GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La Grieta en el Sistema

Mateo no durmió.

No por insomnio —el insomnio era un invitado viejo, un fantasma con el que había aprendido a convivir desde que compuso su primera melodía a los catorce años—.

No por miedo —el miedo era también viejo, pero el miedo del martes había sido diferente: era un miedo con datos, un miedo con nombre y placa y ruta y muelle, y los miedos con nombre son más difíciles de ignorar que los miedos sin rostro—. No durmió porque la canción no lo dejó.

La canción tenía hambre.

Era la única forma de describirlo —y Mateo lo intentó, porque era compositor y los compositores viven de convertir lo indescriptible en palabras que alguien pueda cantar—.

La canción tenía hambre como un fuego tiene hambre: consumía lo que le dabas y pedía más.

Le habías dado el primer bloque —catorce minutos y cuarenta y siete segundos de confesión y deseo y promesas imposibles— y la canción lo había devorado y había crecido.

Le habías dado las cinco estrofas y media del segundo bloque —el sueño, las palabras que van al aire, la esperanza, la pregunta, el mandato— y la canción las había devorado y había vuelto a crecer.

Y ahora pedía más. Pedía la estrofa que Mateo sabía que tenía que escribir pero no sabía cómo: la estrofa que no era sobre el amor ni sobre la pérdida sino sobre la rabia —la rabia que arde en el pecho cuando ves el sistema que aplasta lo que amas y no puedes hacer nada excepto escribir—.

Y por los celos, los celos, los celos / A mí el corazón me arde, me arde.

La estrofa estaba ahí —en la sangre, en los huesos, en el lugar donde la música nace antes de convertirse en sonido—. Pero no salía. Era como una espina clavada en la garganta: la sentías pero no podías escupirla, y cada intento de tragarla la empujaba más profundo.

Mateo se levantó a las siete y media —antes de que doña Lydia se despertara, antes de que el sol entrara por la ventana con su insolente transparencia de agosto—.

Se vistió en silencio —camiseta blanca, pantalón de lino gris, zapatos de lona— y tomó el cuaderno y el bolígrafo y el saquito rojo de Eligio y la fotografía de Aitana bailando sola y el informe de los camiones —que seguía en el bolsillo interior de la camisa, sobre el corazón, donde el papel se había humedecido con el sudor nocturno y la tinta de la máquina había dejado una sombra azulada en la piel—.

Necesitaba ir al club.

No para tocar —el primer set no empezaba hasta las nueve de la noche— sino para ver.

Para observar. Para buscar la grieta en el sistema que Eligio le había descrito: diecisiete pares de ojos, tres en Santurce, uno con acceso a la IBM Selectric de don Papo Carmen.

Y si la IBM Selectric estaba en la oficina del club, la oficina era el centro de la grieta —el lugar donde el sistema tenía una costura que se podía deshilachear—.

Mateo salió del apartamento. En la escalera, se cruzó con el señor Méndez —el jubilado del segundo piso que siempre olía a menta y a periódico—. El señor Méndez lo miró con esos ojos que ven la vigilia como un síntoma.

—Muchacho, ¿usted durmió?

—No mucho.

—La cara se lo dice. Tiene ojos de quien pasó la noche peleando con algo que no se deja ganar.

—Es una canción.

—Las canciones son las peores peleas —dijo el señor Méndez—. Porque las canciones nunca pierden. Uno se rinde o se muere, pero la canción sigue ahí.

Mateo no respondió porque el señor Méndez había dicho en tres frases lo que él había estado pensando toda la noche.

El club La Guasábara a las ocho de la mañana era un cadáver elegante —las sillas sobre las mesas, el piso húmedo del fregón de Mercedes, las botellas vacías alineadas en la barra como soldados derrotados, las cortinas cerradas, el piano con su funda de lona, el escenario oscuro—.

Olía a ron viejo y a desinfectante y a la cera que doña Carmen hacía aplicar cada miércoles —el día de limpieza, el día en que el club se lavaba la cara para empezar otra semana—.

Mateo entró por la puerta del callejón —la que siempre estaba abierta, porque el callejón era la entrada de los empleados y los empleados no tenían horarios que respetar—.

Mercedes estaba en la cocina —se la oyó antes de verla: el golpe rítmico del cuchillo contra la tabla, el canto de los plátanos verdes siendo cortados en rodajas delgadas como páginas—.

—¡Mercedes!

—¡Adelante, Mateo! —la voz era cálida, siempre cálida, la voz de una mujer que había alimentado a medio Santurce y que guardaba secretos como el arroz guarda calor—. ¿Café?

—Sí. Y una pregunta.

—Las preguntas no se pagan con café, muchacho. Se pagan con respuestas.

—Esta pregunta no tiene respuesta todavía. Por eso necesito hacerla.

Mateo entró en la cocina. Era más pequeña de lo que parecía desde la sala —cuatro metros por tres, con una estufa de gas de seis quemadores, una nevera comercial que gemía como un elefante herido, y una mesa de preparación donde Mercedes convertía la pobreza en abundancia con plátanos y ajo y aceite y sal y la alquimia que solo las cocineras caribeñas conocen—.

