GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 8 #5
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CAPÍTULO 8 #5

Mateo sintió que el aire desaparecía. La IBM Selectric —la máquina que escribió el informe sobre Mateo y el informe sobre los camiones— estaba en el club.

En el lugar donde Mateo tocaba cinco noches a la semana.

En el lugar donde guardaba el King 3B y donde había grabado la cinta del primer bloque.

En el lugar donde Aitana había bailado y donde Eligio había predicho y donde Kike había confesado.

La máquina estaba en La Guasábara.

Lo que significaba que el segundo infiltrado —el que no era Kike, el que seguía activo, el que Papo había descrito como un músico que a veces sabe cosas antes de que pasen— tenía acceso a la oficina de don Papo Carmen.

Y la oficina estaba en la parte de atrás del club —a dos puertas del cuarto de caoba donde Mateo había grabado—.

—Mateo —dijo Darío—. Sé lo que estás pensando. Y te pido que no actúes todavía.

—¿Por qué?

—Porque si confrontas al infiltrado, Don Jairo sabe que sabes. Y si Don Jairo sabe que sabes, acelera su movimiento. Y si acelera su movimiento, la canción corre peligro antes de estar completa.

—¿Entonces qué hago?

—Escribe la canción, Mateo. Escribe la canción con todo lo que tienes. Y cuando la canción esté completa —cuando sea indestructible—, entonces actuamos. Pero no antes. No hasta que la canción sea más fuerte que el silencio.

—La canción es más fuerte que el silencio, Darío. La canción siempre es más fuerte.

—Entonces escríbela. Y mientras la escribes, deja que los ojos miren. Que miren todo lo que quieran. Porque lo que van a ver es a un hombre escribiendo una canción. Y eso no es un crimen. Todavía.

Mateo salió de la biblioteca con la fotografía de Aitana y el informe de los camiones doblados en el bolsillo interior de la camisa —sobre el corazón, junto al cuaderno, junto al saquito rojo de Eligio—.

El peso era considerable —no físico, sino simbólico—.

Llevaba encima la prueba de dos crímenes: el tráfico de personas y la vigilancia interna.

Y la prueba estaba en un lugar donde Don Jairo no podía llegar: dentro del cuerpo de Mateo, en el bolsillo más protegido, donde la ropa y la piel se encontraban.

Caminó por el campus —mango y flamboyán, estudiantes con libros, profesores con café, la normalidad de una universidad que no sabía que a dos kilómetros un hombre estaba escribiendo una canción que podría destruir una red de veinticinco años—.

Y mientras caminaba, pensó en lo que Darío había dicho: escribe la canción, y mientras la escribes, deja que los ojos miren.

Pero Mateo no podía dejar que los ojos miraran sin hacer nada —no porque fuera imprudente, sino porque era compositor, y los compositores no pueden escribir con los ojos de otros sobre sus manos—.

La composición requería soledad, y la soledad era lo que la vigilancia destruía.

Cada vez que Mateo abría el cuaderno, tenía que preguntarse: ¿quién está mirando?

¿Quién está escuchando? ¿Quién está reportando?

Y la pregunta contaminaba la escritura —no la calidad, que seguía siendo alta; la libertad, que era el combustible de la canción—.

Mateo necesitaba un lugar donde escribir sin ojos. Un lugar que los diecisiete pares de ojos de Don Jairo no pudieran alcanzar. Un lugar que fuera suyo —solo suyo— como el cuarto de caoba lo había sido durante catorce minutos y cuarenta y siete segundos el viernes pasado.

Y entonces pensó en un lugar.

No era secreto —no del todo—. Era un lugar que Mateo había descubierto hace dos años, cuando necesitaba practicar sin molestar a los vecinos: el tejado del edificio de apartamentos.

La escalera de incendios llevaba a una azotea de concreto donde había una antena de televisión rota, dos sillas de plástico que alguien había abandonado, y una vista panorámica de Santurce —los techos de zinc, las luces de neón, el mar al fondo, y el cielo que era más grande y más cercano que en cualquier otro lugar de la ciudad—.

En la azotea, nadie lo vigilaba —porque nadie subía a la azotea excepto Mateo, y nadie sabía que Mateo subía excepto Mateo—.

En la azotea, el cuaderno estaba seguro, la canción fluía sin interrupciones, y los ojos de Don Jairo quedaban abajo —en la calle, en los carros, en las esquinas—, mirando hacia arriba sin poder ver lo que pasaba en un tejado donde no había nada que ver excepto un hombre sentado en una silla de plástico escribiendo en un cuaderno.

Mateo decidió que la azotea sería su nuevo cuarto de caoba. Su estudio en las nubes. Su refugio.

Martes 13 de agosto — 11:00 p.m

Esa noche, después del set —después de tocar con la intensidad de quien sabe que cada nota puede ser la última, después de vigilar a cada persona que entraba y salía del club, después de intercambiar miradas con Kike y con Papo y con nadie más—, Mateo subió a la azotea.

El cielo estaba despejado —las estrellas eran visibles, raras, precarias, las pocas que podían competir con la contaminación lumínica de Santurce—.

El viento era caliente —siempre caliente en agosto, pero esta noche tenía una cualidad diferente: cargada, como el aire antes de una tormenta que no llega—.

Mateo se sentó en la silla de plástico —la blanca, no la verde; la verde tenía una pata rota— y abrió el cuaderno.