CAPÍTULO 7 #4
Mateo cerró el cuaderno. Tenía tres estrofas nuevas del segundo bloque: el sueño, la soledad, la pregunta.
Tres estrofas que complementaban las cinco del primer bloque.
Ocho estrofas en total. La canción crecía —como un niño, como un árbol, como una promesa— y cada nueva estrofa era una rama que necesitaba raíces.
Las raíces serían la verdad. Y la verdad estaba enterrada en 1962 —en la foto, en la marca de Lola, en los camiones que Salcedo había mencionado una vez y que Mateo no había perseguido porque estaba ocupado sobreviviendo—.
Pero si Florina venía en septiembre y si Florina sabía sobre el 62, entonces las raíces tenían fecha de desentierro: septiembre.
Antes de septiembre, Mateo tenía que hacer tres cosas: sobrevivir, escribir, y mantener a Aitana viva —no solo en el sentido físico, sino en el sentido que importaba: con la esperanza intacta de que la canción la liberaría—.
Sábado 10 de agosto — 9:30 p.m
El set del sábado en La Guasábara empezó a las diez, pero Mateo llegó a las nueve y media —temprano, deliberadamente, para escanear el territorio antes de que se llenara—.
El club estaba medio vacío: parejas en las esquinas bebiendo ron, un grupo de marineros en la barra discutiendo sobre béisbol, dos mujeres mayores sentadas junto a la pista con las caras pintadas y los vestidos ajustados —veteranas del club, de la época de don Papo, de cuando la salsa era salsa y no la caricatura que tocaban en las radios—.
Mateo buscó caras nuevas. No encontró ninguna. Pero encontró algo peor: una ausencia.
Yago no estaba.
No en la esquina de la calle Loíza —Mateo había pasado por ahí camino al club y el sedán azul oscuro no estaba—.
No en la puerta del callejón —Kike estaba allí, vigilando, y había confirmado que nadie había entrado por ahí—.
No en la barra —donde solo había marineros y borrachos—. No en ningún lugar visible.
Y eso era peor que verlo. Ver a Yago era como ver un tiburón: sabías donde estaba y podías calcular la distancia. No ver a Yago era como saber que el tiburón estaba en el agua pero no saber dónde —y la imaginación, en esas circunstancias, siempre calculaba la distancia más corta—.
Mateo armó el King 3B. Probó la boquilla —húmeda, cálida, esperando—. Afinó con Papo —un La bemol largo, sostenido, perfecto—. Y cuando el reloj marcó las diez, la orquesta empezó.
La primera pieza fue un guaguancó —Lola de Rey Barretto, la canción que don Papo tocaba siempre como apertura, la canción que Mateo había oído mil veces y que esta noche sonó diferente porque la Lola de la canción y la Lola de la cajita eran la misma persona—.
Mateo tocó el tema con una dulzura que no había usado antes —no la agresividad del desfile, no la intensidad de la descarga, sino la ternura de quien toca para una muerta—.
Y en el solo —ocho compases, los que le correspondían— insertó el primer compás de la melodía de Gitana: una nota, solo una, suspendida en el aire como una pregunta que el público no sabía que se le estaba haciendo.
Nadie notó la nota. Nadie podía notarla —era una nota entre ciento cincuenta, un grano de arena en una playa—.
Pero Mateo la notó, y Kike la notó —porque Kike estaba escuchando con los oídos nuevos del hombre que había descubierto que su padre fue un mártir y no un cobarde—, y los dos compartieron una mirada breve que decía: la canción sigue creciendo, incluso aquí, incluso ahora, incluso con Yago invisible en la oscuridad.
El segundo set fue mejor —más apretado, más hondo—.
Mateo no tocó fragmentos de Gitana en los solos; tocó la energía de la canción —la cadencia, el pulso, la respiración— disfrazada en los arreglos ajenos.
Era como si Gitana fuera el esqueleto y las piezas del set fueran la carne: la forma cambiaba, pero los huesos eran los mismos.
Y entonces, en el intermedio, mientras Mateo descansaba los labios y bebía agua en la esquina del escenario, Mercedes apareció.
No era inusual —Mercedes iba y venía del club, llevando mensajes entre la cocina y la barra, entre el mundo visible y el invisible—. Pero esta vez no traía recados de doña Carmen. Traía algo en la mano: un papel —pequeño, doblado, sin sobre—.
—Mateo —dijo Mercedes, y la voz era un susurro que apenas superó el ruido de los marineros—. Ella me pidió que te diera esto.
—¿Ella?
—La Gitana. —Mercedes entregó el papel—. Me dijo que te dijera algo más: La almohada también sabe.
Mateo sintió que el aire se detenía. La almohada también sabe —la frase era una respuesta directa al sueño, a la estrofa que había escrito esta mañana, al beso que nunca existió y la almohada que lo reemplazó—. ¿Cómo sabía Aitana? ¿Cómo podía saberlo?
Pero la respuesta era obvia: Aitana no sabía.
Aitana había escrito la frase antes de que Mateo soñara —o después, o al mismo tiempo—, porque lo que Mateo y Aitana compartían no era solo deseo sino frecuencia: vibraban en la misma nota, escribían en el mismo idioma, soñaban en la misma clave.
