CAPÍTULO 7
El Sabor de la Almohada
Anoche vi en tus ojos que me querías, y te besé.
Así empezó el sueño. Con la precisión de un recuerdo que nunca había sucedido —tan nítido que Mateo pudo sentir el peso de los párpados de Aitana cerrándose bajo sus labios, el temblor de sus manos buscando la curva de la cintura, el olor a sándalo y sal y ocotillo que la seguía como una sombra con cuerpo—.
En el sueño, Aitana lo miraba desde el centro de la pista del club —pero no era La Guasábara; era un cuarto sin paredes, flotando sobre el Caribe, con el mar de cristal debajo y las estrellas colgando como linternas—.
Y Aitana bailaba. Bailaba como nunca la había visto bailar: sin público, sin miedo, sin marca en el cuello, sin el peso de Don Jairo sobre los hombros.
Bailaba para él. Cada zapateado era una palabra —estoy aquí, te elijo, no me importa el costo—.
Cada giro era una vuelta hacia Mateo, como si el universo girara sobre un eje que pasaba exactamente por el centro de los dos.
Y entonces Mateo caminó hacia ella. No vaciló.
No midió la distancia. No miró alrededor buscando a Yago o a los ojos de Don Jairo o a los testigos que siempre estaban ahí.
Simplemente caminó, porque en los sueños no hay vigilancia —no hay reglas, no hay marcas de ocotillo, no hay clanes, no hay palabras como PRÓXIMA—.
Y cuando estuvo frente a ella, Aitana dejó de bailar.
Se quedó quieta. Y lo miró con esos ojos —verdes como el mar antes de la tormenta, verdes como la esperanza antes de la derrota— y dijo algo que Mateo no pudo escuchar porque el sonido del sueño era agua —todo se veía pero nada se oía—.
Entonces Mateo leyó sus labios: Bésame. Y la besó.
Saboreando tus labios dulces.
El sabor fue imposible de describir —y Mateo lo intentó, porque era compositor y los compositores viven de convertir lo imposible en notas—.
Era dulce como el guarapo de caña que doña Lydia preparaba en diciembre.
Era salado como la piel del cuello de Aitana la noche del muelle.
Era amargo como el café negro que tomaba a las tres de la mañana cuando la canción no lo dejaba dormir.
Era todo a la vez —una sinfonía de sabores en un solo beso—, y Mateo sintió que la canción —el primer bloque grabado ayer, los catorce minutos y cuarenta y siete segundos que ahora existían en cinta magnética en algún avión entre San Juan y Nueva York— tenía razón de ser solo por este momento.
Solo por este sabor. Solo por esta certeza de que el amor, aunque fuera imposible en la vigilia, era real en alguna dimensión que el mundo no podía legislar.
Y abrazando la almohada, me desperté.
Mateo abrió los ojos. La luz del amanecer no había llegado todavía —eran las tres y cuarenta y siete de la mañana y Santurce dormía el sueño pesado de los sábados—.
Sus brazos estaban enrollados alrededor de la almohada —apretándola contra el pecho como si fuera un cuerpo, como si fuera Aitana—.
Y la almohada olía a café y a lavanda —a doña Lydia, no a Aitana—, y Mateo entendió, con la claridad brutal de quien despierta de un sueño perfecto, que el beso no había sido real.
Que Aitana estaba en la finca de Don Jairo, o en el apartamento que compartía con las mujeres del clan, o en algún lugar de esta isla donde él no podía llegar.
Que el sabor en sus labios era solo memoria y deseo y la fiebre de una canción que lo consumía desde adentro.
Se quedó quieto un momento —un minuto, dos, tres—, con la almohada contra el pecho y los ojos abiertos en la oscuridad y el eco del beso soñado aún latiendo en el paladar. Luego, despacio, como quien se despide de un amante que nunca existió, soltó la almohada y se sentó en la cama.
La nota de Salcedo estaba sobre la mesa de noche —junto al King 3B, junto al cuaderno, junto a la cajita de Lola—. Mateo la había leído seis veces antes de dormirse. Seis veces. Y cada vez, la última línea golpeaba como un tambor en un cuarto vacío:
El mensajero era un percusionista llamado Enrique Matos.
El padre de tu amigo Kike.
Mateo encendió la lámpara de la mesa —la luz amarilla llenó el cuarto como agua tibia— y volvió a leer la nota.
La caligrafía de Salcedo —deliberadamente izquierda, imitando la de Esteban— era la de un hombre que sabía que estaba escribiendo un epitafio.
No el epitafio de Enrique Matos —cuyo destino era todavía desconocido— sino el epitafio de la confianza que Mateo había reconstruido con Kike.
Porque la pregunta era inevitable: si el padre de Kike era el mensajero de Esteban en 1963, y si el mensajero fue interceptado por hombres de Don Jairo, ¿qué pasó después?
¿Enrique Matos murió? ¿Enrique Matos fue amenazado?
¿Enrique Matos fue cooptado —convertido en informante para salvar la vida, como su hijo veintidós años después—?
¿Y si Enrique Matos fue el primer eslabón de una cadena de traición que terminaba en Kike, quién era el segundo?
