelo negro recogido en una trenza apretada, falda larga de color terracota, blusa blanca sin mangas.
Pero ahora, en la luz de la cocina —no la luz de un callejón oscuro sino la luz cálida del sofrito y el café y las cosas que se cocinan—, Mateo vio lo que no había visto antes: la cara.
La cara era angulada —mandíbula firme, pómulos altos, cejas gruesas que se juntaban como dos acentos graves sobre unos ojos que no eran verdes ni marrones sino de un color imposible: gris.
Gris como el mar antes de la tormenta. Gris como la Selectric.
Gris como la tinta de los informes que alguien escribía a las tres de la mañana.
Y debajo de los ojos —debajo de los ojos grises, debajo de la juventud, debajo de la ropa universitaria— había algo que Mateo reconoció porque lo había visto en los ojos de Papo y en los de Kike y en los suyos propios cuando se miraba al espejo después de una noche sin dormir: el peso de saber demasiado.
—Mateo Reyes —dijo la mujer. No preguntó. Afírmó. Como quien dice el nombre de algo que ha estado buscando durante mucho tiempo.
—¿Tú eres la L —dijo Mateo.
La mujer no se sorprendió. No parpadeó. No retrocedió. Lo que hizo fue algo más sutil: sonrió. No una sonrisa de alegría sino de reconocimiento —la sonrisa de quien ha dejado pistas durante meses y finalmente alguien las ha seguido—.
—Me llamo Lorena —dijo—. Lorena Segarra. Y sí, la L es mía.
Lorena Segarra se sentó en el banco de la cocina —el mismo banco donde Mateo se había sentado hace veinte minutos, donde Kike había confesado hace semanas, donde Papo había llorado la culpa de Enrique Matos—.
Mercedes le sirvió café sin preguntar —Mercedes siempre servía café; era su instinto, su naturaleza, su forma de decir estás a salvo aquí—.
Lorena lo tomó. Lo bebió en un trago —como quien bebe café no por el sabor sino por la función, como quien necesita cafeína como combustible y no como placer—.
—No tengo mucho tiempo —dijo Lorena—. Los miércoles por la mañana es la única ventana donde Yago no tiene gente en Santurce. Los miércoles, Yago está en la finca. Reunión semanal con Don Jairo. Los ojos de Santurce están solos —sin supervisor— y eso me da noventa minutos.
—¿Y cómo sabes los horarios de Yago?
—Porque los documenté. —Lorena metió la mano en el bolsillo de la falda y sacó algo —lo rectangular que Mateo había visto en el callejón—.
Era una libreta —no un cuaderno de composición como el de Mateo, sino una libreta de campo: tapa dura, espiral, llena de escritura apretada en tinta negra y azul y a veces roja—.
Llevo dos años documentando los movimientos de Don Jairo.
No porque soy periodista —no lo soy—. Ni porque soy policía —tampoco—.
Soy estudiante de derecho en la UPR. Trabajo en la clínica de asistencia legal del recinto de Río Piedras.
Y en la clínica, los casos que llegan son siempre los mismos: mujeres que desaparecen, familias que buscan, policías que no investigan, jueces que no ordenan, sistema que no funciona.
Mateo la escuchaba con la atención con la que escucha una melodía nueva —buscando la estructura, los acordes, la tonalidad, el lugar donde la melodía cambia de modo y revela lo que realmente está diciendo—.
—Hace dos años llegó una mujer a la clínica —continuó Lorena—.
Tenía cuarenta y dos años. Se llamaba Dominga.
Dominga Vega. Y Dominga Vega buscaba a su hija.
Su hija se llamaba Rosa. Rosa Vega. Tenía diecinueve años cuando desapareció.
Y Dominga me dijo: Señorita, mi hija no desapareció.
Mi hija fue llevada. Y yo le pregunté: ¿Llevada por quién?
Y Dominga dijo: Por los que llevan. Y yo dije: ¿Quiénes son los que llevan?
Y Dominga me miró —con estos ojos, Mateo, estos ojos que tenían dentro veinte años de buscar y no encontrar— y dijo: Usted sabe quiénes son.
Todo el mundo sabe. Lo que nadie tiene es las pruebas.