La canción los unía más que la distancia los separaba.
Mateo abrió el papel. La caligrafía de Aitana —apretada, inclinada, con las t cruzadas como espadas— decía:
Están preparando algo. Don Jairo habló con Yago esta tarde.
No escuché todo —solo fragmentos desde la cocina—.
Pero escuché tu nombre. Y escuché la palabra 'canción'.
Y escuché la palabra 'silencio'. Y escuché algo más: 'Antes de que grabe más'.
Mateo, van a moverse. No sé cuándo. No sé cómo.
Pero van a moverse. Y el silencio que quieren no es el de la música —es el tuyo. Ten cuidado.
Mateo leyó la nota tres veces. Luego la dobló y se la guardó en el bolsillo delantero de la camisa —sobre el corazón, junto al cuaderno que pesaba como una Biblia—. Miró a Mercedes.
—¿Cuándo te dio esto?
—Esta tarde, antes de que saliera para la finca. La fiesta sigue, pero ella… ella está alerta. —Mercedes hizo una pausa—. Mateo, hay algo más. La quemadura.
—¿La quemadura?
—La quemadura del cigarro en el cuello de Aitana. No fue Yago.
—¿No?
—Fue Don Jairo. Personalmente. Antes de la fiesta, en el despacho de la finca. Aitana se negó a bailar en la fiesta del sábado —la de esta noche, la del cumpleaños— y Don Jairo la quemó. Y le dijo: Tú bailas porque yo digo que bailas. Y si no bailas, la próxima vez no será un cigarro.
Mateo sintió que algo se rompía dentro de su pecho —no el corazón, que seguía latiendo con la terquedad mecánica de los órganos vivos, sino algo más profundo: la ilusión de que Don Jairo era un mal lejano, abstracto, operando a través de intermediarios—.
Don Jairo no era lejano. Don Jairo estaba ahí —en la cocina de su propia finca, con un cigarro en la mano y una mujer marcada frente a él y la autoridad absoluta de quien cree que el mundo fue creado para obedecerlo—.
—Mercedes —dijo Mateo, y la voz le salió como lija—. ¿Cómo está Aitana?
—Está viva. Está furiosa. Y está bailando.
Bailó esta noche en la fiesta con los ojos cerrados y los dientes apretados, y cada vez que Don Jairo la miraba, ella zapateaba más fuerte.
No era sumisión, Mateo. Era guerra. Cada zapateado era un golpe contra él.
Y Don Jairo no lo sabe —cree que ella obedece, cree que la marca funciona, cree que el cigarro la domó—.
Pero Mercedes sabe. Mercedes ve. Y Aitana no está domada. Está calculando.
—¿Calculando qué?
—Cómo destruirlo desde adentro.
Mercedes se fue. Mateo se quedó parado en la esquina del escenario con la nota de Aitana en el bolsillo y el eco de la frase la almohada también sabe resonando como un acorde que no se resolvía.
§
Domingo 11 de agosto de 1985 — 1:00 a.m
El set terminó a la una de la mañana. La orquesta tocó el cierre —Descarga cienfueguera, como siempre—, y Mateo tocó su solo sin insertar fragmentos de Gitana.
No porque tuviera miedo —sino porque la nota de Aitana había cambiado las reglas: si Don Jairo sabía sobre la canción y estaba preparando algo antes de que grabara más, entonces cada fragmento musical que Mateo filtrara era una pista que Don Jairo podía seguir.
La canción debía permanecer invisible hasta que estuviera completa. Hasta que fuera indestructible.
Los músicos guardaron sus instrumentos. Kike se acercó a Mateo.
—¿Todo bien?
—Todo bien. ¿Viste algo raro?
—Nada. Ninguna cara nueva. Ningún movimiento extraño. Pero Yago no apareció, Mateo. Y eso me preocupa más que si estuviera aquí.
—A mí también.
—¿Qué vas a hacer?
—Ir a casa. Dormir. Mañana escribo más del segundo bloque. Y el lunes hablo con Eligio.
—¿Eligio? ¿El santero?
—Eligio sabe cosas que nosotros no sabemos. Y si Don Jairo está preparando algo, Eligio es el primero en sentirlo.
—Mateo… ten cuidado con Eligio también.
—¿Por qué?
—Porque Eligio habla con espíritus, y los espíritus no firman contratos de confidencialidad.
Mateo casi sonrió —casi—. Kike tenía razón: Eligio era un oráculo, y los oráculos son tan peligrosos como útiles, porque la verdad que revelan no distingue entre amigos y enemigos.
Si Don Jairo consultaba a Eligio —y era posible; los hombres de poder siempre consultan oráculos—, Eligio podría decirle algo que Mateo prefería que permaneciera oculto.
Pero no había alternativa. Mateo necesitaba información, y Eligio era la fuente más confiable en una isla donde la información era moneda de cambio y la verdad era un artículo de lujo.
—Buenas noches, Kike.
—Buenas noches, hermano.
Se dieron la mano —el apretón largo, firme, de los hombres que han visto algo juntos y saben que lo que vieron los cambia para siempre—. Kike salió por la puerta principal. Mateo salió por el callejón.