CAPÍTULO 7 #6
—Ah, y Mateo: la Gitana no va a volver al club.
Mi tío decidió que no. A partir de esta noche, Aitana se queda en la finca.
Cocina, limpia, baila cuando se le pide, y no sale sin escolta.
Si necesitas verla, pide permiso. Si ella necesita verte, pide permiso.
Todo pasa por Don Jairo. Todo. ¿Entendido?
Mateo no respondió.
—Dije: ¿entendido?
—Entendido.
—Bien. —Yago desapareció en la noche—. Nos vemos, trombonista.
Y se fue.
Mateo se quedó parado en el callejón —solo, en la oscuridad, con el King 3B sobre el hombro y el cuaderno en el bolsillo y la nota de Aitana contra el pecho y las palabras de Yago ardiendo como ácido en la memoria—.
El silencio del callejón era tan completo que Mateo podía escuchar su propio pulso —y el pulso era rápido, demasiado rápido, el pulso de un hombre que acaba de recibir una sentencia—.
Aitana no iba a volver al club.
No era una amenaza —era un decreto. Y los decretos de Don Jairo no se apelaban, no se negociaban, no se ignoraban. Se cumplían, porque detrás de cada decreto estaba la fuerza de una red que operaba desde hace veinticinco años y que no había perdido una sola batalla.
Mateo caminó hasta la salida del callejón. Miró la calle —vacía, silenciosa, segura—. Y caminó hacia casa.
No corrió. No lloró. No se detuvo. Caminó con la cadencia de un hombre que lleva un peso que no puede dejar en el suelo —el peso de una canción a medio escribir, de una mujer a medio amar, de una verdad a medio descubrir—.
Y cada paso era una nota de una melodía que todavía no tenía nombre pero que ya existía en su cuerpo como una fiebre:
Sin mirarte yo te miro / Sin sentirte yo te siento / Sin hablarte yo te hablo / Sin quererte yo te quiero
El leitmotiv sonó en su cabeza —no como consuelo sino como recordatorio—.
Mirar sin ser visto. Sentir sin ser tocado.
Hablar sin ser escuchado. Querer sin ser correspondido —en voz alta, en público, en libertad—.
Esa era la condición del amor prohibido.
Y esa era la condición que la canción transformaría en música.
Mateo llegó al apartamento. Entró. Cerró la puerta con el cerrojo nuevo —el que había instalado después de la primera visita de Yago, el que Aitana había notado con una mezcla de alivio y tristeza—. Se sentó en la cama. Abrió el cuaderno.
Y escribió, con la mano temblando y la mente clara y el corazón cerrado y la canción abriéndose como una flor en medio del desierto:
BLOQUE 2: LA SOMbrA
Nuevo verso — después de la visita del callejón:
La canción no es de quien la compra
Es de quien la necesita
La marca no es de quien la pone
Es de quien la levanta
Y el silencio no es de quien lo impone
Es de quien lo rompe
Mateo no sabía si estos versos serían parte de la canción final o si eran solo el desahogo de un hombre acorralado. Pero los escribió —porque escribir era la única forma de respirar que le quedaba, y la canción era el único pulmón que funcionaba—.
Cerró el cuaderno. Apagó la luz. Y en la oscuridad, antes de que el sueño lo reclamara, pensó en Aitana —en la finca, en la cocina, en el cigarro en el cuello, en los zapateados que eran guerra, en los ojos cerrados que eran escudos, en la nota que le había enviado a través de Mercedes con la frase que era un eco de su propio sueño—.
La almohada también sabe.
Sí. La almohada sabía. La almohada sabía que el beso no había sido real.
La almohada sabía que los labios de Aitana seguían intactos —intactos de Mateo, no de Yago ni de Don Jairo; intactos en el sentido que importaba: todavía capaces de elegir, todavía capaces de desear, todavía capaces de besar a quien quisieran aunque el mundo entero dijera que no podían—.
Mateo cerró los ojos. Y esta vez no soñó con un beso.
Soñó con una canción —completa, entera, cada nota en su lugar, cada estrofa cumplida, cada silencio perfecto—.
Y en el centro de la canción, como el eje de un universo que gira, estaba Aitana: no bailando para Don Jairo, no zapateando como guerra, sino bailando para sí misma, libre, sin marca, sin miedo, sin dueño.
Bailando como Lola habría bailado si Don Jairo no existiera.
Bailando como todas las mujeres marcadas bailarían si el silencio se rompiera.
Y la canción —la canción completa, la que todavía no existía pero que Mateo ahora sabía que existiría— sonaba así:
Gitana, Gitana
Gitana, Gitana
Tu pelo, tu pelo
Tu cara, tu cara
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
Anoche vi en tus ojos que me querías, y te besé
Saboreando tus labios dulces
Y abrazando la almohada, me desperté
Las palabras son de aire, y van al aire
Mis lágrimas son agua, y van al mar
Cuando un amor se muere
Sabes chiquita a dónde va
Sabes chiquilla a dónde va
Solo, solo para ti, solo para ti yo soy, solo para ti seré
Espero con la esperanza que algún día me puedas ver
Las palabras van al aire
Las lágrimas al mar
Pero el amor cuando muere, dime nena a dónde va
Dime Gitanita
Mateo se durmió con la canción en la cabeza y la determinación en el pecho y la promesa en los huesos. La separación había comenzado. Yago había hablado. Don Jairo había decretado. Aitana estaba encerrada.
Pero la canción existía.
Y la canción crecía.
Y la canción —esta fiebre, esta antorcha, esta promesa hecha de metal y aire y tinta y saliva y caoba y cinta magnética— no podía ser propiedad de nadie porque no era una cosa: era un ser vivo. Y los seres vivos, a diferencia de las propiedades, no se pueden poseer.
Solo se pueden liberar.
Y Mateo Reyes iba a liberarla —blocke por bloque, nota por nota, estrofa por estrofa, hasta que la canción fuera completa y la canción fuera libre y la canción fuera, finalmente, la llave que abriera la puerta de la jaula donde Aitana —donde Lola, donde todas— esperaban.
El Bloque 2 había comenzado.
La sombra estaba aquí.
Pero donde hay sombra, hay luz. Y donde hay luz, hay canción.
Y donde hay canción…
hay esperanza.