¿Quién era el tercero? ¿Quién más en el círculo de Mateo estaba conectado, sin saberlo, a la red que Don Jairo había tejido durante un cuarto de siglo?
Mateo dobló la nota. La guardó junto a la carta de Esteban. Miró la cajita de Lola —el mechón de pelo, el trozo de vestido—. Luego miró el cuaderno, abierto en la página donde había escrito la última estrofa del primer bloque:
Sé que nunca fuiste mía / Ni lo ha sido, ni lo eres / Pero de mi corazón / Un pedacito tú tienes, mi Gitanita
Y debajo, con tinta nueva —escrita esta noche, antes de dormir, en la frontera entre la vigilia y el sueño—, una estrofa nueva esperaba:
Anoche vi en tus ojos que me querías, y te besé / Saboreando tus labios dulces / Y abrazando la almohada, me desperté
Mateo no recordaba haberla escrito. Pero la letra era suya —la misma caligrafía apretada, las mismas cursivas en las s y las ll, la misma inclinación hacia la izquierda que heredó de Esteban sin saberlo—.
La canción estaba escribiéndose a sí misma ahora, usando a Mateo como medio —como un médium usa un cuerpo, como la música usa un instrumento—.
Y la estrofa del sueño era la primera pieza del segundo bloque: la parte donde el deseo confesado se convierte en sueño, donde lo imposible busca refugio en la única realidad que no puede ser vigilada —el inconsciente—, donde el amante besa a la amada y despierta abrazando la almohada porque el mundo real no tiene espacio para ese beso.
Mateo cerró el cuaderno. Apagó la lámpara. Y en la oscuridad, antes de que el sueño lo reclamara otra vez, pensó: El segundo bloque empieza con un sueño. Como todo lo que vale la pena: empieza con algo que no existe todavía y que necesita fe para volverse real.
Sábado 10 de agosto — 9:00 a.m
La mañana del sábado después de la grabación era como la mañana después de un huracán: el cielo estaba despejado con una transparencia casi agresiva, como si la atmósfera se hubiera limpiado durante la noche y ahora el sol pudiera ver todo —cada grieta, cada mancha, cada sombra que la tormenta anterior había ocultado—.
Mateo caminó desde el apartamento hasta la panadería de la calle Loíza —la misma panadería donde había visto a Kike hablar por el teléfono público tres semanas atrás, la misma donde todo empezó a desmoronarse— y compró café y pan de agua y queso blanco.
Mientras esperaba el cambio, miró por la ventana.
Y ahí estaba Yago.
No en la panadería —Yago no iba a panaderías; Yago no desayunaba; Yago no tenía necesidades humanas que lo ataran a establecimientos de barrio—.
Estaba en la esquina de la calle Loíza con la avenida Fernández Juncos, sentado en el capó de su sedán azul oscuro —el mismo carro que aparecía siempre que algo malo estaba a punto de pasar—, con las piernas cruzadas y los brazos apoyados en las rodillas y los ojos —esos ojos que parecían dos trozos de carbón mojado— mirando directamente hacia la panadería.
Hacia Mateo.
No había amenaza física en la postura —Yago estaba sentado como quien espera un bus, como quien mata tiempo, como quien simplemente existe en un espacio público—.
Pero la presencia era la amenaza. Yago no necesitaba golpear, no necesitaba acercarse, no necesitaba hablar.
Solo necesitaba estar ahí —visible, reconocible, inconfundible— para que Mateo supiera que la fiesta había terminado y los ojos habían vuelto a la ciudad.
Mateo tomó su cambio. Salió de la panadería.
No miró hacia Yago —la mirada sería una confirmación, un reconocimiento del poder, y Mateo no estaba dispuesto a darle eso—.
Caminó de vuelta al apartamento con la bolsa de pan y café y queso y la sensación —fría, metálica, imposible de tragar— de que algo había cambiado durante la noche.
No era solo que Yago estuviera vigilando.
Yago siempre vigilaba. Era la forma en que vigilaba: antes, Yago era una sombra —presente pero no visible, activa pero no declarada—.
Ahora estaba en la esquina, a plena luz del sábado, sin disfraz ni precaución.
Era una declaración: Ya no me escondo. Ya no necesito esconderte.
Tú ya sabes que estoy aquí, y yo sé que tú sabes, y eso me da poder sobre ti.
Don Jairo había levantado la restricción.
La discreción era para cuando el enemigo era una hipótesis; la visibilidad era para cuando el enemigo era una certeza.
Yago, sentado en el capó de su carro a las nueve de la mañana en una esquina pública, era la señal de que Don Jairo había clasificado a Mateo Reyes no como una molestia sino como una amenaza.
Mateo entró al apartamento. Doña Lydia estaba en la cocina —como siempre, como cada sábado, como si la cocina fuera su trinchera y el café su munición—.
—Mamá, ¿puedes guardar esto? —le entregó la bolsa—. Necesito hacer una llamada.
—¿A quién?
—A Kike.
—Mateo… —doña Lydia lo miró con esos ojos que veían más de lo que debían—. ¿Estás bien?
—Estoy bien, mamá.
—Mentira.