GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 8 #2
27%

CAPÍTULO 8 #2

—Aitana nació en la finca de Don Jairo en 1967.

Florina fue la partera. Y Florina fue la primera persona —aparte de Don Jairo— en ver la marca de Lola en la espalda de la recién nacida.

No la marca de ocotillo —esa se pone después—.

La marca de nacimiento. Una mancha en forma de media luna en la espalda baja.

Lola la tenía. Aitana la tiene. Y Florina fue la primera en verla y la primera en decir que la mancha no era maldición sino memoria.

—¿Memoria?

—Florina creía —cree— que ciertas marcas del cuerpo no son castigos sino mensajes.

Que la piel habla. Que la mancha de Aitana es la piel diciendo: esta niña lleva algo dentro que viene de antes.

Y Don Jairo, que ve la marca como propiedad —es mía porque está marcada—, no toleró que Florina dijera lo contrario.

Así que Florina huyó. En 1970, tres años después del nacimiento de Aitana.

Y Don Jairo la buscó. Y no la encontró. Y la buscó durante quince años. Y no la encontró. Hasta ahora.

—¿Ahora? ¿Salcedo la encontró?

—Salcedo no la encontró. Florina encontró a Salcedo. Porque Florina sabe que la canción existe —la sintió, Mateo, la sintió como se siente un terremoto antes de que llegue—. Y si la canción existe, Florina quiere volver. Porque Florina tiene algo que Don Jairo quiere, y algo que tú necesitas.

—¿Qué?

—El acta de nacimiento real de Aitana.

Mateo se quedó inmóvil. El aire del cuarto pareció espesarse —o quizás era el ocotillo, o el cardamomo, o la revelación que acababa de recibir—.

—¿El acta real?

—El acta que Don Jairo nunca registró. El acta que Florina llenó con tinta y firma y huella el día que Aitana nació.

El acta que dice que Aitana es hija de Lola Martínez Vega —no de Don Jairo Caló, porque Lola nunca se casó con Don Jairo, y en Puerto Rico una hija no reconocida por el padre lleva el apellido de la madre—.

El acta que dice que Aitana se llama Aitana Martínez Vega —no Aitana Caló—.

—Si Aitana no es Caló…

—Entonces la marca no tiene autoridad. Don Jairo puede marcar a las mujeres Caló porque son Caló —es su ley, su tradición, su perversión—.

Pero si Aitana no es Caló —si es Martínez Vega, hija de Lola, sin padre reconocido—, entonces la marca es un secuestro, no un ritual.

Y el secuestro es un crimen, incluso en la isla donde Don Jairo manda.

—¿Y Don Jairo sabe esto?

—Don Jairo sabe que el acta existe. Pero no sabe dónde está. Si supiera dónde está, la habría destruido hace veinte años. Florina se la llevó cuando huyó. Y la ha guardado todo este tiempo. Y ahora, si la canción existe, Florina está dispuesta a entregarla.

—¿A mí?

—A la canción. A quien la canción elija. Y la canción te eligió a ti, Mateo. Tú eres su portavoz.

Mateo sintió que el suelo de la casa de Eligio se movía —no físicamente, sino metafóricamente, como si las palabras del santero hubieran removido los cimientos de todo lo que creía saber—.

Si Aitana no era Caló, la marca era ilegítima.

Si la marca era ilegítima, el confinamiento era un secuestro.

Si el confinamiento era un secuestro, Don Jairo era un criminal —no un patriarca, no un líder, no un hombre de tradición, sino un criminal—.

Y un criminal puede ser procesado. Incluso en Puerto Rico. Incluso en 1985.

—Mateo —dijo Eligio—, hay algo más que debes saber. Y vas a querer sentarte más firme.

—Ya estoy sentado.

—Los camiones.

La palabra camiones cayó como una piedra en un pozo —oscura, profunda, resonante—.

—¿Qué camiones?

—Don Jairo mueve personas. Lo sabes. Lo que no sabes es cómo.

Los camiones salen de la finca los martes y los viernes a las dos de la mañana.

Van por la carretera 187 hasta la autopista, y de la autopista al puerto de San Juan.

Y del puerto… al mundo. Mujeres, Mateo. Mujeres jóvenes.

Las marcan, las documentan con papeles falsos —Caló, Martínez, Vega, González, lo que sea que necesiten—, y las envían.

A Santo Domingo, a Panamá, a Miami, a Nueva York. A donde haya mercado.

—¿Y Aitana?

—Aitana es la joya de la corona. Don Jairo no la va a enviar —no todavía—.

Aitana es visible: baila en las fiestas, cocina en la finca, es la prueba viviente de que el patriarca tiene una mujer que obedece.

Pero las otras —las que nadie ve, las que no bailan, las que no tienen nombres que recordar— van en los camiones.

Y cada camión es un silencio. Y cada mujer es una canción que nunca se escribirá.

Mateo cerró los ojos. La imagen —camiones en la oscuridad, mujeres silenciadas, carreteras que llevan al mar— se grabó en su mente como una marca de ocotillo: permanente, ardiente, imposible de ignorar.

—¿Cuántas, Eligio?

—En veinticinco años, más de trescientas.

