GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 7 #2
23%

CAPÍTULO 7 #2

—Mentira —admitió—. Pero estoy vivo. Y eso es lo segundo mejor después de estar bien.

Doña Lydia no sonrió. Pero tampoco preguntó más. Sabía que su hijo era un hombre que cargaba cosas que no podía compartir —igual que Héctor, igual que Esteban, igual que todos los Reyes desde que la línea empezó—. Y sabía que preguntar no aligeraba la carga; solo la hacía más visible.

Mateo fue al teléfono del pasillo —el que doña Lydia odiaba porque siempre se quedaba sin fichas— y marcó el número de Kike. Tres timbrazos. Cuatro. Cinco.

—¿Aló?

—Kike, soy Mateo.

—Mateo —la voz era inmediata, despierta, alerta—. ¿Qué pasa?

—Necesito verte. Hoy.

—¿Dónde?

—¿Puedes venir a mi apartamento?

—¿A tu apartamento? —Mateo detectó la sorpresa en la voz de Kike—. Nunca me has invitado a tu apartamento.

—Por eso mismo. Si Yago te sigue, que vea que entras a mi casa. Que vea que no nos escondemos. Que vea que no tenemos nada que ocultar porque todo lo que teníamos que ocultar ya salió a la luz.

—…Está bien. ¿A qué hora?

—Mediodía. Y Kike… ven solo.

—Solo, Mateo. Siempre solo.

La línea se cortó. Mateo colgó y se quedó parado en el pasillo del apartamento, con las paredes color crema y el techo bajo y el olor del café recién hecho y la nota de Salcedo quemándole el bolsillo del pantalón como si fuera carbón encendido.

§

Sábado 10 de agosto — 12:00 p.m

Kike llegó a las doce y dos minutos. Tocó la puerta —dos golpes cortos, uno largo, el código que usaban en el club para identificar a los miembros de la orquesta— y Mateo abrió.

El apartamento de Mateo era pequeño —salón, cocina, dormitorio, baño, cuarenta metros cuadrados en total— pero estaba limpio y ordenado con la disciplina de quien vive solo y valora cada centímetro de espacio.

El King 3B descansaba en su atril junto a la ventana —la luz del mediodía convertía el metal en un faro dorado—.

La mesa del comedor estaba cubierta con papeles: partituras, el cuaderno, copias de los versos de Lola, la partitura de Esteban, la carta de Esteban, la cajita de Lola —abierta, con el mechón de pelo visible como una reliquia— y, en el centro de todo, la nota de Salcedo.

Kike entró. Miró alrededor —no con la curiosidad del que visita por primera vez, sino con la atención del que busca señales de peligro—.

Vio el trombón, vio los papeles, vio la cajita.

Y cuando vio la nota de Salcedo —la nota que Mateo había dejado deliberadamente visible, porque no iba a haber secretos entre ellos nunca más—, se detuvo.

—¿Qué es eso?

—Siéntate, Kike.

—Mateo, ¿qué es esa nota?

—Siéntate.

Kike se sentó en la silla que Mateo le ofreció —la silla del comedor, de madera, con una pata más corta que las otras—. Mateo se sentó frente a él. Entre los dos, en la mesa, la nota de Salcedo esperaba como un expediente judicial.

—Antes de que leas esto —dijo Mateo—, necesito que me digas algo. Y necesito que sea verdad. La última mentira entre nosotros murió hace tres semanas. Si hay más, las matamos hoy.

—No hay más, Mateo. Te lo juro.

—Bien. Entonces dime: ¿qué sabes de tu padre?

La pregunta cayó como una piedra en un estanque. Kike parpadeó —una vez, dos veces— y su cara pasó por tres expresiones en dos segundos: confusión, comprensión, dolor.

—¿Mi padre?

—Enrique Matos.

—¿Qué pasa con mi padre?

—Lo que pasa es que yo no sé nada de él.

Y tú nunca me hablaste de él. En los ocho años que tocamos juntos, nunca mencionaste su nombre.

Nunca me dijiste si vivía o moría, si tocaba o había dejado de tocar, si estaba en la isla o se había ido.

Y eso no es normal, Kike. Un percusionista que nunca habla de su padre —en un mundo donde los padres son los que te ponen las primeras baquetas en las manos— no es normal.

Kike se recostó en la silla. La pata corta crujió. El silencio duró diez segundos —diez segundos donde Mateo escuchó el latido de su propio corazón y el tráfico de la calle Loíza y una mujer gritándole a un niño en el apartamento de al lado—.

—Mi padre desapareció cuando yo tenía seis años —dijo Kike, y la voz era plana, sin inflexión, como si estuviera leyendo un reporte policial—. Un día salió de la casa con una maleta y dijo que iba al correo y que volvería antes del almuerzo. Y nunca volvió.

—¿Nunca?

—Nunca. Mi madre buscó. Fue a la policía.

Fue al hospital. Fue al puerto —porque Enrique a veces trabajaba de estibador cuando no había toques—.

Fue a todas partes. Y ninguna parte tenía a Enrique Matos.

Era como si el hombre se hubiera evaporado.

Como si la tierra se lo hubiera tragado. Como si nunca hubiera existido.

—¿Y tú qué crees?

—Yo creo que está muerto —Kike tragó saliva—. Mi madre creía lo mismo. Murió en el 78 —el mismo año que tu padre, Mateo— creyendo que Enrique la abandonó. Pero yo no creo que la abandonara. Yo creo que algo le pasó. Algo que tiene que ver con lo que tú y yo sabemos ahora que existe.

Mateo empujó la nota de Salcedo hacia Kike.

