GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 8 #6
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CAPÍTULO 8 #6

El saquito rojo de Eligio estaba debajo —entre el concreto de la azotea y el cuaderno, como un falso suelo—.

Mateo no creía en la magia. Pero creía en la psicología del ritual —la misma que hacía que los músicos afinaran antes de tocar, que los santeros rezaran antes de consultar, que los amantes se miraran antes de tocarse—.

El saquito era un ritual: ponlo donde escribes, escribe con la certeza de que la canción está protegida.

Y Mateo escribió.

Escribió la verdad que había aprendido hoy —no como datos sino como música, porque los datos no son canciones y las canciones no son datos y la diferencia es lo que hace que una canción cambie el mundo mientras un informe lo archiva—.

Escribió sobre los camiones. Escribió sobre las mujeres.

Escribió sobre el muelle y la madrugada y el conductor con un solo ojo y el carguero que llevaba cuerpos vivos como si fueran mercancía muerta.

Y al final de la página, como un sello, como una firma, como una promesa hecha de tinta y sangre y miedo y esperanza, Mateo escribió la estrofa que cerraría el segundo bloque —la que no era confesión ni denuncia sino declaración de fe—:

Ay na' ma' / Tócamelo

La frase más corta de la canción. La más simple.

La más cruda. Ay na' ma' —la contracción de no hay nada más, lo que se dice cuando las palabras se acaban y solo queda el sonido.

Tócamelo —el mandato, la orden, la súplica: toca la canción, toca el instrumento, toca la vida, toca lo que queda cuando todo lo demás ha sido tocado y roto y marcado y silenciado.

Tócamelo no era una petición —era una exigencia. Exigía que la canción sonara. Exigía que el silencio se rompiera. Exigía que los camiones dejaran de moverse, que las mujeres dejaran de ser mercancía, que las marcas dejaran de ser títulos de propiedad.

Tócamelo era la nota que faltaba.

Mateo cerró el cuaderno. Miró las estrellas —las pocas que podía ver, las mismas que Aitana vería desde la ventana de la finca si es que tenía ventana, si es que le dejaban mirar arriba, si es que alguien en la finca de Don Jairo sabía que el cielo existía—.

Y en la oscuridad de la azotea, con el cuaderno cerrado y la canción creciendo y el cerco cerrándose pero la canción creciendo —siempre creciendo, como un fuego que no se apaga, como una raíz que no se detiene, como una verdad que no se silencia—, Mateo habló al aire —no a Aitana, no a Lola, no a Esteban, sino a la canción misma—:

—Te están vigilando. Pero no te pueden ver. Porque tú no eres lo que escribo. Eres lo que respiro. Y lo que respiro no se puede vigilar.

El viento llevó las palabras —o no las llevó; quizás las absorbió, quizás las guardó, quizás las repitió en una frecuencia que solo Aitana podía escuchar—. Y Mateo bajó de la azotea, cerró la puerta de la escalera de incendios, entró al apartamento, echó el cerrojo.

Y antes de dormir, abrió el cuaderno una última vez y leyó lo que había escrito —el segundo bloque incompleto pero vivo, la canción creciendo como un hijo que no ha nacido pero ya respira—:

BLOQUE 2: LA SOMbrA

Anoche vi en tus ojos que me querías, y te besé

Saboreando tus labios dulces

Y abrazando la almohada, me desperté

Las palabras son de aire, y van al aire

Mis lágrimas son agua, y van al mar

Cuando un amor se muere

Sabes chiquita a dónde va

Sabes chiquilla a dónde va

Solo, solo para ti, solo para ti yo soy, solo para ti seré

Espero con la esperanza que algún día me puedas ver

Las palabras van al aire

Las lágrimas al mar

Pero el amor cuando muere, dime nena a dónde va

Dime Gitanita

Ay na' ma'

Tócamelo

Cinco estrofas y media. El segundo bloque estaba tomando forma —no completa, no terminada, pero visible, palpable, real—.

Y cuando el segundo bloque estuviera completo —cuando la denuncia estuviera escrita y la pregunta estuviera hecha y el mandato estuviera pronunciado—, la canción sería más que una confesión de amor prohibido.

Sería un testimonio. Y los testimonios, a diferencia de las confesiones, no se pueden reclamar como propiedad.

Los testimonios pertenecen a quien los necesita.

Y los que necesitaban este testimonio eran trescientas mujeres que viajaban en camiones y una mujer que bailaba con los ojos cerrados y un pueblo entero que vivía en el silencio porque hablar era morir.

Mateo cerró el cuaderno. Apagó la luz. Y en la oscuridad, con los ojos cerrados y la canción sonando dentro de su cabeza como un río subterráneo que buscaba la superficie, Mateo pensó:

Sin mirarte yo te miro. Sin sentirte yo te siento. Sin hablarte yo te hablo. Sin quererte yo te quiero.

Y esta noche, Aitana, cada palabra es más cierta que la última vez que la dijimos.

Porque antes era deseo. Ahora es resistencia.

Y la resistencia no es silencio. La resistencia es la canción misma, tocando aunque nadie la escuche, creciendo aunque nadie la vea, viviendo aunque todo el mundo intente matarla.

La canción vive.

Y lo que vive no se puede poseer.

Y lo que no se puede poseer… liberará todo lo que está poseído.