—Trescientas…

—Y cada una tenía una canción dentro, Mateo.

Trescientas canciones que nunca sonarán.

—Eligio abrió los ojos —y los ojos brillaban, no con lágrimas sino con cólera—.

Tú estás escribiendo una canción para Aitana.

Pero la canción de Aitana es la canción de todas.

Y cuando suene, no va a sonar solo para Aitana.

Va a sonar para las trescientas. Y para las que vienen después.

Y para las que nunca tuvieron la suerte de que un trombonista las mirara en un mercado de Río Piedras.

Mateo se levantó. Las rodillas le crujieron —el precio de la silla baja, el precio de la cuesta, el precio de vivir en un cuerpo que llevaba demasiado peso—. Miró a Eligio.

—¿Por qué me dices todo esto ahora?

—Porque anoche, después de que Yago te habló en el callejón, alguien vino a visitarme.

—¿Quién?

—No vi la cara. Solo escuché la voz. Era una mujer. Dijo: Dile al nieto de Esteban que los ojos están cambiando. Que Don Jairo está moviendo las piezas. Y que el próximo movimiento es grande.

—¿Una mujer? ¿Quién?

—La voz era joven. Pero la manera de hablar era vieja —como si alguien joven hablara con la autoridad de alguien que ha vivido mucho—. No sé quién era. Pero sé lo que era: una advertencia. Y las advertencias en Loíza Aldea no se ignoran, Mateo. Se respiran.

§

Lunes 12 de agosto — 2:00 p.m

Mateo bajó la loma de Loíza Aldea con más preguntas que las que había traído —y las preguntas eran más pesadas que el King 3B, más densas que el aire de agosto, más oscuras que el callejón donde Yago lo había esperado—. Cada paso era un dato nuevo que procesar:

Diecisiete ojos.

Tres en Santurce.

Aitana no era Caló —era Martínez Vega.

El acta de nacimiento existía.

Florina la tenía.

Los camiones salían martes y viernes.

Trescientas mujeres.

Una mujer joven con voz vieja había advertido a Eligio.

Y la advertencia: Don Jairo está moviendo las piezas. El próximo movimiento es grande.

Mateo caminó hasta la parada del carro público y esperó. Mientras esperaba, observó. Era lo que Eligio le había enseñado sin decirlo —la lección más importante que un santero puede dar: observa lo que no se ve—. Y lo que Mateo vio fue esto:

Un hombre al otro lado de la calle, leyendo un periódico.

Nada inusual —medio Puerto Rico leía periódicos en las paradas—.

Pero el hombre llevaba el mismo periódico abierto en la misma página desde hacía diez minutos.

No lo pasaba. No lo doblaba. No lo miraba.

Lo sostenía frente a la cara como una máscara.

Mateo no reaccionó. No miró al hombre directamente —la mirada directa era una confirmación, y la confirmación era un error—.

Miró al horizonte, a la carretera, al sol, a cualquier cosa que no fuera el hombre del periódico.

Y registró los datos: cuarenta y cinco años, pantalón gris, camisa blanca, zapatos de vestir —demasiado formales para una parada de carro público en agosto—, sin instrumento, sin bolsa, sin razón para estar ahí excepto la que no se veía.

El carro público llegó. Mateo subió. El hombre del periódico no subió —se quedó en la parada, leyendo la misma página, como si el periódico fuera su hogar y él no tuviera intenciones de dejarlo—.

Mateo se sentó en la parte de atrás. Miró por la ventana trasera.

El hombre bajó el periódico —exactamente cuando el carro arrancó, como si ya no necesitara la máscara— y caminó hacia un sedan gris estacionado en la acera opuesta.

Mateo no pudo ver la placa —la distancia y el ángulo no lo permitían—, pero sí vio que el hombre habló con alguien dentro del carro.

Y que el carro arrancó también —en la misma dirección que el carro público—.

Mateo fue seguido hasta la parada de Santurce.

No directamente —el sedan gris no estaba detrás del carro público, pero aparecía en cada esquina, como un fantasma que se materializaba y desmaterializaba—.

Mateo contó tres apariciones: en la esquina de la avenida de Diego con Loíza, en la parada del teatro Tapia, y en la esquina de la calle Canals —a dos cuadras del apartamento—.

No bajó en su parada habitual. Bajó dos paradas antes —en la calle del Parque— y caminó por una ruta que no era la suya: izquierda en la esquina de la farmacia, derecha por el callejón de la lavandería, izquierda otra vez por la calle trasera de los apartamentos.

La ruta era una espiral que lo llevaba al mismo lugar —casa— pero por un camino que un seguidor casual no podía predecir.

El sedan gris no apareció en la calle trasera.

Mateo subió las escaleras del apartamento, cerró la puerta, echó el cerrojo.

Y por primera vez desde que instaló el cerrojo nuevo, lo sintió como lo que era: no una protección sino un síntoma —el síntoma de un hombre que vive en una isla donde las puertas necesitan cerrojos dobles y los callejones necesitan rutas alternativas y los periódicos abiertos en la misma página son máscaras para ojos que no parpadean—.

El teléfono sonó a las tres.

—¿Aló?

—Mateo, soy Darío.