CAPÍTULO 8 #4
Mateo asintió. Papo volvió a las escalas. Y la conversación terminó como había empezado: en el piano, con notas que decían lo que las palabras no podían.
Lunes 12 de agosto — 10:45 p.m
El set del lunes era tradicionalmente el más flojo de la semana —menos público, menos energía, menos dinero—, pero esta noche Mateo tocó como si fuera sábado.
No porque quisiera —sino porque necesitaba.
La música era la válvula de escape: cada nota que salía del King 3B era un fragmento de angustia que dejaba su cuerpo y entraba en el aire, y el aire lo llevaba, y la angustia se diluía —no desaparecía, pero se hacía más liviana, más soportable—.
En el intermedio, mientras los músicos descansaban y los clientes iban al baño y la barra se llenaba de pedidos de ron, Mercedes apareció otra vez. Esta vez no con un papel —con algo más.
—Mateo —dijo Mercedes, y la voz no era un susurro sino un filo—. Aitana me pidió que te diera algo. Pero no es un papel. Es un sonido.
—¿Un sonido?
—Ella no puede escribir esta noche —la vigila Yago personalmente; cada palabra que sale de la cocina es inspeccionada—. Así que me pidió que te transmitiera algo. Y me dijo que te lo transmitiera exactamente como ella lo dijo. Sin cambiar una sílaba.
—Dímelo.
Mercedes cerró los ojos —como quien recita una oración, como quien invoca algo sagrado—. Y habló con la voz de Aitana —no imitando a Aitana, sino citándola, cada palabra en su lugar exacto, cada inflexión reproducida con la fidelidad de una cinta magnética—:
—Anoche soñé que me besabas. Y cuando desperté, la almohada olía a metal.
A tu trombón. Y supe que tú también habías soñado lo mismo, porque las canciones conectan a los que las necesitan aunque estén separados por muros y marcas y hombres con cigarros.
Escribí un verso esta mañana —antes de que Yago me vigilara— y lo escondí donde nadie puede encontrarlo. Y el verso dice:
Mercedes abrió los ojos.
—Sin mirarte yo te miro. Sin sentirte yo te siento. Sin hablarte yo te hablo. Sin quererte yo te quiero. Y esta noche, Mateo, cada palabra de esto es más cierta que la última vez que lo dijimos. Porque antes era deseo. Ahora es resistencia.
Mercedes se quedó quieta, esperando.
Mateo sintió que algo se abría dentro de su pecho —no una herida sino una puerta—.
La estrofa leitmotiv —Sin mirarte yo te miro— había vuelto.
Pero Aitana la había transformado: de confesión a resistencia, de deseo a declaración de guerra.
La canción crecía no solo en Mateo sino en Aitana —en los dos simultáneamente, como dos árboles que crecen desde raíces distintas pero cuyas ramas se entrelazan sobre el muro que los separa—.
—Mercedes —dijo Mateo—. Dile a Aitana esto: La canción tiene un segundo bloque ahora.
Y el segundo bloque tiene una pregunta: ¿a dónde va el amor cuando muere?
Y la respuesta es: no va a ninguna parte.
Porque el amor no muere. Lo matan. Y cuando lo matan, deja una canción. Y la canción es la prueba del crimen.
Mercedes asintió. No escribió nada —no había nada que escribir; la transmisión era oral, como la tradición, como las canciones antes de que existieran las partituras, como los versos de Lola que pasaban de boca a boca porque el papel podía ser confiscado pero la memoria no—.
Mercedes se fue a la cocina. Mateo volvió al escenario.
Y en el segundo set, cuando Mateo tomó su solo en Descarga cienfueguera, no insertó un fragmento de Gitana —insertó algo más sutil: un silencio.
Ocho compases de silencio donde el trombón debería haber sonado.
Ocho compases de nada —nada excepto la ausencia, la falta, el espacio donde la nota debería estar y no estaba—.
Y la ausencia fue más elocuente que cualquier nota: era la ausencia de Aitana, era la ausencia de Lola, era la ausencia de las trescientas mujeres que viajaban en camiones los martes y viernes hacia un destino que nadie elegía.
El público no entendió. Pero Kike entendió.
Y Papo entendió. Y Mercedes, desde la cocina, entendió.
Y alguien más entendió —alguien que Mateo no podía ver pero que estaba ahí, escuchando, evaluando, calculando qué significaba que un trombonista tocara el silencio como si fuera la nota más importante del mundo.
§
Martes 13 de agosto de 1985 — 10:00 a.m
La biblioteca de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras era un edificio de hormigón que parecía un búnker —tres pisos de libros y silencio y aire acondicionado que olía a papel viejo y formaldehído—.
La sección de periódicos, en el tercer piso, era exactamente como Darío la había descrito: vacía los lunes, pero los martes solo marginalmente más poblada —dos estudiantes de periodismo durmiendo sobre ejemplares de El Nuevo Día, un profesor jubilado leyendo The San Juan Star con la lentitud de quien ya no tiene prisa por nada—.
Darío estaba en la mesa del fondo —la más alejada de la puerta, la más cerca de la ventana que daba al campus de mango y flamboyán—.