—Lee.

Kike tomó la nota. La leyó. Y mientras leía, Mateo observó su cara —cada microexpresión, cada contracción muscular, cada parpadeo— buscando la señal que le diría si Kike ya sabía o si la noticia era nueva.

La cara de Kike dijo: nuevo. Completamente nuevo. La mandíbula se aflojó. Los ojos se abrieron —no de sorpresa sino de horror, el horror de quien descubre que el fantasma que creía muerto llevaba toda la vida diciéndole algo que él no podía escuchar—.

—¿Mi padre… era el mensajero de tu abuelo?

—Sí.

—¿En 1963?

—Sí.

—¿Y fue interceptado?

—Sí.

Kike dejó la nota sobre la mesa. Sus manos temblaban —las manos de un percusionista, las manos que controlaban ritmos de seiscientos golpes por minuto, las manos que nunca temblaban ni siquiera cuando Yago lo amenazaba—. Ahora temblaban.

—Mateo… si mi padre fue interceptado llevando la maqueta de Esteban… ¿quién lo interceptó?

—Hombres de Don Jairo. En 1963, Don Jairo ya tenía poder.

Ya tenía la red. Ya tenía los ojos en cada esquina de Loíza y Carolina y Canóvanas.

Si alguien llevaba algo que Don Jairo no quería que existiera —una canción sobre Lola, una canción que denunciara el silencio—, Don Jairo tenía los medios para detenerlo.

—¿Y mi padre? ¿Qué le hicieron?

—No lo sé, Kike. Pero Salcedo dice que el mensajero fue interceptado y la maqueta fue destruida. Y tú me dices que tu padre desapareció el mismo año. No es coincidencia.

—No —Kike negó con la cabeza, despacio—. No es coincidencia.

El silencio que siguió fue el más largo que Mateo había experimentado en su vida. No era un silencio vacío —era un silencio lleno, como el fondo del océano, donde la presión aplasta todo pero la vida sigue existiendo en formas que la superficie no puede imaginar—.

—Mateo —dijo Kike finalmente—. Mi padre no era un traidor.

—No estoy diciendo que lo fuera.

—Pero tú estás pensando que la traición corre en mi familia. Que si Enrique fue interceptado y yo fui infiltrado, hay una línea que conecta los dos.

—Estoy pensando —Mateo eligió las palabras con el cuidado de quien desactiva una mina— que la misma fuerza que interceptó a tu padre en 1963 es la que te cooptó a ti en 1985. Don Jairo no cambia de métodos: compra, amenaza o desaparece. Y si tu padre no aceptó ser comprado…

—…entonces lo desaparecieron.

—Es lo más probable.

—¿Y si aceptó? ¿Y si mi padre aceptó ser comprado y vivió el resto de su vida en algún lugar sin volver, porque Don Jairo lo desterró de la isla?

—Es posible también. Pero en ese caso, estaría vivo. Y si estuviera vivo, Salcedo lo sabría. Salcedo tiene contactos en todos los estudios de Nueva York, Miami, Los Ángeles. Un percusionista boricua no puede desaparecer del mapa sin que alguien de la industria lo note.

Kike se puso de pie. Caminó hasta la ventana —donde el King 3B brillaba bajo el sol del mediodía— y se quedó mirando la calle.

Mateo lo dejó estar. No había prisa. Lo que Kike estaba procesando —la posibilidad de que su padre no abandonara a su familia sino que fuera destruido por ella— era un duelo veintidós años demasiado tarde.

Y los duelos tardíos son los más brutales, porque el doliente ha pasado la vida entera creyendo una historia —me abandonó— y ahora debe desmentirla y construir otra —me fue quitado— sobre ruinas que ya creía sólidas.

—Mateo —dijo Kike sin volverse—. Tengo que encontrarlo.

—¿Encontrar a tu padre?

—Encontrar lo que le pasó. Vivo o muerto. Necesito saber. No puedo seguir tocando con las congas de un hombre que no sé si me abandonó o me lo robaron. Cada golpe en el cuero… cada golpe es una pregunta que no tiene respuesta. Y ahora tiene que tenerla.

—Y la tendrá. Pero no hoy. Hoy necesito que estés aquí.

Hoy necesito que toques conmigo esta noche.

Porque Yago está de vuelta, y Yago sabe que algo pasó ayer.

No sabe qué —no puede saberlo, porque la cinta ya está en el aire camino a Nueva York—, pero sabe que algo cambió.

Y cuando Yago sabe que algo cambió, busca culpables.

—¿Crees que sospecha de mí?

—Cree que sospecha de todos. Pero especialmente de ti, porque tú cortaste con él. Y para Yago, cortar con él es traición. Y la traición, en su mundo… —Mateo no terminó la frase.

—La traición se paga —completó Kike—. Lo sé. Lo aprendí de mi padre, aunque no sabía que lo estaba aprendiendo.

Kike se volvió. Sus ojos estaban secos —no había lágrimas, todavía; las lágrimas vendrían después, en la intimidad, donde los hombres de su barrio podían llorar sin testigos—.

Pero la mandíbula estaba apretada y los puños cerrados y el cuello tenso como la cuerda de un timbal justo antes de que la baqueta la golpee.

—Voy a tocar esta noche, Mateo. Y voy a tocar como si cada golpe fuera un clavo en el ataúd de Don Jairo.

—No creas que estás solo en esto, Kike.

—No estoy solo. Tengo al nieto del hombre a quien mi padre intentó servir. Y tengo una canción que mi padre no pudo entregar pero que tú ya grabaste. Eso es más de lo que tenía ayer.