El olor era intenso: sofrito —cebolla, pimiento, ajo, culantro—, y debajo del sofrito, algo más dulce: coco rallado para los tembleques del fin de semana.

—Mercedes —dijo Mateo, sentándose en el banco junto a la mesa—. La oficina de don Papo Carmen. ¿Quién tiene llave?

Mercedes no dejó de cortar plátanos. Pero el ritmo del cuchillo cambió —imperceptiblemente, una fracción de segundo entre golpe y golpe, como una arritmia en un corazón sano—.

—Doña Carmen tiene una llave. Yo tengo otra —para cuando llegan los proveedores temprano y doña Carmen no está—. Papo tiene otra. Y hay una cuarta.

—¿Quién tiene la cuarta?

—No lo sé con certeza. Pero la cuarta llave existe porque la cerrajería hizo cuatro copias cuando se cambió la cerradura en el ochenta y dos. Yo vi las cuatro. Y la cuarta no la tiene ni doña Carmen ni yo ni Papo.

—¿Y quién cambió la cerradura en el ochenta y dos?

—Don Jairo.

La palabra cayó como un bloque de concreto en un charco de sofrito.

—¿Don Jairo?

—Don Jairo pagó la cerrajería. Fue el año en que don Papo Carmen se enfermó —el primer infarto, el que todos creyeron que era el último—.

Don Jairo vino al club, habló con doña Carmen, y ofreció pagar la cerrajería nueva.

Dijo que era por seguridad —que el club necesitaba puertas seguras después de veintitrés años con la misma cerradura—.

Doña Carmen aceptó. Y la cerradura se cambió. Y Don Jairo pagó por cuatro llaves.

—Y la cuarta llave…

—La cuarta llave no apareció nunca. Don Jairo dijo que se la había dado a un empleado de confianza. Pero nunca dijo a quién.

Mateo sintió la grieta. La sentía como se siente una fisura en un muro —no la ves, pero el aire pasa, y el aire que pasa es diferente del aire que no pasa—.

La cuarta llave era la llave del infiltrado.

La llave que abría la oficina donde estaba la IBM Selectric.

La llave que permitía a alguien escribir informes sobre Mateo y sobre los camiones a las dos de la mañana cuando el club estaba vacío y solo quedaba el zumbido de la nevera y el olor del ron derramado.

—Mercedes —dijo Mateo—. ¿Tú has notado algo extraño en la oficina? ¿Alguien que entra cuando no debería?

Mercedes dejó el cuchillo. Se volvió hacia Mateo con los ojos —esos ojos pardos que habían visto más de lo que cualquier persona debería ver en una cocina— y dijo:

—He notado la luz. A veces, cuando llego temprano —a las cinco, a las cinco y media—, la luz de la oficina está encendida.

Pero cuando entro, está apagada. Como si alguien la apagara justo antes de que yo llegara.

O como si la luz estuviera en un temporizador.

Pero la oficina no tiene temporizador —es un interruptor normal, de los que hay que apretar con la mano—.

Mateo procesó el dato. Si la luz estaba encendida a las cinco de la mañana y apagada cuando Mercedes entraba, alguien estaba en la oficina entre las tres y las cinco.

Y los camiones salían a las dos. Y la ventana entre las dos y las cinco era la ventana del movimiento —cuando los camiones iban al muelle y cuando el informe del movimiento podría estar escribiéndose—.

—¿Cuántas veces has visto la luz, Mercedes?

—Tres veces en los últimos dos meses. Siempre en martes o viernes.

Martes y viernes. Los días de los camiones.

Mateo se levantó. Bebió el café —negro, sin azúcar, caliente como la rabia que le ardía en el pecho— y caminó hacia la oficina.

La oficina de don Papo Carmen estaba en la parte de atrás del club —después del baño, después del cuarto de caoba, después de un pasillo estrecho que olía a humedad y a historia—.

Era un cuarto pequeño —tres por tres— con un escritorio de roble, una silla giratoria de cuero agrietado, un archivador de metal verde, un calendario de la cervecería India que llevaba tres años sin ser actualizado, y, en la esquina, junto a la ventana que daba al callejón trasero, la IBM Selectric.

La máquina era una Selectric II —color gris perla, con la esfera de tipo que giraba como un planeta en miniatura cada vez que se presionaba una tecla—.

Era la máquina de escribir más avanzada que existía en Puerto Rico en 1985 —la que usaban los abogados, los contables, los periodistas serios—.

Y estaba en el club porque don Papo Carmen la había comprado en 1978 para escribir las cartas de contratación de la orquesta y los recibos de los proveedores y los contratos de los músicos —porque don Papo Carmen, a diferencia de la mayoría de los dueños de clubes nocturnos en Santurce, era un hombre que creía en los papeles, en los registros, en la prueba escrita de que algo había sucedido—.