Era más flaco de lo que Mateo recordaba: el pelo, antes rizado y abundante, ahora era rizado y escaso; la camisa —siempre de lino, siempre arrugada— le quedaba grande, como si el cuerpo se le estuviera encogiendo por dentro.
Tenía treinta y seis años pero parecía cincuenta —el precio de investigar a Don Jairo, el precio de dormir con un ojo abierto, el precio de vivir en la isla sabiendo lo que sabía—.
—Mateo —dijo Darío, sin levantarse, sin ofrecer la mano—. Siéntate.
Mateo se sentó. La mesa tenía un sobre marrón —tamaño carta, sin remitente, sin sello, cerrado con cinta adhesiva—.
—Esto apareció debajo de la puerta de mi apartamento esta mañana —dijo Darío—.
A las seis. Yo estaba despierto —siempre estoy despierto a las seis; es la hora en que el cuerpo se acostumbra a vigilar—.
Fui a la puerta y esto estaba ahí. Nadie en el pasillo.
Nadie en la escalera. El sobre simplemente apareció.
—¿Lo abriste?
—Lo abrí. Y lo que vi… no es lo que esperaba.
—¿Qué es?
Darío empujó el sobre hacia Mateo. Mateo lo abrió.
Dentro había dos cosas.
La primera era una fotografía —no la de 1960 que Eligio había mostrado, no la copia que Salcedo tenía en Nueva York—.
Esta era diferente: más reciente, más pequeña, tomada con una cámara de formato medio —una Hasselblad o algo similar—.
La fotografía mostraba un patio —un patio grande, iluminado con linternas, con una pista de baile de azulejos en el centro y varias mesas alrededor—.
Era la finca de Don Jairo. Y en el centro de la pista, bailando sola, con los ojos cerrados y los brazos extendidos como alas, estaba Aitana.
La foto no era reciente —tenía fecha: julio de 1985, impresa en el borde inferior con la precisión de una máquina—.
Pero Aitana era reconocible: la trenza negra, los ojos cerrados, la postura de quien baila para sí misma aunque el mundo la observe.
Y en el fondo de la foto —borroso, parcial, apenas visible— había una figura: un hombre de pie junto a una de las mesas, con los brazos cruzados y la cara vuelta hacia la bailarina.
La cara no se distinguía, pero el reloj en la muñeca izquierda sí: un Rolex de oro con la esfera negra —el mismo reloj que Mateo había visto en la muñeca de Don Jairo la única vez que lo había visto en persona, hace tres años, en un concierto de Willie Colón donde Don Jairo ocupaba la mesa VIP—.
La segunda cosa era un papel —escrito a máquina, con la misma máquina que había producido el informe sobre Mateo que Yago le dio a Kike—. El texto decía:
MOVIMIENTO DE PERSONAS — FINCA CALÓ
RUTA: Carretera 187 → PR-2 → Autopista 26 → Puente San Antonio → Muelle 6
DÍA: Martes y viernes
HORA: 02:00 — 04:30
CONDUCTOR: Identificado como «El Tuerto» Martínez
VEHÍCULO: Camión Ford F-600, blanco, sin logo, placa: 458-KJL
NÚMERO ESTIMADO DE PERSONAS POR VIAJE: 8-12
DESTINO: Muelle 6, San Juan. Trasbordo a carguero con destino República Dominicana / Panamá
OBSERVACIONES: Operación protegida por personal de seguridad de la finca. Sin intervención policial conocida. Último viaje documentado: 8 de agosto de 1985.
Mateo leyó el documento tres veces. La primera, con los ojos del trombonista —el artista que recibe datos y los transforma en música—.
La segunda, con los ojos del hijo —el hombre cuyo padre murió sin saber estas cosas, que vivió y tocó y desapareció sin tener la información que Mateo tenía ahora—.
La tercera, con los ojos del compositor —el creador que ve los datos y piensa: esto es el segundo bloque; esto es lo que la canción necesita; esto es la denuncia—.
—Darío —dijo Mateo—. ¿Quién te mandó esto?
—No lo sé. El sobre no tenía remitente.
—¿La máquina de escribir? ¿La reconoces?
—Es una IBM Selectric —la misma del informe que circuló antes. La que alguien le dio a Kike para que escribiera sobre ti.
—Pero Kike no escribió este documento. Kike escribió un informe sobre mí. Esto es un informe sobre Don Jairo.
—Exacto. —Darío se inclinó—. Lo que significa que hay alguien más con acceso a una IBM Selectric y a información sobre las operaciones de Don Jairo. Alguien que no es Kike. Alguien que no trabaja para Yago. Alguien que, aparentemente, quiere ayudar.
—¿O alguien que quiere que actuemos para que Don Jairo nos destruya?
—Esa es la pregunta, Mateo. Y no tengo la respuesta. Pero tengo algo peor.
—¿Qué?
—La máquina. La IBM Selectric no es común en Puerto Rico —es una máquina de oficina, de empresas, de burocracias—.
Quien la usa tiene acceso a un entorno profesional: un estudio, una oficina, un negocio.
Y en Santurce, las IBM Selectric están en tres lugares: el estudio de Salcedo en Nueva York, la oficina de donación de la iglesia de San José, y…
Darío hizo una pausa que Mateo sintió como un golpe.
—…la oficina de don Papo Carmen en el club La Guasábara.